La caída de un medio y el futuro del periodismo

Si los últimos años me han enseñado algo, es que el futuro del periodismo – más bien, el futuro de la democracia – depende de cada uno de nosotros. Depende de cada uno de nuestros medios. Y los fracasos de esos medios nos ofrecen enseñanzas que no hay que dejar al lado. The Tico Times [...]

Si los últimos años me han enseñado algo, es que el futuro del periodismo – más bien, el futuro de la democracia – depende de cada uno de nosotros. Depende de cada uno de nuestros medios. Y los fracasos de esos medios nos ofrecen enseñanzas que no hay que dejar al lado.

The Tico Times es un medio costarricense que nació en 1956. Bajo la tutela de los periodistas estadounidenses Richard y Betty Dyer, y eventualmente su hija, la gran periodista Dery Dyer, llegó a ser un valioso referente para la población de habla inglesa en Costa Rica: el mensajero y corazón de esa comunidad. Durante los convulsos ochentas, la sala de redacción del Tico Times llegó a ser un nodo para periodistas internacionales que cubrían Centroamérica. Richard Dyer, junto con otros colegas, ganó la Medalla Interamericana para la Libertad de la Prensa en 1995 por su lucha contra los esfuerzos antidemocráticos que realizó el Colegio de Periodistas para impedir las publicaciones de periodistas sin una licencia obligatoria.

En la década de los 2010s, igual que ocurrió con muchas empresas periodísticas a nivel mundial, el Tico Times pasó por varios cambios: la transición hacia un formato digital y muchos retos más. En el 2017, el estadounidense Rob Hodel compró el medio y me contrató para juntar un equipo capaz de resucitar al “Tico”. Ese equipo logró lo cometido, agregando además un video-noticiero semanal, un podcast, la primera cobertura electoral con video 360 en Costa Rica y, sobre todo, periodismo riguroso.

En el 2019, después de dejar de pagar a la mayoría de su personal sin nunca comunicarnos ningún despido ni responder a nuestras consultas sobre los sueldos que nos debía, el señor Hodel cortó toda comunicación con nosotros mientras seguía adelante con el medio que habíamos reconstruido. En meses recientes, se empezó a borrar los nombres de periodistas del sitio web, afectando a cientos de reportajes por mi persona y los periodistas Elizabeth Lang Oreamuno y Robert Isenberg. Estas acciones afectan de manera grave no solo a los derechos de unos cuantos trabajadores, sino también a la libertad de prensa en Costa Rica y su desarrollo, el tema en que los Dyers, fundadores del medio, invirtieron tanta energía y pasión.

Esa historia triste no merece más espacio–continúa en los canales legales del caso–pero aquí hay una historia país, una que transciende las malas experiencias de un grupo de periodistas. Es una historia de mucha esperanza para Costa Rica, y de mucho cuidado.

Es una historia de esperanza por el talento latinoamericano que brillaba en la última versión del Tico Times, con periodistas de planta 100% costarricenses y un equipo freelance lleno de voces hondureñas, nicaragüenses, brasileñas y más. Estos periodistas congregaron en un medio independiente, abierto al cambio; no pude darles muchos recursos, pero sí les dimos espacio. Verlos trabajar, innovar, crear y divertirse fue uno de los honores más grandes de mi vida. A esos periodistas y muchos más que están trabajando con las uñas en todo Costa Rica y todo Centroamérica, les quiero decir: si están ejerciendo este oficio, ustedes importan, si tienen una maestría en periodismo o si aprendieron todo lo que saben sobre la marcha.

El descenso más reciente del Tico Times ocurrió durante una época cuando los periodistas de mi región adoptada enfrentan retos espeluznantes; cuando los países de la región consumen cada vez menos medios tradicionales, y albergan a cada vez más jóvenes quienes buscan crear contenido de calidad; cuando el “slow journalism”, periodismo que invierte muchas horas en lugares y personas lejos de los titulares del día, es cada vez menos frecuente. La región cuenta con el talento para atender este déficit, pero esos periodistas jóvenes necesitan nuevos mecanismos de apoyo.

Necesitamos más asociaciones periodísticas que definen su membresía y servicios basado en quién está produciendo trabajo de calidad, no en quién tiene cuál título. Ya nos apoyamos informalmente–asesorándonos cuando hay maltrato laboral o amenazas a nuestra seguridad–y debemos fortalecer esos canales. Necesitamos crear estructuras en las que los propios periodistas tengamos el control y en las que se implementan modelos innovadores de financiamiento.

Y tenemos que acabar con los dueños que prefieren quedarse en las sombras. Sin duda alguna, el periodismo hoy en día se trata de construir confianza y comunidad, y los dueños y gerencia de los medios son parte esencial de ese proceso. Cuando un dueño rompe esa confianza, incumpliendo con sus deberes como lo hizo el señor Hodel, debemos reclamarlo en todos los foros posibles; y ese es un deber que no he cumplido, hasta hoy. En cambio, cuando tenemos la dicha de trabajar con un dueño o director ético y responsable, debemos recordar a esa persona que su liderazgo hay que darlo a conocer. La relación que el público tiene con el dueño es, hoy, tan importante como la que tiene con sus periodistas. En el siglo de Wikileaks y fake news, de Donald y otros populistas, los nuevos retos nos exigen transparencia absoluta y la participación de lectores en sus medios.

Si no logramos todo esto, perderemos aún más periodistas. Perderemos aún más medios. Perderemos, aún más, la confianza que es la base de nuestra democracia. Talento, compromiso y ganas – todo eso hay. Es un recurso subutilizado que la sociedad ignora por propio riesgo.

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