Ecos contemporáneos: Perséfone en la educación superior

Esta es una historia conocida, quizá te la ha contado tu hermana, tu vecina, tu mejor amiga, tu estudiante, tu hija, tu pareja

Esta es una historia conocida, quizá te la ha contado tu hermana, tu vecina, tu mejor amiga, tu estudiante, tu hija, tu pareja o tal vez la escuchaste una tarde mientras esperabas el tren o almorzabas en la sodita de la esquina.

La historia comparte una introducción similar, empieza con una chica disfrutando del derecho a la educación superior por el que mujeres que le anteceden lucharon durante años. Se siente afortunada de ser estudiante universitaria, de tener una vocación que le pueda proveer alegría y pues, todo lo demás; aparece en la historia alguien en una posición de poder, muy distinta a la de ella, que aparentemente debe y puede enseñarle, cree en ella como nunca nadie lo hizo, se derrite en halagos hacia ella, alabando su pensamiento crítico y creativo, lo emprendedora y fuerte que es (nada de esto es mentira, en efecto, ella es todo lo que la figura de poder indica).

De pronto le ofrece unas horas de estudiante asistente para que se ayude con un dinerito extra  (tan escaso cuando una es estudiante ), le insiste en reunirse con ella después de clases para hablar de su desempeño académico, le envía canciones de Calamaro y poemas de Benedetti por un mensaje sútil de WhatsApp o por correo. A veces le toca el rostro en clase o le habla bajito al oído con su voz “sopetas” haciéndola sonrojarse por la pena de lo que su grupo de pares pensará sobre ella; creerán ahora que sus buenas calificaciones no son por lo mucho que se esforzó.

Esta persona en su posición de poder puede parecer honorable para quienes lo rodean, siempre políticamente correcto, presidiendo organizaciones importantes, con la palabra justa; pero qué va, la chica es más inteligente y no se compra ese cuento. Sabe cuán fuerte es su intuición y que el repele que siente en su cuerpo cada vez que esa persona está cerca no es por nada, sus entrañas le alertan y fueron las que le dijeron aquella noche: “¡por ningún motivo te subás al carro del tipo!”

El cuento casi siempre termina igual, cuando la chica confronta a la figura pseudo poderosa, esta le dice que todo fue un malentendido y la convence de que todo fue una idea irracional. Es así cuando el monstruo de la culpa llega como una pesadilla necia y hace que la chica se cuestione si imaginó todo, si el estrés del cierre de semestre le jugó una mala pasada y si de verdad está perjudicando a la otra persona sin motivo aparente. Lo piensa en el bus hacia su casa y lo comenta con un par de compañeras que le confirman que todo fue real, pero que lo mejor es no decir nada, de todas formas ya el ciclo lectivo va a terminar y para qué buscarse problemas, además qué pereza entrar en el juego de  “¿a quién le creerían?”

Se da cuenta entonces de que se convirtió en una Perséfone moderna, que pasó una temporada en el inframundo junto a Hades, que mientras estuvo ahí no fue la misma, la atormentaba hasta su forma de caminar, de mirar, fue invierno arriba; llegó a olvidar que también era una diosa poderosa y que nunca probó el grano de granada. Llegó un día bueno, en el que topó con otras Perséfones, de diferentes generaciones, provincias, pieles, estaturas, intereses, sonrisas y fueron más fuertes que ese débil Hades que solo bordando sandeces y hurtando podría obtener siempre lo que quiere y no fue Zeus quien intervino, sino el Tribunal de Hostigamiento de la UNA y acordó que ninguna de las Perséfones debe pasar ninguna temporada más en el inframundo junto a Hades. No hay ningún pacto, al menos no en la UNA. Siguen existiendo muchos como él en todo lugar, pero recordá que no tenés que probar el grano de granada.


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