Educación y hospitalidad, una lectura desde Emmanuel Levinas

Cuenta una leyenda hasídica, que el mundo es el resultado de los pliegues del manto de Dios cuando se retiró.

Cuenta una leyenda hasídica, que el mundo es el resultado de los pliegues del manto de Dios cuando se retiró. La educación de igual manera es un retirarse, para dejar al otro ser otro en tanto que otro. La educación desde la alteridad radica en el reconocimiento del estudiante, no como objeto sino como sujeto, imposible de tematizar o definir, el estudiante es un otro inalcanzable, pero es la realidad primera que se “presentifica” en hecho educativo.

El estudiante se manifiesta como realidad y aunque imposible de catalogar, se devela como un mandato, ante lo cual el maestro, se descubre responsable; el estudiante manifiesta en su rostro una obligación a la que el maestro se busca re-ligar por medio de la palabra. La educación es praxis, es hecho relacional, donde maestro y discípulo se encuentran de modo asimétrico mirándose, admirándose, descubriendo una huella, camino de esperanza que se torna en responsabilidad eterna.

En la educación, el estudiante es un otro encarnado y contextualizado, se descubre así que en la educación el otro es: el estudiante desposeído, el estudiante agredido, el estudiante sexualmente violentado. El estudiante no es un número, no es un individuo miembro de una masa amorfa, el estudiante es un otro que demanda una respuesta, un “Heme aquí” por parte del maestro.

La educación vista desde el planteamiento de alteridad, inspirado en el pensamiento de Emmanuel Levinas, evoca una accionar ético. La educación es responsabilidad que se afirma como acto de hospitalidad, el acontecimiento educativo acaece irrumpiendo el mundo natural, quebranta la sincronizad de la existencia como un mero estar ahí, el estudiante asoma su rostro y el maestro descubre su vocación.

La educación, hoy más que nunca, es ética o no lo es. La educación debe enfrentarnos a Auschwitz, a la crisis en Gaza, a los totalitarismos, a los crímenes contra la naturaleza, a la injusticia social. La educación, más que simple convivir como mero estar ahí, ha de convocarnos a construir una nueva civilización.

El acontecimiento educativo es el momento propicio para la ética. El rostro que se manifiesta en el estudiante, no puede pasar desapercibido, es un llamado al cual se está convocado, cuya respuesta es un: “Heme aquí”, sin importar las circunstancias, responsable infinitamente, aguardando con hospitalidad al “Otro”, con sus diferencias, con su extrañeza, con sus circunstancias.

 

 


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