Iglesia encubridora

El peligro de disolver en asuntos procedimentales de tipo jurídico, civil o canónicos una responsabilidad ética es altamente palpable en la cuestión de la pederastia de los presbíteros costarricenses.

El peligro de disolver en asuntos procedimentales de tipo jurídico, civil o canónicos una responsabilidad ética es altamente palpable en la cuestión de la pederastia de los presbíteros costarricenses. No es que se deban evitar los enjuiciamientos ante la ley, pues estos deben darse en todos los casos, cabe más bien insistir en que, también en nuestro país, hay una cultura del encubrimiento, sostenida en una estructura de relacionamiento en la cual se podría esquivar la dimensión de la relación con el otro, es decir, la dimensión ética.

Al analizar los hechos religiosos cabe reconocer el significado relevante de las religiones para las personas, los grupos, las sociedades. Son instancias mediadoras entre lo humano y lo divino del Misterio. Las personas construyen representaciones simbólicas que, en parte, le confieren una fuerza de actuación a los mediadores. Es así como estos se constituyen en agentes del poder y se vuelven poderosos. El ejercicio de las relaciones asimétricas en el contexto religioso del clero católico parece caracterizarse por el carisma o por el poder, y cuando se abusa de este último requiere, convoca, exige, necesita, del encubrimiento para reproducirse. En cambio, el carisma surge en compromisos por el otro, como el de monseñor Romero y el de tantas mujeres y hombres que dan su vida por los demás con honestidad.

En 1870, en el concilio Vaticano I se dio por válido el dogma de la infalibilidad del Papa. Es decir, lo que esta persona defina como verdad en asuntos de fe, de moral o de costumbres es, palabras más, palabras menos, verdadero. Para la racionalidad moderna esta situación es poco más o menos algo ridículo. Que un ser humano considere su criterio individual revestido de una autoridad por la cual sus afirmaciones no solo son verdaderas, sino, además, tienen una validez universal, para toda la comunidad católica, refleja una dimensión psicológica, la cual reviste un interés central en este fenómeno.

La afirmación de infalibilidad que reviste la figura del Papa lo coloca más allá del error, se considera indefectible. No solo se sabe con esa potestad, sino que logra sentirse como tal. ¿Acaso esta potestad autoatribuida está exenta del paso imperceptible a la omnipotencia, a una posición de intocable? Los acontecimientos muestran que este sentimiento imaginario desciende como sustancia tóxica a todos los estamentos, incluyendo obispos, presbíteros y diáconos, quienes al parecer han sentido abierta esta posibilidad de estar intocados y protegidos en su mundo relacional. El espacio abierto a la prepotencia es inmenso para ejercer el poder de manera omnímoda, arbitraria y humillante hacia los demás.

De esa fantasía de infalibilidad se desprende el secretismo, la defensividad, la infantilización de los demás, el encubrimiento de un deseo omnipotente de perfección moral. Una fantasía con la cual se ha hecho daño en el mundo entero a niños, niñas y mujeres religiosas. Cabe añadir la manía de colocar las dificultades inherentes al manejo de la sexualidad fuera de la institución y no dentro, como está claro que corresponde. La fantasía adquiere matices de crueldad y coloca a la institución en una crisis de credibilidad tan profunda que ya es interesante observar cómo la sobrevivirá.

En Costa Rica continúa pendiente el convertirnos en una sociedad con cabida para todas y todos, incluso para quienes permanecen en el catolicismo, pero siendo una sociedad laica. Ser capaces de defender a mujeres, niñas y niños contra el abuso sexual sin importar de dónde venga. En la cual las mediaciones y los mediadores del cristianismo estén al servicio de la construcción de una sociedad laica justa, también en el plano de los vínculos y de la sexualidad, donde la jerarquía de la Iglesia católica reconozca el respeto al derecho fundamental a la dignidad y la libertad del otro, no solo en sus textos, sino sobre todo en la realidad de todos los días.


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