El Virus es Político

Mientras dialogo con varias personas sobre el virus y sus consecuencias, intento observar más que juzgar. Me hice a la tarea personal de informarme antes de escribir o emitir opiniones apresuradas. Con el tiempo me di cuenta que me distancié, sin proponérmelo, de la forma en la cual las discusiones se llevan hoy en día. [...]

Mientras dialogo con varias personas sobre el virus y sus consecuencias, intento observar más que juzgar. Me hice a la tarea personal de informarme antes de escribir o emitir opiniones apresuradas. Con el tiempo me di cuenta que me distancié, sin proponérmelo, de la forma en la cual las discusiones se llevan hoy en día. Podría echarle la culpa de este formato, fácilmente y de manera simplista, a las redes sociales o a la velocidad con que viaja la información (y sobre todo de la des-información) en los tiempos de la fibra óptica. Dejemos eso para otro momento. Nada más quería dejar claro que estas son las primeras líneas que me salen desde que nos “atacó” el monstruo de la pandemia.

El objetivo de este texto es dejar claro de que el virus y nuestra reacción al mismo son políticos. No es que tienen un sesgo político. No, ¡son políticos! Que no lo percibamos es un síntoma de cómo vemos y vivimos la política hoy día. Para ilustrar mi punto, primero trataré de abordar las carencias que le veo a nuestra manera de percibir la política en la actualidad; posteriormente, listaré temas que son a todas luces políticos que se han vuelto más transparentes con la pandemia; finalmente, arriesgaré a proponer un tipo de visión de mundo que nos haga percibir que no hay acto que no sea político.

Sin entrar en una discursiva sobre el origen etimológico del término, sabemos que la palabra política viene de polis y su referencia era tanto el debate sobre los diferentes ¨Estado/nación¨ griegos como el debate sobre lo colectivo. Esta segunda aserción es la que abrazo en el presente texto. Considero que una de las maneras que se ha logrado tener mayor control político sobre la ciudadanía es hacernos pensar que el maniqueísmo privado-público (pilar fundamental del liberalismo clásico) nos permite tener una vida particular sin afectar a los otros.

En ese sentido, el individualismo que predica el capitalismo agresivo es solo un heredero de esa visión de mundo que abogaba por proteger a los míos y mi propiedad. No quiero profundizar sobre este asunto, sin embargo, sobra con observar como Costa Rica dejó de ser un país donde los colectivos se formaban afuera, en el exterior, para que cada persona tenga hoy día una lista de objetos que lo separan de la colectividad, a no ser, virtualmente. Cada uno con su celular, su tableta, su lap top, etc., accede a los espacios públicos digitales, porque los físicos fueron reducidos a centros de consumo.

No obstante, eso que apunté anteriormente es apenas el marco que posibilita que la gente no se importe por tener participación política. El quid del asunto que deseo resaltar es que además la gente cree que se puede dejar las discusiones políticas para el ámbito público, o para los que se dedican a ello. Hasta que llega una pandemia. Ahí todos tienen algo para decir, como cuando la ‘Sele’ juega el mundial. El problema es que están tan desacostumbrados que no saben cómo ni dónde hacerlo. De la nada, las redes sociales están llenas de publicaciones sin forma repartiendo odio y apuntando a que “alguien” debería hacer, o dejar de hacer, “algo”. “Los niños no van a clases, alguien debería ver los pernicioso de esa medida”, “Hay familias sin comida, alguien debería ayudarles”. Pocas veces la persona que hace ese llamado se tomó el tiempo de informarse sobre quién debe ser ese alguien y qué es lo que puede hacer. Y si no existe ese alguien o no puede hacer ese algo, esa persona, muchísimo menos, se tomó el tiempo para ver qué puede hacer ella misma desde la comodidad de su casa, donde escribió esa publicación. Apenas un síntoma que nos demuestra que la gente no entiende que en su día a día ellos son, también, agentes políticos.

Segundo síntoma: Hoy día no se buscan argumentos a favor o en contra de una postura. No, se ataca al interlocutor, y el primer paso para hacerlo es etiquetarlo. Pero no etiquetarlo como en las fotos de Facebook o Instagram. No, etiquetarlo como miembro de un grupo específico que previamente ha sido catalogado como antagónico al grupo al cual pertenecemos. Tratamos la política con el mismo ciego fanatismo que hablamos de nuestras preferencias futboleras.

