Opinión

El misterio del dije

En el Liceo José Joaquín Vargas Calvo en San Pedro de Montes de Oca, donde realicé la educación secundaria, establecí una intensa relación de amistad con dos compañeros, con quienes continuaría unido hasta que la muerte se los llevó. Primero la perdí a ella, y después a él.

En el Liceo José Joaquín Vargas Calvo en San Pedro de Montes de Oca, donde realicé la educación secundaria, establecí una intensa relación de amistad con dos compañeros, con quienes continuaría unido hasta que la muerte se los llevó. Primero la perdí a ella, y después a él.

De baja estatura, menudita y pelo color amarillo o “machita” como decimos los ticos. Simpática a más no poder y con un deseo inmenso de reír y de vivir; esa era ella.

Él era simpático, mujeriego y bueno para el trago. Practicaba muchos deportes y lo hacía bastante bien, destacándose como uno de los mejores jugadores del Colegio. Había escogido el Área de Letras, no obstante, una vez graduado de la Universidad trabajó como corredor en un Puesto de Bolsa. Seguro para mantener la práctica de los ejercicios.

Con ellos disfruté momentos inolvidables, como aquella tarde en la cual en lugar de aprovechar el tiempo estudiando para las pruebas de bachillerato, nos fuimos de farra y hasta nos pasamos de tragos. No podré olvidar es día, pues ahí ella, que era muy comedida y discreta, nos mostró un dije que colgaba de su cuello. Se observaban allí, en medio de un corazón, las letras FB. Nos dijo que correspondían al amor de su vida y que, aunque “él” había preferido a otra, nunca lo olvidaría, llevaría la joya consigo hasta la hora de su muerte. Seguro por el exceso de tragos, aquel día lloró desconsoladamente y nos encargó asegurarnos de que ella portara el dije el día en que falleciera. Tonterías que dicen los muchachos.

Ya mayores, durante una tarde de café en la casa de ella, nos pusimos a conversar sobre la vida y la muerte, la razón de existir y otros detallitos así de insignificantes. Llegamos a la conclusión de que, al morir, era preferible ser incinerados que enterrados. Tal fue nuestra convicción en este punto que al día siguiente nos presentamos en una conocida empresa de la zona y compramos tres contratos funerarios a pagar a plazos. El contrato incluía la incineración, un ataúd, una sala para la velación, un arreglo floral y café para quienes llegaran a despedirnos.

Años después ella salió una mañana a realizar las compras en el supermercado y, de la forma más absurda, la atropelló un autobús de la ruta San Pedro-Lourdes. Fue un momento muy doloroso, en el cual se agolparon en mi mente todos los ratos felices que vivimos con ella.

Él y yo nos pusimos a la orden de los familiares de ella. Ayudamos en lo que pudimos, e incluso, colaboramos con el muchacho que la maquilló y vistió para que quedara tan hermosa como había sido en vida. Recuerdo cuando seleccionamos el ataúd: escogimos uno primoroso y de color lila fuerte, sin dudas era el más bonito. Al colocarla dentro del ataúd nos aseguramos de que debajo de ella quedara bien sujetado el dije con las letras FB, tal y como se lo habíamos prometido. Así, con su dije y su bello ataúd la dejamos lista para el proceso de incineración y nos despedimos de ella.

Por más que tratamos de obtener respuesta, nunca pudimos saber a quién correspondían aquellas letras impresas, el cual se ella se llevó a la eternidad dentro de su sarcófago. Teníamos un compañero de colegio cuyo nombre completo correspondía con dichas letras, pero era demasiado amargado y regordete como para el gusto de ella, por lo que descartamos esa posibilidad.

Mi amistad con él se mantuvo. Salíamos a tomar café y de cuando en cuando una cervecita. Lo acompañé algunas veces al médico porque padecía de lo que alguna gente denomina, en broma, MAGAPA (mal aliento, golpe de ala y pie de atleta). Siempre jovial y mujeriego.

Como a los dos meses de la partida de ella, él salió con algunos de sus amigos a bailar en un saloncillo de mala muerte. Allí había de todo lo imaginable e inimaginable. En esa oportunidad preferí ir a ver una película que proyectaban en el cine Yadira en Lourdes. El cine se localizaba justamente donde hoy se encuentra un taller de carrocería y pintura. Aquella vez, como tantas otras, el cine presentó fallas técnicas y como de costumbre alguien gritó “¡Nino ladrón!”, refiriéndose al propietario del establecimiento. Yo gozaba de todo aquello, y a la salida pasaba a la panadería cercana a comprar pancito recién orneado, que a mi gusto era una verdadera delicia.

A la mañana siguiente recibí una llamada telefónica que nunca esperé recibir: una bala “perdida” disparada por algún delincuente vulgar había hecho impacto sobre la cabeza de mi amigo. Lo llevaron de emergencia al hospital, lo atendieron con esmero, no obstante, perdió la vida. El consuelo que me quedaba es que, según lo que me contaron, aquella noche fatídica él había reído y disfrutado en grande.

Ofrecí toda mi ayuda a sus familiares, incluso pasé por el doloroso momento de escoger el ataúd para mi amigo. De nuevo, busqué el mejor. El agente vendedor me dijo en cierto momento: “mire este moradito, está como nuevo”. La expresión me pareció bastante extraña, pero dadas las circunstancias no me detuve mucho en ello. Solo recordé que él era fanático del Saprissa y que le hubiese gustado un ataúd morado, aunque el color de aquel era realmente un lila fuerte.

Colaboré con el señor que lo maquilló para que se viera bien, y ojalá con la sonrisa que lo había caracterizado en vida. Su cuerpo pesaba demasiado porque con los años había ganado mucho peso. Colaboré en colocarlo en el ataúd, pero al acomodarlo me llevé una gran sorpresa: ¡En la parte de abajo estaba el dije con las letras FB, propiedad de ella!

¿Cómo pudo ocurrir aquello? ¿Cómo podía aparecer en el ataúd de mi amigo el dije que habíamos sujetado con esmero en la caja fúnebre de ella? Ese es un misterio que los dos se llevaron a la tumba. Yo que siempre he sido mal pensado, debo reconocer que en este caso no se me ocurre nada.

 

 

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