Opinión

Doble borrachera no etílica

Total, que los dos forman un precioso dúo. Y ¡qué respiro!, señores, ese doble chapuzón en aguas profundas.

Pues sí, gustoso compartiría (e invitaría) un trago con Alí Víquez y Jacques Sagot, pero ahorita me acuerdo que este último no puede tomar ni una gota etílica. Lo que les une, felizmente, reforzándose mutuamente, es la doble “ebriedad” de humanismo. 

Analizo primero esa característica en el novelista: humanismo. Abordado aquí en un grupo minoritario, discordante contra la plebeya mayoría. Con el parapeto de esta “novela (…) para el gran Dostoievski”, el colega Víquez muestra su talento como constructor narrativo. 

Aparte de una novela, realiza todo un ensayo profundo y contra corriente: pocos personajes, poca ambientación, a favor de un permanente y chispeante diálogo. En realidad, se ofrece un trago amargo: especie de striptease de la comunidad donde nos toca vivir. Ya era hora. Enhorabuena, la franqueza excepcional, también demostrada recién por Miguel Sobrado, en “El moralismo cosmético” (La Nación, 30 de julio del 2020). 

Con penetrante escalpelo literario, el mensaje central de Víquez apunta a desenmascarar su entorno, en las últimas décadas: gente tipo Jano, con dos caras. Óigase bien, no va con agresividad, sino a base de fina argumentación y con alguna burbuja espirituosa; de esta manera, desmantela la mojigatería, el fingir permanente, la moral de afuera versus adentro. 

El montaje no va edulcorado al estilo de Aquileo, ni al estilo del comadreo, que desnudó al amigo Samuel Rovinski (con sus memorables Fisgonas de Paso Ancho), sino a través de cierta sorna, y profundos, pero nada pesados diálogos de un puñado de personas. 

En ese medio de beatería y sacerdocio acomodaticio, a elegantes hachazos, el autor destroza un andamio que por demasiado tiempo ha sido mantenido por intereses creados. Desmonta hasta caer por su propio peso todo un tinglado circundante de fachadas. Sí, desarticula hasta destruir ese tipo de “religiosidad” epidérmica que ha prevalecido demasiado tiempo. Aun para no estar de acuerdo muchos, convence por esfuerzo, la sinceridad urgente.                                    

No obstante, he aquí además un menú en dúo, en el entendido que el trabajo de Víquez, por fuerza ha de leerse primero y puede seguir un segundo trago fuerte, ofrecido por Jacques Sagot. Resulta prescindible: lo reconoce él mismo, pero, a fe mía, se vuelve muy complementario. Por eso, con buen tino y mejor tino, el conocido pianista y crítico refiere a su aporte de alto contenido espiritual y espirituoso como “paráfrasis”. Otra cosa sería una farragosa perífrasis, la de “explicar”, a veces enredando más.

Todo lo contrario: con el ímpetu que le conocemos y valoramos, Sagot amplía cada capítulo de Víquez de fuerte elixir, sobremesa, e incitante provocación, para seguir ahondando en la borrachera humanista. Con su prodigioso background cultural, el ensayista, para nada, obliga a adoptar sus iconoclastas puntos de vista, sino, estrictamente en la línea de Víquez, invita a asumir críticamente una búsqueda personal fuera del anquilosado lastre heredado.

Este trabajo de Jacques es doblemente meritorio, primero por la audacia de salirse del creciente parasitismo de las editoriales estatales: con su propio esfuerzo monetario, sin aridez, ni mucho menos, va la copa archi-llena del ensayo, como sana invitación. 

Admirable, excelso y extraño aquello, en un medio lleno de palanganeo, zalamería y medias verdades. Sí, de entrada Sagot se reconoce “parcial y beligerante” con un trípode de “información, interpretación y pasión”.

Total, que los dos forman un precioso dúo. Y ¡qué respiro!, señores, ese doble chapuzón en aguas profundas. ¡Ojo! No se suban a la tribuna ni aplaudan como monigotes: solo los que sepan beber dignos de este tipo de tragos espirituales, buceen, emborráchense de ese doble elixir. 

¡El humanismo enclenque no sirve! ¿Quiere decir que hay que tragarse esa carga etílica-espiritual de un sorbo?  ¡No! Para ambas lecturas fuertes se recomienda la técnica de los pequeños sorbos. Yo me resisto y niego en varios puntos, pero oiga: si no le gustan esas sólidas bebidas humanistas, cómprese un sorbete cualquiera.

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