El entierro del Atlas

El año pasado se estrenó la adaptación al cine de la novela La Rebelión del Atlas, cuya autora Ayn Rand, es uno de los

El año pasado se estrenó la adaptación al cine de la novela La Rebelión del Atlas, cuya autora Ayn Rand, es uno de los íconos del modelo neoliberal. Tan significativa es esta novela para la filosofía neoliberal, que donan cientos de miles de copias para estudiantes de colegio cada año.

En este thriller pos-apocalíptico, la destrucción de la sociedad deviene de una huelga de los billonarios que manejan el mundo, hartos de lidiar con el intervencionismo estatal que les dificulta el pleno desarrollo de sus potencialidades.

 

La huelga de los quinientos de Forbes desata el caos social. Se esparce el hambre y el mundo se paraliza, mientras los gobiernos y los sindicatos de trabajadores se apoderan de la industria destruyéndola con su ineficacia. Los billonarios se retiran a un paraíso aislado del mundo, mientras observan cómo la sociedad se transforma en un desierto socialista y fascista.

No obstante la jugosa trama, la película pasó desapercibida y sus inversionistas sufrieron pérdidas mayores a los 15 millones de dólares. El desempeño en taquilla de La Rebelión del Atlas. Parte 1 coincide con el fracaso económico de la visión objetivista promovida por la singular novela, base del modelo neoliberal.

Tremenda ironía cuando América y Europa se sacuden al ritmo de una crisis económica similar a la profetizada en el libro, pero que no proviene del estado de bienestar, ni de los sindicatos o la intervención estatal, sino de las especulaciones de la banca, el comercio y la industria del mundo desarrollado.

No fue el intervencionismo estatal lo que provocó el desplome del sistema económico neoliberal, sino la ausencia de regulación de la codicia humana. No fueron los sindicatos los que destruyeron la economía capitalista, sino los instrumentos de los billonarios tratando de hacernos más ricos.

Los titanes y demás seres inmortales dejan de existir cuando nadie cree en ellos. Los sacerdotes del culto al Atlas, ejecutivos de la industria, finanza y banca, seguidores del capitalismo salvaje y predicadores de sus bondades, renegaron más de tres veces de su dios al aceptar dinero de los gobiernos para salvar sus fortunas. En lugar de reconocer la quiebra de sus negocios renunciaron a toda dignidad rogando, de rodillas en sus jets, por la nacionalización de sus pérdidas.

Esta vez deberán reconocer en sus libros contables que fue el dinero de los contribuyentes lo que sostuvo al mundo. Que los asesinos intelectuales de su falso dios no hayan sido encarcelados tras los desastrosos resultados de su gestión, es imposible de justificar.

Reconocer la muerte de un titán puede ser complicado. En una sala de shock se colocan monitores y vías endovenosas, se realiza masaje cardíaco y se inyectan fármacos a un cuerpo que puede haber fallecido hace muchos minutos. Algunas de estas medidas pueden mantener un cuerpo ventilado por una máquina, mientras su corazón late mediante un marcapasos.

Así tras la explosión de las burbujas financiera e inmobiliaria, sobrevive el capitalismo salvaje, en estado de coma, perfundido con especulaciones que realizan los gobiernos rescatando industrias y mercados, inyectando capital que no tienen y desmantelando el estado de bienestar, mientras los responsables de los descalabros mantienen sus puestos de poder y fortunas sin confiscar.

Una cita endosada por Paul Krugman en su blog, dice: “Hay dos novelas que pueden cambiar la vida de un chico de catorce años: El Señor de los Anillos y La Rebelión del Atlas. Uno es una fantasía infantil que deriva con frecuencia en una obsesión vitalicia con sus héroes increíbles, arribando a una adultez emocionalmente adormecida, socialmente discapacitada, incapaz de lidiar con el mundo real. La otra, desde luego, involucra orcos”.

El entierro del Atlas será sin duda una tarea penosa y considerables los sacrificios económicos que la sociedad debe asumir. Decidir cuál será la recompensa recae en las elecciones democráticas del mundo libre, cuyas masas, como recién descubren Francia y Grecia, tienen dos propuestas a escoger.

Una es un sistema económico inclusivo, como recomienda la Conferencia de las Naciones Unidas para Comercio y Desarrollo, organización que meticulosamente predijo las burbujas económicas y que por décadas ha defendido políticas efectivas de mercado versus el occiso fundamentalismo de mercado, una propuesta enfocada no en la creación de capital y más bien dirigida al desarrollo de las naciones.

La otra, desde luego, involucra orcos.

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