El aterrador país de las maravillas: La Universidad corporativa

Así como cuando Alicia ingresó al hoyo del conejo su mundo empezó a distorsionarse, el contexto actual vive un proceso similar ante el neoliberalismo,

En un mundo de locos, tener sentido no tiene sentido.

Lewis Carrol. Alicia en el País de las Maravillas

Así como cuando Alicia ingresó al hoyo del conejo su mundo empezó a distorsionarse, el contexto actual vive un proceso similar ante el neoliberalismo, lo cual genera un marco de políticas que justifican casi toda acción tendiente a la flexibilización laboral y la conversión de los derechos a servicios, y sigue impulsando un escenario de mercantilización de toda la esfera pública hasta impactar, así, a lo interno de las universidades públicas y su acción social. La pregunta que nos surge es ¿cómo podemos caracterizar estas tensiones?

Sin duda, las universidades públicas constituyeron una apuesta política por la universalización y democratización de la educación superior; sin embargo, no son ajenas a las presiones e intervenciones de actores políticos y fácticos que en los últimos 40 años han impulsado sus agendas particulares, caracterizadas por procesos de privatización y desregulación de lo público, escudados bajo la supuesta contención del gasto, y este discurso ha encontrado eco a lo interno de las mismas universidades.

Lo que guía esta ofensiva es un modelo de “universidad corporativa”, bendecido por los rankings internacionales, que colocan los criterios de rentabilidad como rectores de la gestión universitaria. Podría argumentarse la supuesta necesidad en un escenario fiscal adverso o su beneficio en un mundo competitivo; no obstante, hay elementos de esta “utopía emprendedora” que nos permiten identificar los gérmenes de carroña que se extienden sobre las universidades públicas.

Esta lógica ha invadido las orientaciones político-económicas a través de una pulsación constante en el cuestionamiento a la autonomía universitaria, tanto política como administrativa, que evidencia sus resultados en el replanteo de la intencionalidad en la acción social, precarizando las condiciones laborales, burocratizando sus procesos, cerrando proyectos sin consenso, pero al mismo tiempo dando carta abierta a los modelos de negocio y ventas de servicios.

Es así como se procura legitimar un gobierno corporativo, que centre su accionar en la rentabilidad de la institución y que promueva la generación de nuevos ingresos; sin embargo, esto se realiza en detrimento de otras dimensiones de la universidad pública que no tienen como eje rector el lucro, sino la construcción de espacios de encuentro y contribución sustantiva en la democratización de la sociedad.

Esta democratización no sólo se concibe al facilitar el acceso e incremento de matrícula, sino que se ve atravesada por el involucramiento activo en la sociedad, a dimensiones de producción de conocimiento, diversidad de perspectivas, pero también el trabajo participativo junto a diversos actores de la sociedad.

Esta distorsión que atraviesa la universidad pública por mercantilizar sus vínculos tiene aparejada una agenda de disminución de la acción social como espacio de encuentro entre sujetos y representa una manera solapada de romper los lazos de reflexión y recreación de las prácticas de diálogos entre los diversos saberes (académicos, comunitarios, entre otros).

Pero ¿qué encontramos hoy en el hoyo del conejo? Una Vicerrectoría de Acción Social que procura ser cómplice en el debilitamiento y desmembramiento de los programas; al concebirlos como una simple suma de proyectos, invisibilizan su proyección de acompañamiento e intervención articulada, implantando una acción social reducida a la gestión administrativa; con estas decisiones y sumado a las omisiones intencionadas, dejan entrever la influencia corporativa al ejecutar disposiciones en consonancia con el debilitamiento y fragmentación institucional, en clara contradicción de la concepción de la acción social como pilar de la Universidad.

Mantener la apuesta por la acción social es visibilizar la importancia de la Universidad no como ente aislado y privilegiado, sino como actor corresponsable en la democratización, que rinde cuentas a la sociedad a través de su participación en la identificación e involucramiento en los temas comunes, pero también en las posibilidades de transformaciones creativas a través de nuestras necesidades y esperanzas.

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