El final del verano latinoamericano

La declinación de la participación cívica

El principal error de los gobiernos de la nueva izquierda en América latina no fue político, sino cultural; se trata de descontinuar las iniciativas de reingeniería ciudadana que los caracterizaron en sus primeros momentos. Esto fue resultado colateral de las implicaciones prácticas asociadas al énfasis en la constitución de una sociedad democrática e inclusiva que favorecían la incorporación de sujetos políticamente conservadores, de derecha y ultraderecha ligados a los intereses del capital; en este sentido coincido plenamente con el análisis propuesto por mi viejo compañero de luchas David Morera en al edición 2271 de este semanario.

La pretensión  de que el imperialismo se había retirado, desterritorializado según Negri, y de que los viejos sectores políticos estaban en banca rota, permitía considerarlos como mediatizados, por ello no significaban ningún riesgo; por el contrario su inclusión verificaba el buen rumbo que se llevaba hacia la democracia necesaria. El principio democrático paso al poco tiempo la factura. La presencia del capital implica su seducción. Al apoderase de los ideales, la corrupción y la debilidad política, enfáticamente visualizada por la derecha, provocó distorsiones en la percepción ciudadana.

Confiados en que, como señala la vieja visión, las condiciones materiales de vida constituyen formas de consciencia específica bajo una influencia jerárquica y estática de factores, se enfatizó en la mejora económica descuidando la integral. Un nudo conceptual remitible a la propuesta de Dieterich Steffan, al final una sociología y no una filosofía política encauzante. Así, en un democratismo disfuncional, se pretendió que las reivindicaciones inmediatas, favorecidas por el flujo de riqueza, lo que M. Bachelet llamaba los vientos favorables, sostuviera por sí mismas el proyecto alternativo. La realidad es otra. No se hace nada con sacar al hombre de la pobreza, si no se saca la pobreza de él.

Las condiciones materiales de vida (geográfica, político-social, urbanística y económica) inciden, sí, pero de modo heterárquico y dinámico sobre las formas de consciencia, desplazando con rapidez sus configuraciones anteriores por otras nuevas, con diversas prioridades, conclusiones y conductas propias. Por ello, lo único que sostiene una nueva época histórica es el compromiso constante de los seres humanos, como lo decía Fidel Castro durante el periodo especial. Para ello debe constituirse un complejo superestructural que consolide y dé resistencia a la nueva forma de mentalidad cívica frente a la incidencia variable de los factores materiales que enfrente coyunturalmente.

El proceder culturalizador iniciado con las misiones bolivarianas o la revolución ciudadana, se abandona provocando que la centralidad de la reorganización de la consciencia cívica se desvanezca. Desde ese  momento se cae en un desafortunado centralismo leninista, por el cual el gobernante se constituye en líder y, de ahí, salta a caudillo. El proyecto gravita en torno a él. Pero es solo la actividad participativa del pueblo la que constituye la base de todo proyecto de cambio social. Por ello, al decaer la centralidad de un nuevo tipo de ciudadano, los avances reivindicativos quedaron sin una trinchera que contrarrestara los movimientos de posición ofensivos de la derecha, que solo había perdido protagonismo hegemónico por un movimiento de carácter táctico. Una vez lograda su reorganización efectiva, la derecha abre espacios de desacreditación que conforman espectáculos mediáticos, provocando así la incidencia predominante de condiciones político-sociales y económicas deterioradas sobre una abandonada nueva mentalidad ciudadana. Consigue con ello la irrupción de otra forma de consciencia que actualiza percepciones y prioridades rivalizantes, preexistentes superestructuralmente, que finalmente capitaliza para volver al poder.


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