Por otro lado, atacar argumentos es más difícil y requiere de más capacidad crítica, y para tener capacidad crítica hay que estar informado. Algunas premisas pueden estar sujetas a ser analizadas en términos de “falso o verdadero”, otras tienden más a ser valoraciones sobre las primeras. Por ejemplo, “la clorofila es verde” es del primer tipo; “el color verde de las plantas embellece las montañas de Costa Rica en la época de lluvia” es del segundo tipo, pues tal vez a alguien le gusta más el amarillo de la época seca. Hay afirmaciones más complejas como “la inmunidad del rebaño es la mejor estrategia contra el virus”, pues implica tener conocimiento especializado y tiempo (como muchas propuestas científicas). El punto es que los debates se centran más en atacar al interlocutor y no lo que dice (falacia ad hominem) o a enaltecer a la fuente (falacia de la autoridad) más que en probar que el argumento es contundente o no. Aun cuando la fuente sea la ciencia.

Sumado a esto, la agresividad se asoma. Así leemos muchas veces: “¡Qué calidad de imbécil!”, antes de que una opinión seria que recalque donde radica la imbecilidad. Los ejemplos de Trump y Bolsonaro son obvios. Ambos nos parecen idiotas, pero repetirlo no evitó que se eligieran, ni los quitó del poder. Estamos tan acostumbrados a ser apolíticos (cuando nos tornamos apolíticos, en realidad, seguimos siendo políticos, simplemente que las decisiones que me afectan las toman otros), que ante dos monstruos como lo son esos dos gobernantes, nuestra mejor expresión siempre es: “¿Qué se podía esperar de ese?”. Pues, en primera instancia, se podría esperar que no gobiernen los dos países más grandes de América. En segunda instancia que, si lo hacen mal, que por lo menos no se jacten de hacerlo. Cuando a Bolsonaro le dijeron: “Hoy superamos las 10 000 muertes”, respondió “¿Y? ¿qué quiere que haga?”. Ante este dejo de cinismo, la pregunta que cabe es: ¿dónde estaban los que permitieron que estos dos estén donde están? Viendo Netflix, y más preocupados con los juegos de poder de Game of Thrones, es la respuesta correcta. La política se tornó un ámbito que no me ocupa, a no ser cada cuatro años cuando tengo que ir a votar. Lo hago rápido, porque tengo que volver al juego en línea que dejé pausado.

Hasta que llegó el COVID-19, soy partidario de que el interés que expresa la mayoría, en este momento, por asuntos colectivos nace de un interés egoísta. La preocupación porque el virus no se propague viene de la protección a la propia familia. Pero esto ha hecho que tengamos que interesarnos por los asuntos de la colectividad, pues finalmente entendemos que lo que hacen los otros nos afecta y lo que hacemos nosotros afecta a los otros.

En Brasil y en Estados Unidos es más claro que se trata de un asunto político, porque para poder pelear contra el virus, hay que pelear contra aquellos que en este momento detentan el poder político. En Brasil se suma la crisis institucional que han provocado los diferentes despidos y renuncias de varios ministros, incluido el de Salud, junto con las investigaciones contra la familia Bolsonaro. En Estados Unidos, las manifestaciones que provocó la muerte de George Floyd, tornaron el asunto más obvio.

Reciclar o no, consumir productos locales o no, preocuparme por el desagüe de aguas negras de mi casa o no. ¡Todos son actos políticos! Simplemente nos han vendido la noción de que no lo son, o de que no nos debemos importar. Existir es existir en sociedad, y cada acto que yo haga como individuo afecta, en menor o mayor grado, a la colectividad. Hizo falta el virus para hacérnoslo ver. Pensemos en la lista de asuntos que entendemos ahora como pautas de discusión pública, que se nos habían hecho tan rutinarios que los ignoramos abiertamente.

-La relación fronteriza con Nicaragua: la xenofobia tica pasa desapercibida cuando se trata de contratar jardineros, guardas, mucamas. Todo lo que se pueda contratar sin seguro social y pagando por debajo del salario mínimo. Pero ahora que el problema es la pésima administración frente al virus que ellos sufren, la xenofobia se hace latente, y se aborda el problema como uno que nos compete a todos, aunque la discusión adolece de los vicios que apunté anteriormente, y los análisis sobre las situaciones materiales-históricas del porqué Nicaragua se encuentra en la situación que está son totalmente inexistentes. Poco importa abrazar ese pseudo-nacionalismo con tintes de romanticismo ario, con tal de que el enemigo común, peor que el virus, sean los nicaragüenses. Ahora es una situación política sobre la que “alguien” debe hacer “algo”.

