Hoy más que nunca el arte nos humaniza

Solo hay una raza: la humana. Hay etnias, grupos humanos originarios de alguna geografía, pero en conjunto los seres humanos somos la única expresión viviente de un desarrollo único y extraordinario…

Solo hay una raza: la humana. Hay etnias, grupos humanos originarios de alguna geografía, pero en conjunto los seres humanos somos la única expresión viviente de un desarrollo único y extraordinario de los engranajes en la gran cadena de la vida. ¿Por qué tan distantes en la cercanía, y tan cerca que podríamos estar y compartir en la lejanía?

Son las fronteras que nos hemos creado. El desarrollo del sentido del poder y el control que permite sobre los demás, los que se subordinan en grado de fuerza o de ley, la siniestra sombra de oscuridad inferna cuyas energías impulsan a buscar el poder en ambición desmedida, particularmente en política, aunque es igual para todos los quehaceres y promociones humanas. Quizá es parte del mal entendido de ser para este mundo y no participar de la vida social y del mundo como un puente o medio de realización, cuyo mayor balotaje está en jugar hacia resultados positivos y constructivos de la vida espiritual. Porque, quiérase o no, vamos y venimos en la espiral de una búsqueda constante de origen y comienzo, de principio y final. No hay pecado original, sino la práctica de una ética transgredida de desaciertos que se deben corregir para evolucionar.

No hay pregunta inicial, sino la constante de un encuentro y reencuentro con aquellas magras visiones de paz y orden creativo absolutas.

En ese sentido, arte es el resultado de todas las demás disciplinas; cuando ya estas se han manifestado, el arte adquiere una dimensión singular que la distingue como medio de conectar el entretejido de la malla humana, la física, la psíquica, la espiritual en la cultura de la humanidad. De ahí que no es posible ignorar la importancia capital de cualquier actividad humana, su enseñanza y aprendizaje, y el valor individualizado, integrado al grupo, de cada una.

El arte implica y significa la integración del sentir, hacer y pensar, de lo mecánico e ingenioso que construye la materialidad cultural de la humanidad, así como la imagen que congrega y convoca la metáfora del ser introspectivo de los seres humanos en su proceso de “trioevolución” social, cultural y espiritual.

En esa razón, la máquina del tiempo que vemos es una época del siglo XXI en delirio, superficialidad y la eterna premisa del dinero y el poder, el viajar sin sentido, el figurar, únicamente para conservar la foto y contar las anécdotas que envidian, pero nada más.

Se pasa por encima de la evolución de las culturas y sus aspectos interculturales de intercambio de ideas y organización de una comunidad, de sus geografías y leyes naturales en el año y las centurias que las han llevado a convivir y a resolver conflictos internos, así como el sentido más profundo de la vida y la existencia; vivimos también una época de dominios, enajenación y desprecio por el más mínimo sentido de la vida y la perpetuidad de la especie en el mundo y en el cosmos.

La idea del arte es la de un movimiento perpetuo sin fronteras ni límites, un pensamiento que vuela en la imaginación de quien crea el objeto cultural y del lector–espectador que lo recibe. A fin de cuentas, vivimos de comunicarnos, de intercambios, de filtrar información y prácticas en una realidad que consideramos muy propia, cuando el día pasa como una alfombra mágica que nos transporta a los ciberespacios que llenan, aunque temporalmente, los anhelos en medio de tanta frustración y desesperación, de la soledad.

Muy a pesar de la velocidad con que se vive en este siglo XXI, de vaciarnos en el basurero, de estar arrojados como tiliches de tienda, todo está para vender y para comprar; la visión mercantil de la sociedad contemporánea es un vivir sin ética. Importa el yo megalómano, el tener, no ser algo mejor que un robot de carne y hueso, automatizado y numérico.

Por lo cual, la educación, la enseñanza y la cultura, así como la época que vivimos, obligan a conformar una formación integral donde no se privilegie ninguna materia de conocimiento más que otra, salvo en la especialidad bien entendida, pero un ser humano sensible y culto.

Y eso lo da el arte.


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