Opinión

Freddy Acuña: campesino y artista

Freddy Acuña es un campesino. Siendo niño aprendió a hablar a la tierra con el lenguaje de la pala. Lo suyo fue voltear tierra, abonar, aporcar, desyerbar. Creció con el arado en la mano, abriendo surcos, sembrando para llevar el sustento a su familia, allá al norte, tierra adentro de Aguas Zarcas, San Carlos. Es genuina y auténticamente un campesino, sencillamente campesino. Lo delatan sus manos, sus palabras y su acento.

Un día Freddy quiso expresar su mundo interior y lo hizo como solo lo puede hacer un campesino: con el cedro. Lo dijo Debravo: “se puede amar el cedro porque habita con el hombre, junto a su misma cara”. Ese día tomó el cuchillo para hacer una escultura, y con ella expresar sus pensamientos y  aspiraciones; entonces comenzó a esculpir las anécdotas y la cotidianeidad de la gente de campo.  De sus manos rudas, el cedro comenzó a transmutarse en pizotes, peces gaspar, dantas, lagartos, tepezcuintles, hormigas y todo el mundo animal que le es habitual.

Escarbando más íntimo, Freddy ha convertido en arte las leyendas de sus antepasados, que son también nuestros, aunque algunos lo nieguen o lo olviden otros. La segua, el cadejo, la llorona, la tule vieja, el padre sin cabeza, y todos aquellos relatos de los abuelos contados a la luz de una candela; herencia oral que parece alejarse vertiginosamente de nuestras últimas generaciones, pero que él mantiene vigente en su arte.

Todos ansiamos expresarnos, decir lo que pensamos, dar vida a nuestras opiniones sobre la encrucijada actual. Freddy se considera empoderado para liberar sus verdades, y por eso ahonda en la raigambre de sus pensamientos. Echa mano de su arte como herramienta de comunicación, para plasmar en esculturas o retablos su visión de la problemática política y socioeconómica. Aún quien lleva las botas llenas de barro tiene su criterio sobre los retos sociales. Lo hace con la autoridad de quien vivió en carne propia la esclavitud del alcoholismo y la pobreza. Con el derecho de quien sigue luchando, como campesino y artista, con las penurias de la vida diaria.    Con todo y su sencillez, su arte expresa reclamos y esperanzas.

Es un artista, genuinamente artista, sencillamente artista, nacido artista. No ha pasado por la academia; esta no lo ha formado ni deformado. Nadie le ha instruido de perspectiva, dimensión o equilibrio, de la filosofía de la estética o la teoría del color.  Su paleta es un reflejo de los colores que ha visto en el plumaje de los pájaros y mariposas, en el color de la amapola, del roble, de la veranera o la pasiflora. No necesita más para expresar su pasado, su presente o su visión de futuro.

Cuando miro sus creaciones, cuando las tomo en mis manos, repaso los contornos o me dejo seducir por el lenguaje autónomo de los colores, me transmiten un algo mágico, una alegría mezclada con nostalgia, una fuerza de esperanza, un canto de tierra y de madera.

 

 

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