El cristianismo y la dominación ideológica

El cristianismo tiene la característica de que es un tipo de fe excluyente, que no acepta otro tipo de denominaciones como válidas.

¿Cómo es que la religión cristiana sirve para ejercer dominación ideológica sobre las personas? Desde sus orígenes políticos, el cristianismo tiene sus raíces en los intereses imperiales de Roma. De hecho, el catolicismo se define como romano porque ese es su verdadero origen geográfico. El catolicismo y el cristianismo no se presentan como de Medio Oriente, ni de Palestina, ni de Israel, ni siquiera como de Nazaret, el supuesto pueblo de Jesús, lo cual da una idea de su verdadera fundación institucional.

Que la sede del catolicismo (del que se derivan las demás corrientes cristianas conocidas) sea Roma, no es casualidad, sino que obedece a razones políticas, ya que en el siglo cuarto después de Cristo (si es que este personaje realmente existió), el emperador Constantino, posiblemente, se dio cuenta de que el monoteísmo cristiano exigía una disciplina, una obediencia y una fe diferente y más drástica que la que exigía el politeísmo acostumbrado en la tradición grecorromana de su tiempo; entonces, tomó la decisión de permitir el cristianismo y de convocar a los representantes supremos del cristianismo de su imperio, reunirlos en el concilio de Nicea en el año 325 d. C.(presidido por él) y forzarlos a ponerse de acuerdo en una sola doctrina, para que, posterior a eso, él pudiera proclamar más fácilmente que había solamente un dios en el cielo y, consecuentemente, un único emperador en la tierra.

¿Por qué habría hecho esto Constantino? Este emperador habría querido aprovechar la religión cristiana para unificar ideológicamente al imperio. Entonces, Constantino denomina la ciudad de Constantinopla en honor a sí mismo en el año 330 d. C., en un movimiento geopolítico estratégico para imponer su hegemonía y tratar de consolidar su dominio en el Oriente, para así controlar todo el vasto imperio alrededor del mar Mediterráneo, ocupando territorio africano, asiático y europeo.

El cristianismo tiene la característica de que es un tipo de fe excluyente, que no acepta otro tipo de denominaciones como válidas. De hecho, en las escrituras admitidas por Roma a través de estas reuniones con los obispos cristianos, se aprueba que el personaje Jesús diga: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan, 14: 6); es decir, que no hay otra vía posible para alcanzar las recompensas eternas prometidas por el cristianismo para una supuesta vida después de la muerte. Bajo esta mitología, no importa si una persona es buena, pues si no conoce a Cristo ya está condenada al infierno eterno.

Entonces, en el siglo IV, el cristianismo pasa de ser permitido primero por Constantino (declarado santo por el cristianismo y con festividad el 21 de mayo, pese a ser un cruento asesino, incluso de su propia familia) a convertirse paulatinamente en la única creencia religiosa aceptada dentro del imperio, decretada así por el emperador Teodosio en el año 380 d. C. Sin estas decisiones políticas, es muy probable que hoy ni siquiera sabríamos qué es el cristianismo o que lo veríamos como una más de muchas denominaciones religiosas.

Es común escuchar del tiempo en que los primeros cristianos fueron perseguidos por los romanos, lo cual cuenta con respaldo histórico; pero los cristianos omiten el siguiente capítulo de la historia, que es cuando los papeles se invierten y empezaron a perseguir a quienes no eran cristianos, momento a partir del cual el cristianismo empieza a hostigar, torturar y asesinar a quienes representan sistemas de creencias y de pensamiento que son amenazantes para su doctrina, lo que finalmente busca la hegemonía política e ideológica del emperador, bajo el principio: un solo dios en el cielo, un solo emperador en la tierra. Por esto es que, hasta la fecha, el cristianismo oficial casi siempre está del lado de los poderosos, de los opresores y de los ricos, y no busca (exceptuando algunas doctrinas marginales, algunas de ellas censuradas por la autoridad central) la transformación de las estructuras de concentración del poder político y económico, sino que generalmente siempre está a favor de ellas, pues desde su origen político siempre lo estuvo y posiblemente siempre lo seguirá estando.

El cristianismo es un sistema de creencias para dominar ideológicamente a las personas, para hacerles creer que deben estar atemorizadas, que están siendo vigiladas 24/7, que la obediencia a su dios, a los gobernantes y a los poderosos son parte de una misma responsabilidad sagrada, y además, para controlar el cuerpo, la sexualidad, los sentimientos y todo lo que hagan sus seguidores (e incluso sus no seguidores dentro de los territorios bajo su influencia). Por esta razón es que el ateísmo es liberador, de la misma forma en que el niño se libera el día que se da cuenta de que en realidad no hay monstruos ni en el armario ni debajo de su cama.

Además, paralelamente, el cristianismo vende una falsa solidaridad, porque promulga la existencia permanente de la pobreza: “a los pobres siempre los tendrán con ustedes” (Mateo 26:11), y no busca su erradicación definitiva. El cristianismo no es verdaderamente solidario, no es igualitario, no busca dignificar ni liberar a quien vive en la miseria, como bien claro lo dejaba la actividad de la icónica monja Teresa de Calcuta, que tenía mortuorios para deleitarse viendo a los pobres sufrir como Cristo, según ella misma lo decía: “Hay algo bello en ver cómo los pobres aceptan su suerte de sufrir como en la Pasión de Cristo; el mundo gana mucho de su sufrimiento”.

El cristianismo aprueba la limosna superficial y voluntaria, pero no erradicar los grandes males de la sociedad, tales como la injusticia, la discriminación, la violencia o la desigualdad. No busca cambios de fondo porque desde su nacimiento y hasta la fecha es un sistema funcional a los intereses de las élites en el poder, un sistema de dominación ideológica para mentes carenciadas y débiles, basado en el temor al castigo y la esperanza de premio en una supuesta vida después de la muerte.

Contrario a lo que suelen decir los cristianos, en realidad, las sociedades más creyentes viven peor que las más ateas. Si se toma el índice de desarrollo humano (IDH) de Naciones Unidas por país, se puede notar cómo los países más altos son también los más ateos (grupo dominado por Europa del norte), mientras que los más bajos en IDH son de los más creyentes (grupo dominado por África Subsahariana). Es decir, en lugar de ser la fe religiosa intensa, devota e incondicional un factor de bienestar social, más bien parece ser lo contrario, un indicador relacionado con el malestar, la miseria y la violencia.

En marzo del 414 d. C., ya en el auge del cristianismo, el obispo Cirilo manda a matar a la gran pensadora, filósofa, matemática, astrónoma y profesora Hipatia de Alejandría, posiblemente, porque ella representaba dos de las más grandes amenazas que hasta la fecha el cristianismo teme profundamente: el pensamiento crítico y la liberación femenina. ¿Seguirá pudiendo reprimir estas dos poderosas fuerzas durante el presente siglo XXI? Espero que no y de la derrota intelectual del cristianismo por una nueva ilustración creo que podrá emerger una nueva sociedad, basada en la genuina búsqueda de la verdad, el progreso, la libertad, la equidad y el humanismo.

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