Enseñanzas de una pandemia

Es muy pronto para establecer, con algún mínimo de certeza, cuáles aspectos de nuestras vidas volverán a la “normalidad”, o cómo sería una nueva “normalidad”. Intuiciones e hipótesis surgen a diario, unas mejor argumentadas que otras, pero con el factor común de la incertidumbre y el juego de probabilidades. Sin embargo, creo que algo más [...]

Es muy pronto para establecer, con algún mínimo de certeza, cuáles aspectos de nuestras vidas volverán a la “normalidad”, o cómo sería una nueva “normalidad”. Intuiciones e hipótesis surgen a diario, unas mejor argumentadas que otras, pero con el factor común de la incertidumbre y el juego de probabilidades. Sin embargo, creo que algo más certero es identificar si hasta este punto hemos asumido alguna lección.

Creo que es importante reconocer la reivindicación del valor de la solidaridad, que va de la mano con una recuperación de la importancia de las acciones individuales, pero en función del agregado social. En todo el mundo la pandemia ha obligado a una toma de responsabilidad personal; sea una persona haciendo su trabajo –personal sanitario o de seguridad pública-, o la mayoría que debía quedarse en casa para romper con el hilo contagioso. Esto último, quedarse en casa, se sostiene con base en una responsabilidad sobre la salud propia, pero también en relación con la salud de los otros, lo que lleva a que las personas que han sido esquivas con el confinamiento —por mera decisión propia, no los que son forzados por una desesperante necesidad económica— no demuestran la importancia del valor de la solidaridad a partir de su negación. El daño a uno es el daño a todos, y ello es una enseñanza que va más allá del COVID-19.

La solidaridad no es total, ni es una regla, y esto en sí también es una enseñanza que nos está dejando esta prueba; ello a partir de una contradicción: por un lado, somos testigos de la existencia (por si se había difuminado para la vista) de una interdependencia entre los seres humanos, una reafirmación de nuestro carácter de animales sociales; pero, por otro lado, un “sálvese quien pueda” deja los estantes vacíos en una acumulación casera de productos de primera necesidad.

Sé que habrá contraargumentos fundados en el miedo, el instinto de supervivencia o similares, pero no se puede alegar falta de información que aseguraba que no existiría desabastecimiento. Aquí, en España, por ejemplo, por semanas enteras hubo prácticamente una campaña tácita de los productores de papel higiénico afirmando una y otra vez que aseguraban el abastecimiento normal, pero los estantes continuaban siendo saqueados desesperadamente.

Esta situación ha evidenciado nuestra vulnerabilidad general, pero también muchas vulnerabilidades que se entrecruzan, y sobre las cuales existe una responsabilidad colectiva, que se sostiene en el valor de la solidaridad. Las personas más propensas a desarrollar estados graves de la enfermedad han sido personalizadas en los adultos mayores. La modificación de rutinas para evitar tener contacto con ellos u organizarse para llevarles la compra se ha vuelto en una esperanza que reivindica la solidaridad en tiempos difíciles. Pero la ambivalencia discursiva explota si la persona necesitada no tiene una cédula de identidad nacional. La solidaridad selectiva no es verdadera.

Del ahogado, el sombrero, dice el dicho. Podemos sacar muchas lecciones de esta situación. Necesitamos de todos siempre; aunque únicamente en algunos momentos es más visible, como en este. La protección del ambiente, por ejemplo, requiere del colectivo para su efectividad. Necesitamos modificar los marcos mentales que nos han hecho individualizar nuestros actos. Nunca ha sido más claro, todos necesitamos de todos.

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