El asedio de Latinoamérica (II)

Hay una constante en la respuesta que algunos “formadores de opinión” encuentran a los estallidos sociales en Latinoamérica: la represión.

Hay una constante en la respuesta que algunos “formadores de opinión” encuentran a los estallidos sociales en Latinoamérica: la represión. Aquí priva la certeza. El opinólogo C. A. Montaner reclama: “No hay la menor duda: con la ley y con el código penal en la mano”. En el ámbito de la represión, el fundamentalismo carece de dudas, por menores que sean: con la represión organizada y bien financiada, por la Gracia de Pinochet, la atención a las necesidades de la gente, como eventual respuesta al conflicto, ni lejanamente se le asoma.

Por ello, lo catalogado como “guerra contra un enemigo poderoso” (Piñera), les aparece como una exterioridad; planetaria o extraplanetaria, pero igual asedio. Cuando la ideología posmoderna decretó la muerte de ese fenómeno llamado “lucha de clases”, la sensación de asedio era inminente. Aunque ella se perciba ya en su dimensión militar.

No muy distinta explicación aventura el sociólogo chileno Fernando Mires (DW): una internalización extrema, intimista, que acaba con alinearse con la explicación alienígena de la Primera Dama chilena. Mires atribuyó las revueltas en su país a la “naturaleza violenta del ser humano”. Solo resta administrar tal violencia anclada en él mismo, y desde donde lo asedia sin poder controlarlo. En fin, torna la enfermedad en medicina.

El monárquico liberal, Marqués de Vargas Llosa, no encuentra explicación al “enigma chileno” (El País: 3/10/2019), porque la premisa que establece en su particular evasión es que “en Chile nadie está excluido del sistema”. Por esto, aunque no pueda negar que “la disparidad entre los que tienen y los que apenas comienzan a tener algo sea grande”, igual se salta mágicamente esta “disparidad”, y concluye con que no existe exclusión en Chile. Para salvar su fe, niega la realidad de aquello que no se le acomoda.

El truco es hacer potable la brecha que admite es “grande”. Y eso lo logra al presentar la brecha como transitoria: después de casi medio siglo, “apenas comienza” a reducirse. No hay indicios de esta reducción (los Paraísos Fiscales lo demuestran), pero lo hará. Téngase fue. La Tierra Prometida llegará, muy, muy lento, pero llegará. Tan lento que Vargas Llosa no puede obviar que a quien alguna gota del derrame lo ha pringado, ha sido con apenas “algo”. Entiende además que este “algo” son bienes superfluos, divorciados de las necesidades, para que no importe que ese “algo” sea insuficiente; por esto, todo es un ambicioso capricho de chicos malcriados que no reconocen la igualdad de oportunidades que derrama Chile, aunque, claro, “no de manera tan efectiva como para frenar la impaciencia” de los “niñatos”.

Ya en Costa Rica esta tesis ha capturado a algunos. Jorge Guardia (crhoy.com: 29/10/19) sentenció en alusión a Argentina: “la izquierda intolerante que no quiere darle tiempo a la liberalización económica”, de Macri claro está. Notable confusión del espacio socioeconómico y el político. Según esto, la izquierda es la que vota y padece la precarización de su trabajo. La gente intolerante, impaciente, sin espíritu de sacrificio, no quiere postergarse. Las necesidades de vida han ser tolerantes con los fracasos-exigencias del capital. Más que espíritu de sacrificio a la gente se le exige espíritu suicida. El ser humano ha de sacrificarse en el altar del sábado. Esto es idolatría, no libertad.

No es que los pueblos no quieran, sino que no pueden postergar lo que de hecho es impostergable: su vida. Guardia, en idéntica tesitura de Montaner, añade: “Piñera, conservador, que ni es tan liberal ni defiende con vigor el capitalismo”. Entonces se entiende que lo político acierta cuando satisface al “mercado y la propiedad privada”, tal como Montaner lo demanda. La libertad y la democracia solo son válidas cuando satisfacen esta condición. Acierta Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, cuando afirma que “el neoliberalismo lleva cuatro décadas debilitando la democracia” (El País: 17/10/2019). Fue un instrumento útil que el liberalismo encontró, pero ahora le resulta un estorbo.

No importa, en realidad, Chile como pueblo, como no importa al final pueblo alguno. Eso a lo que alude el vocablo Chile (al que según Montaner los comunistas quieren destruir y él defender a toda costa), al igual que el vocablo Argentina, Ecuador o el nombre del país que sea; es el capitalismo, ahí donde esté. Este mercado con mayúscula (Polanyi) es quien ha venido asediando a Latinoamérica, y hoy ha topado con su mayor resistencia hasta ahora.


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