El bullying

Desde hace unos años se viene usando el anglicismo “bullying”, para denotar aquello que antes llamábamos matonismo, es decir,

Desde hace unos años se viene usando el anglicismo “bullying”, para denotar aquello que antes llamábamos matonismo, es decir, cuando una persona ejerce violencia contra sus iguales deliberadamente. En nuestro contexto, cualquier palabra del inglés desplaza al término castellano, lo cual puede denominarse “bullying lingüístico”. En el caso de nuestro “Jardín de Paz”, es común encontrar en Internet videos de estudiantes donde agreden verbal y físicamente a sus pares. También vemos matonismo cuando un chofer de bus humilla a un anciano, o cuando unos ejercen la violencia contra otros en la “escala jerárquica” vial.

El pasado miércoles 8 de julio, quienes vivimos y pasaban por San José, tuvimos la oportunidad de sufrir el bullying colectivo en su mayor expresión. Cientos de porteadores habían decidido bloquear los alrededores de la Casa Presidencial y varias autopistas y rotondas del país, ocasionando un caos vial en Zapote, Curridabat, San Pedro, y San José centro. Como es de esperarse, y como calcularon los porteadores, se produjo un caos de dimensiones preapocalípticas durante varias horas, mas fuera de todo cálculo, se provocó la muerte de dos personas en Alajuela.

En el caso de este vecino de Plaza González Víquez, la tarde de pronto se convirtió en un mar turbulento de automóviles. Si bien la violencia y matonismo son parte de la “cultura” de manejar, pude ver desde la ventana de mi casa, cómo montones de conductores se metían contra vía, tomaban el carril izquierdo para doblar a la derecha y viceversa, le atravesaban el carro a otros de una manera inusualmente atroz, mientras motociclistas se subían a la acera. ¿Sería que los semáforos no funcionaban? No: ¡se estaba desatando un “bullying colectivo”!

En las noticias leemos cómo nuestras autoridades están asustadas por el nivel de violencia en las carreteras. El bullying vial se manifiesta cuando el autobusero o trailero “le echa encima” su vehículo a quien maneja un automóvil. A su vez, el automovilista (término que incluye conductoras), se abalanza sobre el motociclista, y el motociclista agrede al peatón o al ciclista. Esto produce cientos de accidentes con un promedio de 30 muertes al mes, es decir, una diaria. Las cifras incluyen accidentes fruto de la imprudencia de ciclistas y peatones (¿“autobullying”?).

Sin embargo, ese día, el bullying colectivo tomó magnitudes epidémicas. De improviso, el matonismo de los porteadores se traducía en una conducta deshumanizada de conductores de todas las clases sociales, tonelajes y colores: las leyes de tránsito quedaban derogadas de facto porque el bullying era amo y señor. Así, “el ‘porta a mí”, parte de nuestra idiosincrasia, se mostraba descarnadamente: al carajo con las leyes, semáforos, demarcaciones y con esos bultos que estorbamos en la calle y hasta en las aceras: los peatones. Así, este humilde profesor, peatón y josefino, no tuvo más que persignarse al salir de su casa rumbo al trabajo en la Universidad, deseando llegar sano y salvo y sin contagiarse de la epidemia vial.

Filosofando bisoñamente sobre la fragilidad de nuestro barniz de civilización, o bien, el proceso acelerado de “descivilización” de mis compatriotas, vienen a la mente Ortega y Gasset en La rebelión de las masas hablando de la vulgaridad del ciudadano moderno, o más modernamente, la saga post apocalíptica de “Mad Max” con la ley del más fuerte llevada al extremo de conductores brutales. ¿Estaremos a tiempo de encontrar soluciones para rehumanizarnos? La encíclica “Laudato Sì” del Papa Francisco nos ofrece una luz inspiradora en el camino hacia la armonía con los demás y la naturaleza: “Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (párrafo 92).


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