Opinión

Elijo vivir intensamente

Asociada a una directriz económica, se ha consolidado una sensibilidad ideológica que marca una actitud hacia la existencia.

Asociada a una directriz económica, se ha consolidado una sensibilidad ideológica que marca una actitud hacia la existencia. Ha de optarse, a efecto de ella, por un estilo de vida saludable, que conlleva abandonar justo aquello que, provocándonos emociones intensas, nos hace necesaria la diversión hasta el agotamiento.

Sobresaliendo apenas de la perversión comercial de su existencia, el espíritu humano se ve envilecido por una conciencia que busca ser algo en la adecuación a los modismos en boga. La razón mutilada sustituye el vivir apasionado por la precipitación a fulgores de protagonismo escénico. Así, responde a sensibilidades antes que a la reflexión sobre el alcance e implicaciones del buen vivir. Con ello, pretende coincidir su decir con lo que se le espera escuchar, precipitándose a un estilo de existir que no corresponde a su forma de vida.

La vieja noción de ideología ya no es funcional. Más que falsa conciencia, es una forma de conciencia adecuada a una realidad desvirtuada por complejos fetichismos que la constituyen. No es que no entendamos lo que vivimos, sino que entendemos que para vivir debemos adoptar por ser alguien que provoque en otro una actitud espectadora. Somos corporalización de tendencias, modismos, sensibilidades, dirigidas a que el otro consuma lo que consumimos en él, la obsesión por relucir. Ser ante otro es atraer su mirada, pues en la mirada de otros se mal dibuja la magnitud de mi valor.

El otro me es un simple medio, no una rica posibilidad. Entonces, lo trato como realidad sosa, pues se le ha vaciado de los valores que nos dignifican conmutativamente a todos los hombres. Por ello, no soy capaz de actuar hacia él con solidaridad desinteresada, ya que pretendo algo bien sea de él, bien de quienes me observan siendo altruista. El buen hacer es elocuente impostura de quien quiere llamar la atención. Se hace y se dice por la sola razón de figurar. Así,  mi intimidad se expone a cambio de likes. Ser alguien es ser objeto de visualizaciones morbosas.

En las redes sociales expongo mis acontecimientos no para darlos a conocer quienes amo, sino para despertar en otros su atención. Nuestro espíritu ha perdido el valor de la intimidad. Pero es justamente ese impacto de las experiencias, personas y lugares con el cual mesuramos el sentido de nuestra vida. Es ese íntimo dramatismo el que nos permite encontrarnos sin un desesperado apego por la existencia. Solo quien ha vivido intensamente supera su entrevista con la muerte a través de la despreocupada actitud con la que fenecen los grandes espíritus.

Si para ser alguien debo expresar en mi cuerpo las fugacidades del mundo, ¿para qué aspirar a prolongar mi existencia? ¿Qué sentido tiene pretender arribar a 90 años usando pañales y no recordando el nombre de quienes amo? El hombre debe morir justo cuando, según los otros, le hacía falta aún mucho tiempo por vivir, tanto como sea necesario para evitar percibir su despreciable lástima. He de fallecer satisfecho, no avergonzado por el lamentable deterioro de mi cuerpo. Yo al menos elijo vivir para disfrutar la vida intensamente.

Esa sensibilidad por el buen estilo de vida no es preocupación por la buena vida, pues ella no reconoce más limitación y sacrifico que el exceso de los goces. Su razón es otra. En este mundo desvirtuado, el valor de la vida se asocia solo a la capacidad humana de consumo. La vida es valiosa solo como potencia de mercado. Por ello, hay que procurar extenderla con un estilo de vida saludable, que, además, supone un conjunto de mercancías asociadas por medio de estrategias de mercado. Un vulgar modismo, tan solo una estrategia comercial. Así, en el capitalismo el valor de la vida se dimensiona por su  alcance sobre la obtención de ganancias dinerarias. La vida se piensa como destinada a consumir mercancías. Eso no es vida, sino una forma superficial de existencia.

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