-El desmantelamiento del Estado de Bienestar: como un mantra de los defensores de las políticas neoliberales se escucha hace décadas que la Caja Costarricense del Seguro Social es el peor mal de la Suiza Centroamericana. Hasta que llegó el virus. Ahora la enaltece cualquier cristiano, que poco a poco se dio cuenta que cedimos enloquecidamente por la aplicación del Plan Washington para Latinoamérica, y nos volvimos un patio de paseo de los Estados Unidos, sin importarnos qué estaba pasando con las instituciones que posibilitaron que en el siglo XX Costa Rica se diferenciara de los temas países del área. La CCSS, el ICE, la UCR, y muchas más, han sido blanco de emprendedores extranjeros que ven un obstáculo que no les permite lucrar a gusto. Ahora proteger dichas instituciones que nos protegen del virus se volvió una cuestión política sobre la que “alguien” debe hacer “algo”.

-El Estado Policial que los Estados Unidos ha intentado instaurar en Costa Rica con la excusa de combatir el narcotráfico: si en nuestro país no hubo guerrilla, dictaduras, ni comunismo, la mejor manera que Estados Unidos tuvo de irrespetar nuestra soberanía fue un Tratado Internacional que permitía que la DEA ayudé con el patrullaje de las aguas territoriales ticas. ¿Qué mejor manera de controlar el patio de consumo de los gringos que enseñarles a tener autoridades abusivas como las de ellos?

El Estado de Derecho en varias ocasiones ha tenido que salir a tono, y el control entre poderes quedar tenso (como debe ser) para no permitir un Estado Policial, como el que hoy en día hizo que el pueblo estadounidense se tire a las calles porque uno de los tantos abusos que cometen fue debidamente filmado. El tico ha gozado de una envidiable libertad. Hasta que llegó el virus.

La declaración de Estado de Emergencia el 16 de marzo hizo con que el Poder Ejecutivo disponga a voluntad y nos prohíba circular por el bien de todos. En épocas normales un Habeas Corpus resolvía. En estas, hay que aguantar. Los surfistas lloran al ver como se les negó el acceso al mar y, ¡por primera vez!, entienden el privilegio del cual disfrutaban. Ahora vigilar al Estado que nos vigila es una pauta política sobre la que “alguien” debe hacer “algo”.

La lista podría ser extensa, pero creo que va quedando claro. La mejor explicación del porqué esto ha sucedido es porque Costa Rica dejó de apostar en una educación que busque crear ciudadanos participativos e interesados en el colectivo. El miedo a los nuevos mercados hizo que pensemos que la educación tiene que ser de especialistas en asuntos que generen dividendos. Antes los niños aprendían a escribir correctamente el español, hoy lo hacen mal mientras chatean en clases de inglés y de mandarín.

Tecnócratas consumistas e individualistas es lo que han estado produciendo las instituciones educativas del país, en las cuáles se les vende a los alumnos y a sus padres el mito de la meritocracia. El individualismo que se les inculca es tal, que en su vida adulta se enorgullecerán de todos sus logros, como si los hubieran conseguido individualmente, y por tal razón, poco se interesarán en ayudar al colectivo. Poco se interesarán en ser políticos. Hasta que llegue un virus.

La solución no es simple. Su complejidad requiere una mudanza de rumbo de las políticas públicas de muchos sectores y, entre ellos, de la educación. El virus es político, ¡sí! Así como todo lo que hacemos es político. Preocuparse con el otro debe ser parte integral de nuestro ser, pero esto implica cambios en nuestra visión de mundo. Paradójicamente, la Costa Rica de antaño era muchísimo más solidaria que la actual, por eso pensar en la necesidad de un Estado de Bienestar fuerte nos resultaba obvio.

Parece que no nos dimos cuenta que abrazar la economía estadounidense podría traer como consecuencia directa que suframos los problemas sociales que ellos en el Norte sufren. Adoptamos como modelo un país que abrazó fuertemente el discurso de la extrema derecha y pasamos por alto modelos de países con políticas sociales más fuertes como Canadá, Australia o Nueva Zelandia. Si el tico promedio continúa siendo formado para producir dinero vendiendo servicios, seguirá sorprendiéndose cuando entienda que una pandemia es política, así como se sorprenderá cuando en unos años un policía mantenga su rodilla en el cuello de un nicaragüense esposado en el suelo por ocho minutos y cuarenta y seis segundos hasta que este muera.

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