El interminable anhelo israelí de obtener la paz con sus vecinos

En nuestra realidad moderna, todos nos exponemos al término «noticias falsas»; también existe un término sinónimo

«La verdad crecerá de la tierra, se verá la justicia desde el cielo»

Rey David, Salmo, 85:12

En nuestra realidad moderna, todos nos exponemos al término «noticias falsas»; también existe un término sinónimo, «historia falsa». Un ejemplo de esta alusión es la forma en que muchos, especialmente los árabes, la utilizan al rememorar los acontecimientos ocurridos en la Guerra de los Seis Días, en 1967. Sin embargo, a los ojos del ministerio de la historia, esta famosa guerra fue un movimiento defensivo contra los ejércitos conjuntos de Egipto, Jordania y Siria, asistidos por los ejércitos de Irak, Arabia Saudita, Libia, Sudán, Túnez, Marruecos y Argelia. Diez ejércitos contra el pequeño país, Israel, ¡que en tan solo seis días logra la victoria contra todas las probabilidades!

Es psicológicamente inaceptable pasar por alto las amenazas militares manifiestas y hechas por el presidente egipcio Nasser contra Israel. Tales como enviar sus divisiones a las fronteras con territorio israelí, expulsar las fuerzas de paz de la ONU, incitar a los países árabes a actuar contra judíos  y contra Israel, cerrar el estrecho de Tirán, impidiendo así a los barcos israelíes atravesar al Mar Rojo, y violar el Derecho Internacional. Todas estas razones abundantes y de peso para casus belli desaparecieron repentinamente en la historia árabe reescrita.

Entonces, ¿cuál fue la razón por la cual se debía llegar a una gran guerra?, si en ese momento no existía un solo asentamiento, no había vigilancia israelí y el Estado Hebreo no había realizado ninguna provocación armada en contra de sus vecinos. Apegándose a hechos históricos, durante la guerra de 1967, Israel tuvo acceso a documentos operativos egipcios y jordanos, que incluían órdenes claras de aniquilar a su población civil. En honor a la verdad de esta situación es que los estados árabes nunca aceptaron la existencia del Estado de Israel, ni siquiera por un segundo.

Israel externó a los líderes jordanos y sirios evitar esta guerra, ya que se tenía aversión por entrar en guerra una vez más. Ante la inminente contienda, la gente en Israel preparó un gran cementerio en un parque público en el centro de Tel Aviv, mientras susurraban entre sí que el último debería apagar la luz mientras lograba salir del país por el aeropuerto.

Incluso, después de esta guerra, el inmenso deseo israelí por conseguir la paz continuaba golpeando en los corazones, tanto de sus líderes, como de sus ciudadanos. Por ello, como está registrado en los anales históricos, para lograr la paz ansiada, Israel devuelve la península del Sinaí a Egipto en 1979; firmó un acuerdo de paz con Jordania en 1994; realizó reubicación en el trazo de sus fronteras y compartió con ellos agua, el recurso más valioso de la región. Extendió su mano de paz a Siria en repetidas ocasiones. Desde 1993 negocia con los palestinos, cabe destacar que en la actualidad el 96% de ellos son autogobernados con su propio parlamento, poseen diferentes ministerios y presupuesto (que lamentablemente en muchas ocasiones los destinan a patrocinar el terror y no -como debería ser- el bienestar del pueblo palestino).

La historia y el mundo son testigos de que los palestinos vivieron 19 años en los territorios de Cisjordania y la Franja de Gaza bajo el régimen ilegal, internacionalmente desconocido de Jordania y Egipto (respectivamente). Sin embargo, en tantos años no existió voluntad política de crear un estado palestino, como era el plan original, porque los líderes del mundo árabe no querían otro Estado, ellos querían a Israel. Nunca ocultaron sus intenciones ni por un minuto, eso queda patentado al no esforzarse por cristalizar el sueño de la creación de dos Estados con sus fronteras seguras. Mientras Israel se construía como tal, los esfuerzos árabes se empecinaban en destruirlo.

Continuando con lo citado, otra aplicación mal empleada de lo real, con  hechos «falsos», es la acusación que se hace a Israel de ser un Estado de apartheid. Me permito hacer una simple comparación entre Sudáfrica e Israel, para mostrar cómo ese argumento carece de toda base para justificar ese señalamiento. Como a continuación expongo: Israel no tiene una separación permanente de grupos étnicos (razas), no prohíbe las relaciones sexuales entre árabes y judíos, los árabes estudian en las universidades israelíes, van al cine al lado de los judíos, se bañan en el mar con todos los demás israelíes, usan los autobuses y otros medios de transporte como todos los demás. No hay restricciones del derecho de propiedad de los árabes, en Israel no se impide que un ciudadano árabe compre tierras en lugares que fueron comprados por la Agencia Judía para la residencia judía. Los árabes israelíes tienen ciudadanía israelí con los mismos derechos. De los 120 escaños parlamentarios 17 son ocupados por árabes, (casi un 15% del total). Un juez árabe envió a un expresidente judío a la cárcel.

Ante la realidad de la región, es legítimo también preguntarse qué está ocurriendo en otros países del Medio Oriente. En Sudán, por ejemplo, el genocidio contra los cristianos ejecutado en Darfur, en donde los musulmanes aniquilaron a medio millón de cristianos, e hicieron que 3 millones de ellos se convirtieran en refugiados. En Siria, Irak e Irán se presenta un apartheid en curso contra los kurdos, en 1962 Siria abolió la ciudadanía de los cien mil kurdos y en 2008 expulsó a miles de su hogar y revocó su derecho a poseer tierras.

En importante recordar, que en todo el mundo musulmán los palestinos pueden vivir solo en campamentos y se les prohíbe trabajar en algunos oficios y profesiones; como muestra, en el Líbano un palestino no puede convertirse en médico, abogado, banquero o maestro, no puede tener propiedad privada o inscribir a sus hijos en una escuela. En Arabia Saudita, los cristianos y los judíos no pueden emitir una ciudadanía. En Jordania los judíos no pueden poseer tierras, sin mencionar la expulsión de 850.000 judíos de la mayoría de los países árabes a partir del siglo XX, cuyo motivo fue solamente racial, se les privó de sus bienes y propiedades, estimadas hoy entre ‎$3 y ‎$6 mil millones.

Paradójicamente, los diferentes países de Oriente Medio y otros incautos culpan de apartheid al único país de la región que por sus principios, valores y configuración nunca sería, ni es, un Estado de apartheid. Este panorama refleja un trastorno psicológico, su nombre es: proyección, que actúa como un mecanismo de defensa o protección, en el que una persona atribuye sus defectos a otro. También, es evidente que se trata y es parte de una estrategia clara: abolir el carácter sionista y judío del Medio Oriente.

Es tiempo de que los árabes de todo el mundo acepten el hecho de que los judíos regresaron a su patria histórica para quedarse.

Solo así llegará la paz tan anhelada.

SUSCRÍBASE A LA EDICIÓN SEMANAL EN FORMATO DIGITAL.Precio: ₡12.000 / añoPRECIO ESPECIAL

0 comments