El “virus chino” y otras artimañas

No hay aún pruebas concluyentes de que el coronavirus haya sido una creación o haya surgido por condiciones insalubres.

Sobran en el mundo medios de comunicación que, aprovechando cualquier coyuntura política, ideológica, económica o, en este caso sanitaria como es la pandemia del coronavirus, elaboraron un discurso que los delata; sobre todo cuando se trata de un pueblo al que no encontraron cómo referirse con decencia y respeto: China. Y detrás de esos medios odiosos, están millones de personas en su ignorancia supina, repitiendo como tarabillas, sin el más mínimo sonrojo: sí, es el “virus chino” el responsable de todo este marasmo. Basta con leer hoy mismo las redes sociales, antros de desconocimiento, con publicaciones de personas preparadas que sirven como cajas de resonancia. Con respecto a esto, se espera de las personas preparadas profieran entendimiento, razón, análisis, debate y no señalamiento, acusación, condena. No obstante, existen aquellos que, con sus odios contenidos, les urge que aparezca algo que sacie su impronta mental.

Ante la pregunta si los virus tienen nacionalidad: Los virus no tienen raza, ni nacionalidad, ni religión, ni saben de política ni de ideología. Si no fueran por determinados comentarios que sonrojan no sería preciso decirlo. Cuando empezó esta pandemia todos los ojos miraban a China y a los chinos que, por su brida mongólica, en cualquier parte del mundo bien podían ser japoneses, coreanos o de cualquier otro país de Asia Central y posibles víctimas de la creciente xenofobia. A España le tomó un siglo sacudirse el mote de la “gripe española” de 1918 y los españoles no eran recibidos en el resto de Europa. Cargarle a un país una enfermedad lleva consigo una estrategia irracional, tramposa, imprecisa y naturalmente arbitraria.

Demeritar a un país por alguna situación y condenarlo al ostracismo, por parte de quienes, desde el poder, hacen gala de su estupidez discursiva es, en esencia, una norma en el comportamiento de las personas y de los Estados, de donde deriva un provecho político y en consecuencia de condena. Los profesores Herrero Ingelmo y Montero Cartelle de la Universidad de Valladolid cuentan que: «Con la expedición de las tropas del rey Carlos VIII de Francia en 1495 a Nápoles, defendida por napolitanos y españoles, se había propagado una enfermedad nueva, la sífilis, llamada morbus gallicus o “mal francés”, que se contagiaba por personas con una vida disoluta”. En Italia y Alemania se llama a la sífilis «mal francés» y en Francia como «mal italiano» o «mal napolitano». La enfermedad sirvió para alimentar odios, llamándose en Rusia «mal polaco»; en Polonia «mal alemán»; en Inglaterra, Países Bajos y Portugal «mal español»; en Turquía «mal cristiano» y en España «mal francés» o «morbo gálico».

La mal llamada «gripe española» se originó en el Fuerte Riley de EE. UU. y pasó a Europa a través de los intercambios militares y la presencia de EE. UU. en ese continente. Durante la Primera Guerra Mundial, los países beligerantes prohibieron que se hablara de la gripe, mientras que, en la neutral España, se informaba sobre su avance. La hispanofobia fortaleció el odio que por más de 100 años afectó a España. Al inicio de la actual pandemia del coronavirus, millones de personas dijeron no volver a China, creyendo que el virus sería local y no global. Erraron en sus apreciaciones, se creyeron inmunes, desestimaron sus alcances, y algunos gobernantes sociópatas, en desprecio por la vida, expusieron a sus poblaciones a una matanza deliberada, responsabilizando a otros de los males propios.

En la gripe de 1918, muchos enfermos fallecieron de hambre, no por falta de alimentos, sino porque los vecinos, amigos y familiares tenían temor y los aislaron hasta la muerte. El fenómeno creó un estado de conmoción social, y una pandemia del miedo ya estaba en curso, en nada diferente al coronavirus actual. Los medios de comunicación masiva con mensajes paralelos a la voz oficial gubernamental son, en parte, responsables de ese miedo. Medios de comunicación con un 70 por ciento de información negativa:: así se desprende del libro de J. Herbert Altschull, Agentes de Poder y la influencia de los medios informativos en las relaciones humanas, cuando agrega que, “si los medios de comunicación uniforman criterios de información oficial, sin cuestionar, investigar o preguntar, se pierde inmediatamente la veracidad de la misma y en consecuencia el prestigio de los medios”. En el mundo del coronavirus, la pandemia se mediatizó y los medios se pandemizaron en un solo mensaje.

Tanto que han hablado de China, respecto del coronavirus, y la pandemia la vencieron muy rápidamente, otro gran ejemplo fue Vietnam. Es un asunto que va más allá de la ciencia y se llama: disciplina. Se presagiaba lo peor para África por la connotación negativa que se tiene del continente, pero se tornó en matanza para Europa y EE. UU. La tan cacareada “nueva normalidad” lleva consigo la anormalidad de quienes le llaman “virus chino” para referirse a lo que la OMS ha denominado puntualmente como COVID-19. Trump durante meses se refirió al COVID-19 como el “virus chino”, en una total carencia de decencia que como gobernante le atañe.

