Opinión

La dimensión psicosocial de la problemática del COVID-19

(Quinta parte)

Una de las principales debilidades en las políticas de confinamiento, restricción, y prevención sanitaria en general pareciera ser el recurso prevalente o único de juzgar públicamente como irracional, egoísta, irresponsable o anómica, toda actitud que se desvíe de la norma, máxima o expectativa de que “solo quien guarda la distancia social o se mantiene en su espacio vital o burbuja social, se cuida y cuida a los demás”. Pero aquí quizá resida una de las principales debilidades, pues la racionalidad humana nunca es unívoca ni unidireccional, siempre es polisémica, lábil y circular o espiral. Las máximas y prioridades a las que obedecen las personas son diversas y no pocas veces internamente contradictorias, cambian con las circunstancias debido a que, contrario al burro de Buridan, el ser humano suele jerarquizar valorativamente sus prioridades, tanto temporal como espacialmente, de acuerdo a su biografía, percepción de la situación y contexto o marco de referencia cultural específico.

En consecuencia, cuando una expectativa, norma o máxima rivaliza con otras plausibles como la de que “es preciso el diario trajín para poder garantizar el acceso a los recursos necesarios para la propia sobrevivencia personal y familiar”, se produce una suerte de deliberación interna, según la cual, “si sigo las normas de confinamiento para evitar el contagio y salvaguardar la salud, voy a comprometer el ingreso de recursos necesarios para la propia sobrevivencia personal y familiar”, la cual lleva a anteponer aquella actitud de confrontación a consecuencias nefastas inmediatas por sobre y en perjuicio de aquella otra que resulta preventiva ante el riesgo de contraer un virus que eventualmente puede enfermarlo, transmitirlo a otros, o provocar su muerte o la de un ser querido.

Y esta ha sido una gran falencia en las políticas sanitarias gubernamentales de prevención: no atender a las particularidades y circunstancias de los diferente sectores sociales, reduciendo su discurso y acciones de acuerdo con la expectativa normativa del querer o no querer cuidarse, ser o no ser responsable, solidario o compasivo. Esto ignora el indagar acerca de, y actuar según las condiciones y  circunstancias sociales de producción de actitudes por las que podríamos no querer, no responsabilizarnos ni ser solidarios o compasivos, e incluso inclinarnos a ser receptivos a discursos incongruentes con las premisas desde las que nuestras autoridades en salud han establecido sus medidas y llamados al distanciamiento social, confinamiento doméstico, uso de mascarillas y demás. Y una de estas condiciones sociales de producción de actitudes contrarias a la máxima de “se cuida y cuida a los demás quien se confina y evita el contacto social” es fácilmente identificable en la situación de vulnerabilidad en que vive cerca de la mitad de la población costarricense, sumida en la pobreza, el desempleo y la informalidad, a resultas en gran medida de un modelo de desarrollo que se ha venido implementando desde inicios de los 80 y cuyas secuelas se extreman en situaciones de crisis, como la generada con esta pandemia.

Otras variables psicosociales de producción de actitudes contrarias a la máxima de “se cuida y cuida a los demás quien se confina y evita el contacto social” han resultado, en el caso costarricense, a consecuencia del grado de polarización y fragmentación política existente, ya previo al inicio de la pandemia, en este caso, no tanto por predisponer en contra de la máxima sino de la credibilidad de su sujeto-fuente: al menor atisbo de sospecha, se exacerbaría el ánimo en contra de las políticas y protocolos de afrontamiento sanitario. Sobre este y otros tipos de reacción versará nuestro próximo artículo.

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