Dos papas y más de una papa caliente

Es una película que no pretende ser verdad absoluta, pero que incita a pensar, a salvaguardar el espíritu de búsqueda de lo espiritual hondo. Porque queda mucha papa caliente.

Son solo dos, dúo en alternancia además, pero la historia, la europea y por ende la mundial en siglos pasados, por un momento terrible tuvo hasta tres papas al mismo tiempo. No fue por la muerte seguida de dos, como justo antes de Juan Pablo II, en años recientes, sino por una funesta escisión interna: en el siglo XIV, hubo un baile vergonzoso, de un papa contra otro y de una sede a otra, entre Avignon (Francia) y Roma (Italia). En esta reciente película, al contrario, se trata de diálogo imaginario, convergente a veces, divergente en otras, entre Joseph Ratzinger, dimisionario en el año 2013, y su sucesor Juan Bergoglio, Francisco, el papa actual.

La película en cuestión, de dirección brasileña, no esconde un parti pris por el actual papa argentino. Resulta evidente, sin que haya un simplísimo en blanco y negro, que sería fatal, por muy brillantes que sean las actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce en los papeles centrales. En reciente y respetable artículo de la revista Aleteia (que significa “la verdad”, en griego) he leído un profundo análisis respecto de la importancia de Ratzinger.  

De su conocimiento personal, Miguel Pastorino lo evoca como “lleno de ternura y alegría, sencillo y promotor del diálogo”. Habría promovido auditoría contra el Banco del Vaticano y destituido a centenares de sacerdotes irresponsables, además de simplificar cantidad de asuntos adaptando la Iglesia de Roma a tiempos modernos. Se nos informa incluso que los intelectuales comunistas italianos lo llamaron el “barrendero de Dios”, por la purificación interna que hizo en la Iglesia. Pues muy bien y gracias por la información, pero uno quisiera invocar a Hércules para seguir limpiando el establo.

Uno, por añitos transcurridos, ha visto pasar por allí a muchos, desde Pío XII, recatado, encerrado, beato. Juan XIII, en cambio, abrió la ventana, que mucha falta hacía. Juan Pablo II, viajó mucho como boy scout y también tenía ese preciso lema, pero, con perdón por mi sinceridad, nunca salió de su bombillo polaco, viendo todo desde ese lente, anticomunista, está bien, pero sin entender a Monseñor Romero y todo el empuje renovador que germinó por aquí.

De acuerdo, quizá la película simplificó demasiado la figura de Ratzinger, pero uno definitivamente se queda con ese Bergoglio, no por argentino ni amante del fútbol, sino justamente por el camino que él recorrió, la catarsis que sufrió: de un jesuita dogmático y reaccionario, los mismos golpes le enseñaron un camino de apertura sin relajo, donde la gente ahora, por fin, siente que hay alguien accesible y sobre todo sincero. No le hace falta citar la Biblia cada dos por tres, sino que uno aprueba que, pese a provenir de posturas muy reaccionarias, el dramático caso de la dictadura argentina le ha abierto los ojos. Yo le tengo una enorme simpatía, porque he visto todo ello desde la puerta de al lado, víctima como soy de un sátrapa llamado Pinochet, dizque católico.

En resumen: es una película que no pretende ser verdad absoluta, pero que incita a pensar, a salvaguardar el espíritu de búsqueda de lo espiritual hondo. Porque queda mucha papa caliente.

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