Opinión

El  asalto al Capitolio instigado por Trump

Diversas personas analistas suelen referirse al presidente  de los Estados Unidos, Donald Trump, como un desquiciado e incoherente. Que es un narcisista, megalómano, dispuesto a todo por su insaciable poder: de eso no hay duda alguna. Pero no hay que equivocarse,  tiene su agenda, su plan, su lógica (macabra, es cierto). Es un curtido demagogo y provocador.

Las comparaciones históricas o analogías son limitadas, pero tienen un valor comparativo. En momentos de aguda crisis económica mundial, desde el segundo lustro de los años 20 del siglo 20, inicia el ascenso de las hordas fascistas. En ese entonces, Adolfo Hitler era considerado por gran parte de los políticos como un personaje ridículo e insignificante que hacía desplantes desde una cervecería. Sin embargo, la desesperación de las masas populares, el desempleo, la miseria, que se profundiza sin salida desde el crack financiero mundial de 1929, hicieron que en la oscura noche de la más grande crisis del capitalismo imperialista en ese momento, reinarán finalmente los monstruos, parafraseando a Gramsci.

Desgraciadamente al fascismo le abrieron paso, en definitiva,  la «moderación» y sometimiento del régimen burgués de la izquierda reformista (socialdemócrata), junto a los devaneos ultras y torpezas recurrentes del estalinismo, el cual degeneró a los partidos comunistas en aparatos burocráticos y totalitarios.

No es la misma situación hoy, pues ninguna situación histórica es idéntica a otra, desde luego. Pero hay que aprender del pasado y avizorar las tendencias posibles de los procesos históricos. Hoy asistimos a la más profunda crisis del capitalismo imperialista, agravada por la pandemia. Como en el ciclo histórico anterior ya esbozado, la incapacidad, la cobardía y el sometimiento de la izquierda adaptada a los regímenes burgueses, que se montan en la carroza del circo y la engañifa de la farsa democrática burguesa (desde los variopintos «progresismos» hasta los adeptos de Bernie Sanders colgados a la ubre del Partido Demócrata), sumado a la esterilidad de las sectas ultraizquierdistas autodenominadas trotskistas, anarquistas o autonomistas, es de temer se encuentren en la base del crecimiento del neofascismo, no solo en EEUU sino en el estado español con Vox, FPÖ en Austria y  el Frente Nacional en Francia. En fin, no es un fenómeno despreciable o tangencial, es un peligro mortal, al que incluso los autollamados trotskistas ni siquiera perciben, embriagados en la letanía de una supuesta situación revolucionaria mundial perpetua, que solo existe en sus cabezas, incapaces de ver las marchas y contramarchas, así como los matices y el dinamismo cada vez más acelerado de la lucha de clases mundial.

Dicho lo anterior, Trump con sus instigaciones a la toma del Capitolio por las hordas de supremacistas blancos armados, que llegaron a aterrorizar a senadores y congresistas, ha concitado el repudio casi unánime de la burguesía mundial (con excepciones, como el pichón  fascista de Bolsonaro). Ha puesto en jaque la «sacrosanta» institucionalidad en la supuesta «democracia» burguesa del modelo yanki. Es muy grave.

Sin duda, los capitanes de la industria y Wall Street, en su enorme mayoría, están deseosos de deshacerse de Trump, tan díscolo e incontrolable. Algunas personas analistas, suspiran con alivio por el fin de su mandato y creen – ingenuamente a mi criterio- que ha quedado completamente desacreditado, sin fuelle político. Para nada. A pesar de su derrota electoral, con sus provocaciones y el artificio del fraude, el cual siempre ha existido, empezando porque el sistema electoral yanki (imperialismo estadounidense)en sí mismo es una tremenda farsa, Trump ha logrado su cometido fríamente calculado. Ha galvanizado un destacamento de masas, minoritario, es cierto, pero duro y combativo, al estilo de una milicia.

En medio de los huracanes políticos, económicos y sociales, más que previsibles que continuarán, esa base de apoyo nefasta del trumpismo se refuerza. En un mundo azotado por una crisis sin parangón en el decadente imperio yanki es inevitable que el Partido Demócrata en su gestión gubernamental (por más disfraz y palabrería «progre» que luzca), sea una decepción más en materia de derechos económicos y sociales (un partido tan imperialista como el Republicano). En esa perspectiva, no es de sorprenderse que Trump, aunque hoy luzca políticamente sepultado frente al establishment (grupo de poder), la verdad es que no es así. Dependerá de la lucha callejera del movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan), de la acción de las clases oprimidas y de la construcción de una dirección revolucionaria cabal que abra otro horizonte e impida que siga extendiéndose el cáncer trumpista en Estados Unidos y el neofascismo en el mundo.

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