Opinión

El absurdo es no ver más allá de nuestros privilegios

Para lograr la igualdad real de género es imposible seguir una receta, ya que todavía las mujeres sufrimos la desigualdad en todo el mundo. Las lecturas feministas han identificado que el patriarcado es el sistema de dominación más exitoso que existe en el mundo (Millet, 1970) y toca todas las áreas de nuestras vidas. Negar que existen brechas de desigualdad que pueden solucionarse de manera creativa y novedosa es producto de no creer, ni aceptar que existen privilegios de género, de clase, de raza e incluso y en el caso de la Universidad de estatus académico. Es parte de querer aferrarse a dichos privilegios.

En los últimos años las estudiantes nos han enseñado que la academia ha caído en una inercia y que es violenta, principalmente en contra de los cuerpos femeninos y vulnerabilizados. Pero eso no quiere decir que se hayan erradicado otras formas de violencia más sutiles y normalizadas como es la de callar las voces menos fuertes, la creación de conocimiento disidente, las críticas desde sectores más jóvenes, entre muchas otras voces que generan conocimiento pero que para los dueños de los privilegios “no es conocimiento”. Hemos normalizado las mesas en donde los expositores son sólo hombres y las asambleas de escuela en donde, las mujeres siguen siendo minorías.

Generar un currículum inclusivo es una medida creativa e innovadora para visibilizar los aportes de las mujeres a los debates académicos, así como impulsar formas docentes de mejora de las relaciones del aula, mayor participación de las estudiantes y de los grupos minorizados y propiciar así espacios más equitativos y diversos.

Pero también es una forma de renovar académicamente los cursos obsoletos, basados en teorías añejas y darle visiones novedosas y no menos académicas a nuestra docencia. Probablemente implique renovar nuestras bibliotecas, hacer nuevas búsquedas y mejorar nuestras bibliografías de referencia. Todo esto para nosotras debería de ser la norma académica no la excepción

Investigar y reconocer el conocimiento generado por investigadoras implica efectivamente el esfuerzo de leer, de renovar nuestros referentes teóricos y nuestros programas de cursos. Estamos seguras que muchas y muchos docentes lo harán a “voluntad”, no obstante, también estamos seguras que otros no estarán dispuestos a ceder el privilegio de que un género sea el dueño de la verdad y de la academia.

Asumir que la literatura, escrita por mujeres puede ser “menos actualizada o de menor calidad”  es una generalización infundada y peligrosa, que busca promover y difundir prejuicios y perpetuar lógicas de exclusión que no deberían de tener cabida en un centro de educación superior como la Universidad de Costa Rica.

Somos y hemos sido muchas las mujeres que estamos  produciendo conocimiento desde múltiples disciplinas y desde hace mucho tiempo. Y lo hacemos cotidianamente de forma rigurosa a pesar de la gran cantidad de limitaciones y trabas que el mundo académico nos ha impuesto. Seguimos resistiendo y creando a pesar de la falta de sistemas de cuido, la no existencia de protocolos de campo con perspectivas de género, la histórica  invisibilización de nuestros aportes en las ciencias, las artes y la literatura, etc. Y sí, aquí estamos, lo quieran o no.

Estas peligrosas afirmaciones llegan además en un contexto en donde hasta los espacios más conservadores del conocimiento reconocen los aportes de las mujeres como es el caso de las 4 mujeres que fueron galardonadas con el premio nobel en este 2020.

Creemos que la  Universidad de Costa Rica puede liderar a escala centroamericana, un proceso de generación de conocimiento  más inclusivo, más horizontal que reconozca a esta diversidad de voces. Por lo tanto, es crucial para enriquecer y renovar a nuestra academia, que nuestros espacios formativos visibilicen a las mujeres como autoras y como actoras cuyo papel ha sido y es central en los procesos creativos y de investigación. Es una deuda pendiente que no se debe de olvidar.

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