El acoso laboral y el silencio

Se duda de la víctima tanto en las empresas como en las aulas y en los hogares. Porque preferimos mil veces que no sea cierto lo que dicen e intuimos que al silenciar el hecho este desaparece.

Declararse víctima de acoso es casi un acto de autoinmolación; como dice el dicho popular: «es ponerse para que le den». En primer lugar, porque el victimario siempre ostenta más poder y lo usa para aleccionar a quien se atreve a abrir la boca en su contra. También porque nuestra sociedad está organizada de tal manera que a quien la desequilibra (hasta para tratar de sobrevivir) se le señala, presiona y hostiga, para que no la ponga en entredicho.

Se duda de la víctima tanto en las empresas como en las aulas y en los hogares. Porque preferimos mil veces que no sea cierto lo que dicen e intuimos que al silenciar el hecho este desaparece. Incluso los testigos enmudecen, porque la sociedad no solo arremete contra la víctima, sino también contra quien la apoya.

La víctima, sobre todo si puede probar la verdad de los hechos, nos resulta incómoda, problemática, indeseable, prescindible. Aún así, con el riesgo del estigma, no oculto que tiempo atrás le hice frente a una jefatura acosadora, una que conocía su poder y lo usaba sin misericordia. Una persona que sonreía hacia afuera, que cuidaba arduamente su imagen, pero mantenía bien asido el puñal bajo la mesa.

Me enfrenté a los dedos acusadores, a otras personas que me culparon por no ser manso e intentaron forzarme a quedarme callado. Me tocó lidiar con el desgaste y con el deterioro de mi imagen pues, como suele suceder, esa persona y sus allegados se encargaron de ensuciarla. La premisa del acosador es simple: si no puedes enfrentar los argumentos, destruye a la persona.

Tuve, por suerte, mi propio ámbito de poder: la verdad y las pruebas. De lo contrario habría caído en el intento. Sin embargo, incluso a la luz de una evaluación profesional externa que concluyó que aquella jefatura abusaba de su poder y hacía uso de mecanismos intimidatorios, la dejaron desligarse de la organización bajo el beneficio de la duda y el temor al escándalo.

Fue como el triunfo amargo de la guerra, cuando ves marcharse al enemigo pero tus propias tierras quedan devastadas. Por un lado, sabes que seguirá pasándole lo mismo a otras personas desprevenidas, pues el problema no se corrige o se contiene, se traslada y extiende como una plaga que va arrasando campos nuevos. Por el otro, tienes la oportunidad de reconstruir desde los escombros. El proceso no es fácil, porque los acosadores se han encargado de socavar tu imagen y porque la gran mayoría prefiere ignorar u ocultar que algo malo ha pasado. Aunque todavía hoy, años después, me enfrento a personas que me instan a callar lo sucedido.

En mi caso, la fase activa del acoso quedó en el pasado, pero para muchísimas otras personas es una realidad palpable y dolorosa, un infierno en vida, e igual se les pide silencio, se les señala y se les obliga a enajenarse. Es en su nombre que hablo.

Fui víctima de acoso y no acepto que se me obligue a ocultarlo porque, como dijo Unamuno: “el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”.

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