La calma no vuelve solo por el final del mal gobierno

La inteligencia se desacredita através de sus ocurrencias. No se gesta el futuro recurriendo a múltiples experimentos o a ingeniosas creatividades. Sin fundamentarlas en

La inteligencia se desacredita através de sus ocurrencias. No se gesta el futuro recurriendo a múltiples experimentos o a ingeniosas creatividades. Sin fundamentarlas en una razón que les dé continuidad,  tales salidas no son más que vulgares improvisaciones. No hay cabida para tal actitud cuando gobernar repercute en la vida de millones.

La dignificación integral es un reclamo que no ha perdido vigencia, más bien se renueva. Pero si algo hemos aprendido de otros tiempos es que solo se logra haciendo eco de los más grandes logros del espíritu humano. Sin importar la época en que se plantearon, o la doctrina ideológica, o la posición política, desde la que el espíritu humano formuló sus ideales. La dignificación humana requiere pues de la sensatez del buen gobierno.

El gobernante vanidoso solo pasa a la historia como mal gobernante. Alma vil, carente de ideales, ahoga la posibilidad del bienestar y el progreso entre los intereses de los que son privilegiados por el tamaño de sus capitales. El príncipe que no conoce de derecho, sino de astucia y usura, no tiene cabida en una democracia que se apreste a ser madura.

En la Costa Rica reciente solo hemos conocido de malos gobernantes y gobernantes mediocres. Saltando una excepción, todos ellos han sometido lo público a los intereses privados de una gavilla de avaros. Intentando en su gobierno socavar la voluntad del denigrado con alguna concesión paliativa, han pervertido aún más aquellas conciencias ya envilecidas por la pobreza y la invisivilización.

Solo hay un ideal que nos puede guiar hacia la dignificación humana en esta época de deterioro: el Socialismo. No puede haber para este ideal otro sustento que no sea el del régimen de derecho, ni puede haber otra forma de su gobierno que no sea la democracia, pues solo este tipo régimen de derecho le da al buen gobernante la capacidad de responder superestructuralmente a las coyunturas de tensión estructural  que enfrente.

Estas circunstancias de tensión son las que se manifiestan en las dinámicas cívico-políticas que materializan un reclamo, no una simple solicitud. Estas no se resuelven con el soso cumplimiento de algún derecho humano, puesto en boga como solución sencilla a la necesidad de un grupo específico. Las exigencias de reivindicación integral humana no se reducen a meras inclusiones, ni se conforman con halagüeños gestos de simpatía que, bien intencionados, se vuelven inútiles apenas chocan con los nudos superestructurales que Costa Rica arrastra desde la colonia y aún después de su independencia. Esos mismos arcaísmos ideológicos que le son útiles al mal gobernante, son obstáculos al bueno.

Dar respuesta la voz ciudadana es más que conceder una dádiva. Ello le va bien a los resentidos con la sociedad, no a sus miserables.

Sobre la voz del ciudadano fue como Costa Rica arribó a la democracia. El régimen de derecho nacional fue arrebatado de las manos de quienes ostentaban el poder por la fuerza de las dinámicas cívicas, en las que se enfrascaron nuestros antepasados. Ellos sabían bien que los derechos no se piden… se exigen, no se dan… se arrebatan.

No puede el espíritu indignado esperar a que su mundo mejore. Se aboca exaltado a mejorarlo, sale a la calle, se hace dinámica cívica. Esta  ha de ser escuchada antes que destruya la tensa calma, o se arrase a sí misma. Solo el buen gobernante puede preservar la democracia, de los intereses que atentan contra sus logros por su avaricia, y de quienes no creen en ella. Solo él puede revitalizar la imagen de la patria en la conciencia de los hombres.

El curso de decadencia de la imagen de Costa Rica como país regionalmente diferenciad, le ha restado solidez a esa falsa democracia que es la dictadura actual de los intereses privados. Al  final esta ha perdido su validación autorreferente. El viejo ethos que permitía, por la simple evocación del noble apellido, el despotismo sobre el tema social, sin justa consecuencia, no tiene vigencia. Nuestra democracia, a la que los poseedores del gran capital le niegan derecho a su madurez, no puede justificarse ya por su excepcionalidad. El ciudadano requiere de otra respuesta. La calma no vuelve al alma solo por el final del mal gobierno.

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