El primer chancletudo

Luego de aprobado el TLC, el término chancletudo se consolidó como una forma de descalificar predominantemente a los sectores de las universidades públicas que cuestionaban las políticas favorables al libre mercado

El término chancletudo se utiliza en Centroamérica desde el siglo XIX. Según indicó Carlos Gagini en 1891, con ese epíteto “la gente del campo, que por lo común no gasta zapatos, moteja a las personas calzadas de la ciudad”. Manuel González Zeledón (Magón) lo usó en ese sentido en su relato “Sin cocinera”, publicado en el periódico La Patria en marzo de 1896.

Pareciera que el término cayó en desuso en la primera mitad del siglo XX, a medida que el acceso al calzado se extendía en la sociedad costarricense, y se activó de nuevo, breve y limitadamente, en la década de 1970, durante la radicalización juvenil de entonces, al asociarse con formas juveniles de identidad y vestir contraculturales.

Treinta años después, el término se politizó decisivamente, primero en el contexto de las protestas del año 2000 contra el debilitamiento del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), y luego durante las movilizaciones contra el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (TLC).

Ambas iniciativas iban dirigidas a reformar el Estado costarricense en un sentido favorable al capitalismo corporativo. Si bien el descontento popular logró detener el debilitamiento del ICE, el TLC fue aprobado en un referéndum efectuado en octubre del 2007, después de una intensa confrontación, atizada por el miedo promovido por los partidarios del convenio y por el nacionalismo invocado por sus opositores.

Universidades

Dado que las instituciones públicas de enseñanza superior, en particular la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Nacional (UNA), se convirtieron en uno de los principales focos de resistencia contra el debilitamiento del ICE y contra el TLC, el término chancletudo se reactivó una vez más, para descalificar a los estudiantes, docentes y administrativos opuestos a esas iniciativas.

Al enfatizar en la informalidad en el vestir como un signo de desclasamiento, el término procuró construir una brecha insalvable entre la distinción, asociada con los políticos, profesionales, académicos y empresarios que impulsaban esos cambios, y los sectores universitarios que los adversaban.

Esa división era expresión de una escisión más profunda, que enfrentaba a los partidarios del libre mercado con los defensores –de diversa orientación ideológica– de un nacionalismo económico cada vez más debilitado por el avance de la globalización capitalista.

Considerada desde sus liderazgos, se trató de una confrontación entre cúpulas empresariales y políticas por un lado, y jerarquías intelectuales por otro. Calificar a estas últimas de chancletudas resultó estratégico para cuestionar su autoridad simbólica, asimilarlas despectivamente a las culturas populares y diferenciarlas debidamente de quienes monopolizan el poder que somete cuerpos y el capital que compra consciencias.

Innovaciones

Luego de aprobado el TLC, el término chancletudo se consolidó como una forma de descalificar predominantemente a los sectores de las universidades públicas que cuestionaban las políticas favorables al libre mercado, denunciaban la creciente desigualdad social y clamaban por reformas para combatir la elusión y la evasión fiscal.

A medida que el enfrentamiento entre las cúpulas empresariales y políticas y las jerarquías intelectuales se profundizó, el término empezó a ser aplicado a las mismas universidades estatales, en un intento por destruir su prestigio institucional como primer paso para neutralizarlas por albergar focos disidentes.

Frente a esta ofensiva, a la que se sumaron los principales medios de comunicación colectiva, las autoridades universitarias respondieron con una campaña que resalta los logros de sus instituciones, particularmente en términos de enfatizar las ventajosas posiciones alcanzadas en prestigiosos índices académicos internacionales.

En contraste, los sectores universitarios calificados de chancletudos optaron por una estrategia distinta: recuperar la dimensión contracultural del término, existente desde la década de 1970, para reivindicar el compromiso con políticas públicas socialmente progresivas.

