Día Internacional en Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

Hace varios años durante el desarrollo de un curso dentro del programa de la Maestría en Historia de la Universidad de Costa Rica,

Hace varios años durante el desarrollo de un curso dentro del programa de la Maestría en Historia de la Universidad de Costa Rica, impartido por el Dr. Juan Carlos Solórzano sobre las utopías del siglo XX, un médico y una estudiante, compañeros de clase, al enterarse de mi condición de judío, iniciaron una diatriba de lo mucho que les obstinaba el tema del Holocausto, ya que les cansaba el lobby judío en Hollywood y la victimización para cobrar dineros como indemnizaciones por el robo de propiedades y obras de arte. Traigo a colación dicha anécdota, a propósito del Día Internacional en Conmemoración de las Víctimas del Holocausto recordado el pasado 27 de enero, por cuanto parece inverosímil que dos estudiantes de una maestría en Historia antepusieran su animadversión a la divulgación del Holocausto, dado que los historiadores trabajamos de diversas formas y en esencia con la memoria.

Ha pasado más de un quinquenio de aquella experiencia y las dos últimas encuestas del 2018 en Europa, Canadá y los Estados Unidos arrojan cifras importantes sobre el desconocimiento básico, ya no profundo sobre la Shoá, pero lo más preocupante es que el porcentaje de gente que afirmó no haber oído nunca del tema fue muy significativo. Efectivamente, Maggie Astor reflexionaba en el New York Times en abril del 2018 sobre los resultados de un estudio llevado a cabo por el grupo Schoen Consulting entre el 23 y el 27 de febrero, en el cual participaron 1.350 estadounidenses adultos entrevistados por teléfono o en línea. Astor señalaba para esa época, que “El 31 por ciento de los estudiantes y el 41 por ciento de los millennials (definidos entre el rango de los 18 y los 34 años) creen que fueron asesinados dos millones de judíos o menos en el Holocausto; la cifra real se acerca a los seis millones. El 41 por ciento de los estadounidenses y el 66 por ciento de los millennials de ese país no saben qué sucedió en Auchwistz”.

Por otra parte, el 27 de noviembre pasado, la Agencia de Noticias AJN divulgó el resultado de otra investigación realizada por CNN en Europa y los Estados Unidos de América. En ella se reveló que uno de cada 20 europeos en los países encuestados (Austria, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Hungría, Polonia y Suecia) nunca había oído hablar del Holocausto; en Francia esto correspondía a una de cada 5 personas entre los 18 y 34 años; y en Austria dicha cifra llegaba al 12%. En los Estados Unidos de América el diez por ciento de los adultos no estaban seguros de haber oído hablar del Holocausto. Con estos resultados, resulta claro que sobre la Shoá mucho nunca será suficiente.

En 1998 Imre kertész, en su libro Un Instante de Silencio en el Paredón. El Holocausto como cultura, señaló a propósito de su continua reflexión como sobreviviente de la Shoá, lo siguiente: “Tengo la sensación de que aún está lejos el momento en que la nación considere a los cientos de miles de muertos de la “solución final” húngara como una pérdida, como algo expulsado de su propio cuerpo. Falta mucho para que tomen conciencia de que Auschwitz no es en absoluto el asunto privado de los judíos esparcidos por el mundo, sino el acontecimiento traumático de la civilización occidental que algún día se considerará el inicio de una nueva era”. La Shoá como componente de la historia universal lo había señalado también Yechiel Dinur, quien testificara en el juicio contra Eichmann, del cual tenemos un seguimiento de primera mano a través de Hannah Arendt en su libro “Eichmann en Jerusalem”, al decir que  “En otro tiempo yo solía decir que ¡Auschwitz era otro planeta! No hay una respuesta a Auschwitz; no tiene descripción… Auschwitz es infernal, una Lilit, del otro lado del ser humano que fue creado en la imagen… Auschwitz es ahora el consorte de la humanidad. Donde hay humanos, hay Auschwitz, porque no fue el Diablo quien creo a Auschwitz, sino tú y yo…”

Las observaciones de uno y otro, en distintos momentos y países, pero enlazados por la experiencia “concentrasionaria”, son un reclamo legítimo al observador que dice “esto no tuvo ni tiene que ver conmigo”.

En principio, se puede estudiar la Segunda Guerra Mundial como un acontecimiento exclusivamente bélico, ya lo hizo por ejemplo Martin Gilbert en su monumental Historia de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, nunca podremos asomarnos a la experiencia de la guerra sin considerar la política genocida contra la gran variedad de grupos discriminados por los nazis, tales como comunistas, Testigos de Jehová, sindicalistas, homosexuales, prostitutas, gitanos, opositores políticos, prisioneros de guerra rusos, eslavos, discapacitados y por supuesto los judíos; y con estos últimos en particular, tuvo razón Elie Wiesel cuando señaló que “No todas las víctimas fueron judías, pero todos los judíos fueron víctimas”. A quienes les molesta y les cansa que se conmemore y eduque a través del Holocausto, les es bueno reflexionar sobre las palabras del mismo Wiesel cuando dijo que “Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”.

613 son los Mitzvot (mandamientos) que nos obligan como judíos, Zajor, recordar como obligación individual con respecto a la Shoá que es una Mitzvá más. No se necesita ser judío para recordar la Shoá como acto de reflexión, se necesita Ser para reconocer que algo se rompió en la historia de la humanidad con el Holocausto. La obstinación y el cansancio por la divulgación de la Shoá es abrazar la indiferencia, es colocarse en el camino de la posibilidad de que otro genocidio vuelva a pasar. La memoria como recuerdo e interpretación para el mejoramiento individual y colectivo han caminado de la mano del pueblo judío siempre, y con respecto a la Shoá, es una obligación para toda la humanidad.


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