Opinión

La dimensión psicosocial de la problemática del COVID-19 (segunda parte)

En un artículo anterior sobre la dimensión psicosocial de la problemática del COVID-19 mencionamos que esta resulta de interés psicosocial en tanto involucra en su dinámica pensamientos, sentimientos y comportamientos del ser humano en tanto social, y que ya  a nivel de las aristas de naturaleza y modos de manifestación de la enfermedad, identificamos actitudes, representaciones y expectativas sociales relevantes en la adquisición del virus, su evolución y transmisión, así como en la implementación y efectividad de políticas y prácticas de prevención, tratamiento y contención de propagación de la enfermedad, y en las reacciones que se suscitan en torno a esta problemática. Sin embargo, finalizamos afirmando que no es sino con las aristas de su transmisión, efectos y consecuencias, modos de afrontamiento y reacciones suscitadas, que la dimensión psicosocial de la problemática del coronavirus adquiere mayor protagonismo, tema, al menos en las aristas de su transmisión y efectos, al que nos referimos en esta ocasión.

Si nos remitimos a la arista de su transmisión, la enfermedad se propaga básicamente por el contacto interpersonal. Una modalidad intersubjetiva de transmisión que compromete no solo la salud, sino también la actividad humana en todas las esferas de su existencia social, desde la actividad laboral-productiva y comercial  hasta la intimidad familiar, pasando por la vida política e institucional, estético-cultural, formativo-escolar, lúdico-recreativa y cotidiana en general. Todos ellos escenarios sociales o de interacción que, en mayor o menor medida, resultan propicios a la transmisión del virus.

Resulta entonces obvia la relevancia o prioridad de lo psicosocial en la consideración de la transmisión y, en consecuencia, en su abordaje sanitario y preventivo. Pero, además, como en las aristas del origen y naturaleza de la enfermedad y sus manifestaciones, las representaciones y actitudes sociales sobre las modalidades de transmisión juegan un papel muy importante en su abordaje sanitario y preventivo, así como en la receptividad y demás reacciones de las poblaciones. Nuevamente los vacíos  de conocimiento e información existentes sobre las particularidades de sus modalidades de transmisión resultan de gran relevancia en la transmisión del virus, en los alcances y efectividad de las políticas y prácticas de afrontamiento de la enfermedad, y  en las reacciones que se suscitan.  

Si a nivel de transmisión la dimensión psicosocial de la problemática del COVID-19 resulta protagónica, a nivel de sus efectos no resulta de menor importancia. Dadas las características contagiosas de la enfermedad, aún en sus modalidades leves de manifestación,  puede afectar las relaciones en el círculo íntimo de la persona afectada, y no se diga su efecto en las relaciones que supone la cotidianeidad informal, donde el miedo o ansiedad, la desconfianza o suspicacia, el distanciamiento y la comunicación virtual parecen ganar relevancia. Así como en las necesarias al desempeño de toda suerte de actividades, desde aquellas sustanciales para la sobrevivencia personal y familiar o las requeridas para la práctica del deporte y el entretenimiento, pasando por las prácticas mismas de salud, seriamente comprometidas por la propagación de la pandemia, que amenaza la propia salud del personal y su capacidad para atender no solo a los contagiados, sino también a quienes presentan otros padecimientos, hasta la gran gama de actividades productivas, comerciales e institucionales, políticas, culturales, formativas, religiosas y demás. En último término, la pandemia ha expuesto las fragilidades o vulnerabilidades y asimetrías psicosociales de nuestro estilo o sistema de vida.

Sobre la dimensión psicosocial de los modos de afrontamiento de la problemática del coronavirus, sus secuelas y reacciones, nos referiremos en el próximo artículo.

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