La educación pospandemia 

La Unesco, por su parte, ha evidenciado esa realidad al señalar que la mitad del total de los alumnos en el mundo –unos 826 millones de estudiantes– que no pueden asistir a la escuela debido a la pandemia

En el contexto actual, frente al desarrollo de una pandemia que ha trastocado el sistema educativo mundial y, desde luego, el nacional; los desafìos que enfrenta la educación son profundos. Nada volverá a ser como lo era antes del COVID-19.

El año 2020 fue declarado, por el Consejo Superior de Educación del MEP, como el año de la Transformación Educativa, precisamente, buscando continuar el camino emprendido “Hacia una Nueva Educación”. Esto con la idea de que, además de enfrentar los típicos problemas de acceso y de cobertura, se asumiera también la importancia de una educación para la vida y la convivencia, una educación con enfoque en derechos humanos y basada, sobre todo, en el desarrollo de destrezas y habilidades.

La pandemia ha mostrado algunas de las vulnerabilidades del sistema educativo nacional: la desigualdad imperante y la poca preparación existente para pasar masivamente a la educación digital y a distancia. También nos ha permitido ver algunos rasgos positivos de nuestra sociedad y del colectivo de los y las educadoras, que han trabajado con mucha solidaridad y dando una respuesta clara a los desafíos.

Es justo reconocer que educadoras y educadores han tenido un papel esencial, se han adaptado a una nueva forma de enseñar y de aprender, al ir desarrollando todo un sistema de educación a distancia, que, en buena medida, es lo que les ha permitido mantener su labor educativa. Lo han hecho con una dedicación y entrega admirables, con sus propios recursos, pagando el Internet, la electricidad, el teléfono celular y convirtiendo sus casas en aulas, demandando a sus familias silencio mientras desarrollan las clases, etc. Siempre hemos creído en la necesidad de una dignificación de la profesión docente y la pandemia da base sólida para emprender esa tarea.

Han tenido que capacitarse en la marcha y por su propia iniciativa, enfrentándose a circunstancias inéditas, implementando metodologías novedosas y mostrando que la educación del futuro, en todos sus niveles, no podrá prescindir de las herramientas de la educación a distancia; que quizás no sea el único camino a seguir, pero sí uno y muy importante. El uso de plataformas como Zoom, Teams, la Radio, el WhatsApp, la televisión y los correos electrónicos llegaron a la educación para quedarse. Se derrumba el mito de que la educación y los educadores no cambian.

El uso de las tecnologías, en estos meses de la pandemia ha sido clave por varias razones: para mantener el vínculo entre educadores y estudiantes. También, para que los estudiantes se acerquen más y con mayor confianza al grupo y se expresen más libremente y para fortalecer la comunicación con los hogares (educadores, madres y padres han tenido que realizar un trabajo más en colaboración para cumplir con la tarea educativa). Así, alumnos, educadores, familias y sociedad estrechan la relación.

Es de esperar, entonces, que posterior a la pandemia se usen con más intensidad las tecnologías de la educación a distancia, como una herramienta de apoyo fundamental. La radio, por ejemplo, ha mostrado, una vez más, su efectividad y es de esperar que las radioemisoras rurales tengan un papel de mayor protagonismo en la enseñanza.

Ya desde antes de la pandemia se conocía el significativo papel que las tecnologías y el Internet tienen para el desarrollo educativo; no obstante, hoy en día, más que en cualquier otro momento de la historia, se ha puesto en evidencia su importancia. Lo anterior no quiere decir que no se encuentren desafíos significativos en su quehacer, sobre todo en lo que tiene que ver con la equidad y la inclusión de la población más vulnerable y marginada.

Como lo refiere Andreas Schleicher, director de Educación en la Organización de Cooperación para el Desarrollo Econónimo): “Los estudiantes privilegiados consiguieron sortear rápidamente las puertas cerradas de los centros y encontrar vías hacia oportunidades de aprendizaje alternativas apoyados por sus padres y deseosos de aprender; los de familias desfavorecidas se quedaron fuera cuando las escuelas cerraron” (Simón Granja Matías, en ¿Cómo será la educación después de la pandemia?, El Tiempo, 2020).

La Unesco, por su parte, ha evidenciado esa realidad al señalar que la mitad del total de los alumnos en el mundo –unos 826 millones de estudiantes– que no pueden asistir a la escuela debido a la pandemia, no tienen acceso a una computadora en el hogar y el 43 % (706 millones) no tienen Internet. Dicha situación afecta a hijos e hijas de vendedores ambulantes, de trabajadores rurales, de empleadas domésticas, etc.

