La corrrupción y el cementazo

Se destapan cada vez más escándalos en el caso del «cementazo».

Se destapan cada vez más escándalos en el caso del «cementazo». Al mismo tiempo, se vuelve a poner en la palestra la impunidad de Oscar Arias por el crimen ambiental de la minería a cielo abierto en Crucitas.

La corrupción está en el ADN del Estado capitalista, pero hoy la rapiña es cada vez más  descarada. Actualmente, arrecian los escándalos, como parte de la sacadera de trapos sucios con fines electoreros. En el tema de la corrupción, cada vez más carroñera, a la burguesía, de distinto pelaje (incluida su versión progre), podríamos repetirle aquel refrán de Jesús, el nazareno: «que tire la primera piedra, el que esté libre de pecado». El problema no es la corrupción, esta es un efecto del sistema; ergo, el problema es el sistema.

¿Es utópico plantear la nacionalización del cemento?

Patricia Mora, diputada y presidenta del Frente Amplio, en la comparecencia legislativa de Luis Guillermo Solís por el caso del cementazo, aplaudió la apertura del mercado del cemento. Es un grave error. La idea de que el mercado regule los precios es precisamente una de las grandes diferencias entre el pensamiento socialista  y el neoliberalismo.

Una política consecuente de izquierda, más bien demandaría que se acabe con la mafia político empresarial que medra de las concesiones corruptas con el Estado, y levantaría la consigna de la nacionalización del cemento, por ser un recurso estratégico para el desarrollo nacional, como incluso lo hizo la socialdemocracia de la segunda posguerra con Cempasa, que luego desmantelaron y saquearon. Esta posición, que comparte la alianza progre (cúpulas del PAC y FA), parte de que es un avance la apertura del mercado del cemento, que en realidad no ha hecho más que pasar de dos garroteras proveedoras a tres (de un duopolio a un tripolio), con la novedad de que eso ha permitido hacer clavos de oro a JCB con el cemento chino.

Ante la propuesta de retornar a la consigna de nacionalización del cemento, nos han dicho que es un planteamiento utópico, pues la clase político empresarial, desde luego, no lo aceptaría. Ciertamente, no lo aceptarían los tagarotes, y sin duda, la lucha implicaría un arduo combate. El problema de fondo en cuanto a esta posición del espectro progre es que se parece a la de los que Marx llamaba «posibilistas». Los que buscan lo posible, antes que lo necesario, y que, en consecuencia, están condenados a adaptarse al estatus quo. El asunto no es que veamos o no veamos a los progres, pata «izquierda » del régimen de falsa democracia burguesa, asumir una política revolucionaria, eso es pedir peras al olmo.

Pero, dichosamente el mundo y el país no comienzan ni termina con la mezquindad y estrechez, supuestamente pragmática de los progres. El asunto clave es si la nacionalización del cemento es o no estratégica para solventar una necesidad vital para el desarrollo, en un marco de liberación nacional y popular, que está pendiente de construirse. Si nuestras reivindicaciones se sujetan al marco de lo «posible» en la versión progre social-liberal, pues sí, habría que gritar: ¡viva la apertura del mercado!, ¡viva la «libre» competencia! Pero como explicó Trotsky en una bella frase dialéctica: «las revoluciones son imposibles, hasta que se vuelven inevitables».

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