El moralismo en el ejercicio público

La moral cotidiana está condicionada por una serie de factores, que van desde los históricos hasta los ideológicos. De estos factores, la religión es

La moral cotidiana está condicionada por una serie de factores, que van desde los históricos hasta los ideológicos. De estos factores, la religión es un elemento fundamental en el proceso de domesticación moral.

Los juicios de valor reposan en un marco axiológico aprendido a través de nuestro proceso de socialización humana. Los valores aprendidos condicionan la forma como interpretamos y actuamos con la realidad. Los  valores orientan nuestra vida práctica cotidiana, tanto en pensamientos como en acciones.

La moral es fundamental para la vida humana, y propia de seres con una historia cultural. Las normas morales son instrumentos que regulan la convivencia social humana. Hasta cierto punto, una persona con principios morales puede ser virtuosa; excepto cuando la moral deviene en moralismo…

El moralismo es la extrapolación desmedida de las propias convicciones morales. Somos moralistas cuando juzgamos desde nuestra moral particular los actos de las demás personas y pretendemos generalizar socialmente nuestra moralidad como norma de comportamiento. No hay problema en pregonar nuestra propia moral, y que pretendamos ser la voz que clama en el desierto, y convertirnos en profetas locales de nuestra moralidad. Pero no es lo mismo promover la moral particular en el seno familiar, que promoverla en otros espacios sociales. Y no es lo mismo que un ciudadano cualquiera promueva su moral, a que una figura pública realice proselitismo moral. Pero un proselitismo moral que afecta con sus acciones a cierta población, población que no comparte aquel fervor moralizante.

De ahí la gran diferencia entre moral y ética, y especialmente, entre moral y ética profesional. La ética profesional versa, a grandes rasgos, sobre el correcto ejercicio de nuestra profesión. Es un compromiso reflexivo con nuestro quehacer laboral, promoviendo la transparencia y rectitud en cada una de las acciones que realizamos.

La madurez racional en el ejercicio profesional tiene que estar presente en todo momento, y no podemos confundir nuestra moralidad particular con nuestra ética profesional. Hay decisiones que afectan a toda una comunidad. Si ocupamos cargos públicos con algún grado de poder, no podemos pretender instaurar el reino de nuestra moralidad particular a toda la comunidad social. Lo que elegimos como nuestro bien, no es necesariamente el bien de los demás. De ahí que argumentos como este: “esto afecta la moral de los costarricenses”, son atrevidos. No existe tal uniformidad moral.

Hay quienes usan su cargo público para imponer un punto de vista particular. En este país es frecuente que el abuso de poder venga teñido de moralismo, y que se confundan los intereses morales particulares con los intereses de la ciudadanía. Recordemos el fallo constitucional que prohibió la fecundación in vitro, en aquellos oscuros tiempos… El interés de unos pocos magistrados violentó el derecho y victimizó a muchas familias. Pero claro, tal práctica contravenía la moral costarricense, esto es, la moral católica.

El moralismo particular inhibe la objetividad de los juicios y promueve pensamientos de intolerancia. Si consideramos que nuestro moralismo alcanza la efervescencia de la intolerancia pero ocupamos un cargo cuyas decisiones podrían marcar una historia negativa en la marcha de nuestro país, lo correcto es tener la madurez racional de manifestar nuestra carencia de objetividad. Pero dado que esas personas creen que son los heraldos de la moral, lo más prudente y saludable para una convivencia democrática sana, es deponer a una persona de su cargo, cuando lo que está en juego es el destino de toda una comunidad. Esto sería madurez racional en el ejercicio de nuestro quehacer laboral cotidiano. Pero es imposible.

No podemos imponer el reino de nuestra moralidad a las demás personas. La imposición moral obstruye el diálogo horizontal objetivo. La deliberación queda obnubilada por posiciones moralizantes y ejercicios de poder. El escenario: un dictador público que, bajo las sombras de un marco axiológico o ideológico moralista, legisla libremente exponiendo sus inclinaciones racistas, xenofóbicas, misóginas, elitistas, homofóbicas, religiosas, entre muchas otras, porque su moral así se lo indica. Es absolutamente aceptable tener nuestra propia moral. Pero es inaceptable pretender convertir nuestra moral en un decreto obligatorio para el resto de los mortales.

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