Aún falta por ver si en realidad los chinos crearon esta abominación o si alguien se lo echó en su patio. Si el ántrax se puede enviar en sobres, los virus se pueden introducir en los países con los humanos como portadores directos. Las autoridades chinas arguyen que fue en los juegos militares anuales en los que participó EE. UU. a mediados de octubre del 2019, en la ciudad de Wuhan, y en noviembre ya empezaba a detectarse el contagio. Las potencias han tenido un largo historial en armas químicas y biológicas. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos “adoptó” a expertos japoneses y alemanes, ofreciéndoles inmunidad e impunidad por los crímenes cometidos en la guerra, a cambio de su conocimiento científico. Países como Japón y Alemania, para esa época, estaban muy avanzados en conocimientos científicos y militares.

No hay aún pruebas concluyentes que el coronavirus haya sido una creación o haya surgido por condiciones insalubres. Ya hay estudios de rastreo que el coronavirus puede estar presente en aguas residuales en cualquier país, lo que aumenta la sospecha sobre su origen (https://www.bbc.com/mundo/noticias-53358407). Cuando surgió la pandemia se decía que era para diezmar a la población global. Recordemos a Robert Malthus, padre de la demografía moderna cuando advertía que la producción crece de forma aritmética y la población de forma geométrica; es decir, la población tiene un crecimiento exponencial y sobrepasa las capacidades de la producción para brindar alimento a las nuevas generaciones.  La enorme presión poblacional global sobre los recursos ya causa estragos en el cambio climático.

Conspiremos un poco. Si lo que se pretendía con el coronavirus era diezmar a la población global, al parecer, no ha dado resultado. Veamos algunos números: en el mundo hay 7700 millones de habitantes, y en seis meses de COVID-19 han muerto 600.000 mil personas, con 18 millones de contagiados en todo el mundo, lo que representa apenas el 0.06 por ciento de la población mundial. De momento, el coronavirus no parece ser un diezmador poblacional si lo comparamos con la gripe de 1918 que duró dos años y mató entre 50 y 100 millones de personas, en razón de las condiciones de salud pública, conocimientos médicos y desarrollo científico de esa época y que hoy son abismalmente avanzados.

Guerras, enfermedades y hambrunas, son métodos atroces para el exterminio poblacional. Todas las potencias imperiales han cometido barbaridades. George Liska decía en su libro, Interrogating History about a Civilization in Crisis: “No es tiempo de arrogancia, ni de líderes estúpidos que se sienten superiores a la civilización que les fue encomendado liderar, porque una civilización en crisis jamás saldrá bien librada estando en guerra contra sí misma”. Interroguemos la historia: Alejandro Magno empleó cal viva con azufre para producir un polvo tóxico respiratorio e irritante de la piel en la Guerra del Peloponeso. El árabe Hassan Alramnah utilizó un agresivo químico a base de opiáceos y arsenicales irritantes contra los turcos en el siglo XV. Los franceses usaron bromo-acetato de etilo para sacar a los alemanes de sus trincheras en 1870 y rematarlos en la guerra Franco-Prusiana. Sir Jeffrey Amherst, comandante británico del siglo XVIII, hizo uso de las enfermedades para someter a los nativos americanos con mantas infectadas de viruela para matar al pueblo que asediaba el Fuerte Pitt en 1764. Las atrocidades biológico-virales de los europeos en África, cuyas antropologías aberrantes diezmaron a las poblaciones autóctonas. En la I y II guerra mundial, lo químico y biológico se convirtieron en parte de las guerras. Volviendo a George Liska: “de la civilización humana que es una sola, emergen otras que se creen superiores, inmunes y divinas, y buscan el exterminio de las demás”.

En 2009, la pandemia de la “fiebre porcina” convirtió a México en su epicentro y despectivamente desde afuera la llamaron “gripe mexicana”. Se disparó la xenofobia, la burla, el desprecio, y el rechazo a los mexicanos. Las autoridades mexicanas demandaron un freno a la agresión, hasta que la OMS en su vademécum sanitario la denominó como influenza humana o H1N1 para los efectos médicos pertinentes y el aprendizaje de las personas. En ese entonces, se dieron ataques contra los mexicanos en otros países, igual como empezó en Europa y en algunos estados de EE. UU. contra los chinos, cargados sus agresores de un visceral y descerebrado odio, infundado y totalmente alimentado por tan equivocada expresión de “virus chino”. Quienes lo repiten como tarabillas demuestran lo que realmente son y no lo que dicen ser. Como si ya no fuera suficiente luchar contra la xenofobia por color de piel y origen étnico.

 

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