Con esa innovación, los chancletudos no solo se apropiaron del instrumento que sus adversarios utilizaron para atacarlos, sino que le dieron al término una profundidad histórica que posibilita aplicarlo a predecesores como un joven estudiante universitario costarricense que se trasladó a Guatemala en 1807.

Alvarado

El 22 de diciembre de 1821, Pablo Alvarado Bonilla (1785-1851) envió desde Guatemala una carta al ayuntamiento de Cartago, en la que manifestaba su júbilo al enterarse que “los Costaricas” habían decidido mantenerse en “estado de independencia” y no anexarse al imperio mexicano de Agustín de Iturbide.

Para él, no podían “hacer cosa mejor que esa”, ya que “el gobierno natural de todas las naciones civilizadas y medio civilizadas” debía ser “Republicano ó Democrático-Federativo, el cual es el mas conforme con el interés común de los Pueblos de América”.

De inmediato, Alvarado recordó “las atrocidades que han hecho en el mundo, y están haciendo aun, todos los Reyes y Emperadores” contra “la educación pública de todos los Estados Monárquicos del Universo”.

Alvarado, un estudiante costarricense que realizaba estudios de medicina en la Universidad de San Carlos de Guatemala, tenía ya amplia experiencia en la lucha a favor de un nuevo sistema político basado en la soberanía popular.

Pacto

Según los estudios de Ricardo Fernández Guardia y de Ligia Cavallini Quirós, poco después de que en mayo de 1808 Carlos IV y Fernando VII cedieran a Napoleón Bonaparte sus derechos a la corona española, Alvarado publicó en Guatemala un volante que fue considerado sedicioso y le valió descontar tiempo en prisión.

Luego de su liberación, el gobernador de Costa Rica, Tomás de Acosta, solicitó preventivamente al capitán general de Guatemala, Antonio González, que le prohibiera a Alvarado regresar a su tierra natal por un tiempo, ya que temía que sus padres, en vez de “contenerlo y desaprobarlo ahora, le acalorarán el cerebro y tendrá malas resultas su venida”.

Si bien Acosta sugirió enviar a Alvarado a El Viejo (Nicaragua), donde vivía un tío que era cura y podía dirigirlo y sostenerlo, el joven permaneció en Guatemala. Allí, aparte de proseguir con sus estudios, estableció contactos con figuras destacadas de la política de entonces, como Pedro Molina, José Matías Delgado, Manuel José Arce y José Cecilio del Valle.

Fuertemente identificado con los liberales, Alvarado propugnaba por una forma de gobierno republicana, secular, democrática y federal. Mediante diversas misivas, procuró mantener informados a sus contactos en Costa Rica de lo que sucedía en tierras guatemaltecas, a la vez que trataba de influirlos para que adoptaran sus puntos de vista.

Como resultado de esos esfuerzos, Alvarado hizo una contribución fundamental –rara vez reconocida y hoy prácticamente olvidada– a la construcción de la primera institucionalidad costarricense, ya que elaboró el primer borrador de lo que después sería conocido como el Pacto social fundamental interino de Costa Rica (1821).

Chancletudo

Para que no quede ninguna duda acerca de cuán chancletudo era Alvarado, conviene recordar que, en un manifiesto que envió de Guatemala a Costa Rica en octubre de 1821, declaró –como lo consigna Fernández Guardia– que “yo fui el primero en toda la Monarquía española que caí en estas cárceles, el quince de septiembre de mil ochocientos ocho, por la libertad de América”.

Al comparar a ese Alvarado de 1821 con los Alvarado que hoy día hay en la política costarricense, es claro el abismo que los separa: a diferencia de ese chancletudo de antaño, defensor del republicanismo y la democracia, los de ahora hacen todo lo posible por sumir al país en el oscurantismo religioso o por destruir lo que queda de un Estado social de derecho que tanto costó construir.

No estaría de más que, al conmemorar los ochenta años de su creación, la UCR dedicara unos segundos a evocar a aquel que, en los lejanos días de 1808, se convirtió en el primer chancletudo costarricense.

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