Es importante dejar claro, también, que los tiempos del COVID-19 han reafirmado la importancia de la educación presencial. Un ámbito y una metodología que muestra su valor, como espacio de socialización, de encuentro y de aprendizaje. Esa aula presencial, donde todos comparten un mismo lugar, ese encuentro, esa reunión que da la posibilidad de estar juntos, sin importar el origen, la etnia, el género, se ha mostrado, también, imprescindible. La pandemia enseña la importancia de la socialización para aprender.

El aula tradicional se vuelve, entonces, muy necesaria, como un espacio en el que si bien, como han señalado algunos estudiosos, no se logran borrar las diferencias sociales, las condiciones son mejores para los que menos tienen. Además, se ha visto en forma reiterada que el encerramiento tiene facetas muy perjudiciales para la niñez y la juventud. La mayoría añora el regreso al aula y expresa su angustia, temor y estrés frente a los encerramientos.

Por otra parte, las condiciones en que vive la población estudiantil muestran diferencias muy marcadas según su situación socioeconómica. Algunos tienen todo lo que se requiere para realizar el estudio (casa, una habitación propia, buen acceso a Internet y computadora personal). Sin embargo, muchos otros carecen del mínimo necesario, a menudo tienen que compartir equipos con hermanos o con padres que hacen teletrabajo; viven con muchas otras personas y con padres y madres sin las condiciones adecuadas para apoyarles.

También ha quedado en evidencia que tanto los estudiantes como los maestros encuentran muy agotador estar en las pantallas todo el día; es decir, la virtualidad no es la respuesta total, ni es la panacea. Los desafíos a los que se enfrenta la educación a distancia tienen que encontrar una salida, si se quiere avanzar hacia una nueva educación.

El director de campus y educación secundaria de La Grande Boissière, Escuela Internacional de Ginebra, Conrad Hughes, en un artículo para el Foro Mundial Económico, plantea una disyuntiva: “¿Volveremos al aprendizaje pasivo tradicional frente a un tablero, o nos moveremos a un nuevo camino centrado en el bienestar de los estudiantes y en la reducción de las profundas desigualdades del aprendizaje global? ¿Qué camino tomarán los educadores y las escuelas, los padres y los estudiantes, los gobiernos, la humanidad?”.

En una investigación de la OCDE recién publicada sobre la educación después del COVID-19 se dan algunos lineamientos de cómo debe ser ese cambio, se resalta que “…el éxito en la educación tiene que ver con la identidad, la capacidad de intervención y las metas. En el pasado, el saber se recibía; en el futuro tiene que generarlo quien vaya a utilizarlo. Antes, la educación era básicamente temática; en el futuro deberá basarse más en proyectos, en construir experiencias que ayuden a los estudiantes a pensar más allá de los límites de las disciplinas temáticas”… “El pasado era jerárquico; el futuro será colaborativo y reconocerá que tanto los enseñantes como los estudiantes son recursos y cocreadores”. Las nuevas políticas que orientan hoy en día la educación en Costa Rica están enmarcadas en esa visión de futuro que indica la OCDE. La Transformación Educativa declarada este año, se desarrolla en ese marco de cambio y avance.

Se conocen los problemas del sistema educativo nacional y las alternativas para transformarlo; se sabe que antes del COVID-19 existían condiciones estructurales complejas, como el financiamiento, la cobertura, el abandono escolar, la desigualdad, que la pandemia, sin duda, va a acrecentar y a mostrar la urgencia de avanzar hacia un nuevo camino. Un reto en el que los principios de la Agenda de Educación 2030 son más relevantes que nunca y en el que el financiamiento estatal no puede disminuir si queremos avanzar hacia una Costa Rica que supere la problemática actual.

Como indica la UNESCO, hay tres compromisos fundamentales que hay que tener presente siempre, como son la educación pública, los bienes comunes y la solidaridad. No es el momento de dar un paso atrás y debilitar estos principios, sino de reafirmarlos y reforzarlos. Se tiene la oportunidad de proteger y promover, aún más, la educación pública, fortalecer los bienes comunes mundiales y fomentar la cooperación internacional a medida que se despierta nuevamente la solidaridad. “Sería conveniente aprovechar la ocasión, ya que la historia nos ha enseñado que los cambios transformadores pueden ocurrir repentinamente y, a menudo, en el período inmediatamente posterior a una crisis”. Unesco, 2020.

En la Costa Rica del bicentenario se debe garantizar el papel clave de la educación para avanzar hacia el desarrollo, para poner fin a la pobreza y para eliminar la desigualdad y la injusticia.

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