Flaquezas de la Era Tecnológica

Vivimos en una sociedad donde las comunicaciones e interacciones sociales son cada vez más aceleradas. Basta con abrir nuestra pantalla electrónica

Vivimos en una sociedad donde las comunicaciones e interacciones sociales son cada vez más aceleradas. Basta con abrir nuestra pantalla electrónica o hacer «click» en un botón virtual, para comunicar en pocos segundos (o menos) una multiciplicidad de situaciones que hace veinte años eran impensables y quizás, eran realizadas de muchas maneras que hoy en día hemos olvidado. En nuestra situación actual, ocupamos una amplia gama de «emojis» que revelen nuestro enojo, enfermedad, tristeza o desánimo.

No obstante, hay que decirlo contundentemente, esta era digital ha traído variados beneficios. Muchas tareas son más fáciles de ejecutar, de toda suerte que existe economía de costos y tiempos. Ni que pensar del espectro económico de un Estado, donde las compras, pagos, controles y manejo de la logística empresarial ha sido una brillantez que no es posible esquivar; so pena de perder competitividad en la arena internacional. O que decir del emprendurismo que habita en el ciberespacio y jamás, olvidar las cosas que pueden adquirirse «navegando«.

Pero como dicen, «no todo lo que brilla es oro«, y es que la era digital ha traído duros costes para nuestra sociedad «civilizada» en campos que si acaso percibimos y a los cuales, poco valor les otorgamos. De una manera casi sutil esta nueva etapa de la «información veloz» nos ha embrutecido, convertido en ciudadanos inseguros, paranoicos y dependientes en extremo de lo que «sucede en línea». Nos ha ligado a una corriente inalámbrica que siquiera advertimos, pues transita a través de ondas energéticas que llegan directamente a nuestros aparatos inteligentes. Estos, manejan nuestro actuar, nuestro pensar y por supuesto, la forma de ver al mundo y nuestra posición en este lugar. Vivimos abstraídos de nuestra realidad, pasamos más tiempo preocupados de los «estados» y ubicaciones en que nos encontramos, que con quien compartimos un momento. Somos coleccionistas de «me gusta» y esperamos las nuevas actualizaciones del sistema. De alguna forma compramos la aceptación que no podemos darnos por cuenta propia, y la sumatoria de «likes» en nuestras redes, generan un efecto revitalizador que no pudo otorgarnos el día al mirar una montaña o una puesta de sol.

Esta nueva forma de vivir ha calado en la independencia humana y su capacidad de amar, ha moldeado su razonamiento y su vigorosidad para crear ideas y fuertes lazos de amistad.

La red, como se le denomina, es un abismo negro, un universo infinito de información y facilidades que no ha traído tantos beneficios como para renunciar a la esencia humana en su total y completa dimensión: lo que pasa es que de esto se habla poco y casi nadie nos lo cuenta. La red es una brutal y poderosa distracción cada vez más independiente de la inteligencia humana: es inteligencia artificial y como tal avanza hacia un punto de descontrol irreversible, con un agravante: adormece nuestra conciencia y nuestro poder de cuestionamiento, elimina nuestro verdadero ambiente, elimina el aquí y el ahora.

Para muestra de su influencia, cada día miles de personas incapaces de vivir plenamente en su entorno, necesitan distraerse hasta desaparecer en las revueltas de esta «fantasía inalámbrica«.

Por un lado, la red nos vende «libertades» y espacios (materiales e inmateriales) que toda persona quisiera tener para ser (más) feliz, pero por otro extremo, quita la alegría de ser quienes realmente somos y de provocar en nuestro ser una mejor persona, capaz de expresarse sin ayudas tecnológicas ni afanes egocéntricos. Su capacidad y empoderamiento (el de la red), aprisionan el don de conversar, de mirarse fijamente e inclusive, el de interpretarse sacando lo mejor de aquello que nos hace humanos.

 

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