Después de morir

Soy un hombre de fe, creo firmemente en Dios, pero respeto con profundidad a quienes son ateos o agnósticos.

Soy un hombre de fe, creo firmemente en Dios, pero respeto con profundidad a quienes son ateos o agnósticos. Muchas de estas personas me han demostrado una humanidad y una ética muy por encima de algunos ritualistas que, en la vida cotidiana, no necesariamente viven conforme a lo que dicen profesar; los hechos son más claros que las palabras. De igual manera, existen muchos creyentes congruentes con su pensamiento. Dentro del cúmulo de religiones organizadas que hay en el mundo, con sus luces y sombras, como todo lo que es humano, existe una chispa de la Divinidad en cada una de ellas.

Todas estas creencias tienen una tradición acerca de lo que sucede con la persona humana después de la muerte física. Este artículo no trata acerca de las explicaciones posibles a esa realidad final, según sea la pertenencia a un determinado sistema espiritual o dogmático. Pese a lo anterior, me resisto a creer que los afectos germinen en esta vida para perderse luego en un ciclo meramente biológico o energético. Por ejemplo, para el sintoísmo japonés, este proceso de descubrimiento ha pasado por diversas etapas históricas y no existe un concepto único de lo que es kami (que no puede equipararse exactamente a dios, especialmente por la mezcla de tradiciones y el politeísmo), pero sí es un sendero espiritual que trasciende esta vida con múltiples explicaciones del más allá. Tampoco en el judaísmo hay un solo criterio; pese a ello, una de las posiciones más tradicionales es que el alma atraviesa cuatro etapas, siendo la última: el Mundo Venidero (Olam Aba), el momento en que la persona en cuerpo y alma está frente a Dios.

Un patólogo experimentado me comentó que inmediatamente después de que el corazón deja de latir, el cuerpo comienza a enfriarse: esta fase se conoce como el algor mortis (o frío de la muerte), se calcula que cada hora, la temperatura corporal baja en 0.83° celsius, hasta alcanzar la temperatura ambiente. En mi vida, la experiencia cercana a la muerte inició muy temprano, nunca le tuve, ni le he tenido miedo al fallecimiento propio, pero me aterra el perder a seres queridos. El primero de ellos fue mi padre, psicólogo y empresario, quien tuvo la delicadeza de prepararme para su partida, cuando él apenas tenía cincuenta años de edad y yo trece. Aunque el cáncer avanzó con rapidez, me indicó que cuando expirase mirara hacia arriba para despedirnos, partíamos de la premisa dicotómica del neoplatonismo: separación alma/cuerpo. Así lo hice.

Wittgenstein escribió que la muerte no hace parte de la vida, y que es posible vivir eternamente si uno vive en el presente. Pese a mi profunda admiración por este matemático, lingüista, lógico y filósofo austriaco, no puedo estar de acuerdo con su afirmación como realidad histórica, porque por la segunda Ley de la Termodinámica, todo tiende a su deterioro (entropía) y eso supera la voluntad de vivir en el aquí y el ahora. De tal manera que su premisa, aunque encomiable, no es verdadera desde un análisis lógico, conforme al estado actual de la ciencia no se puede vivir por siempre. La tradición cristiana ha sido consistente en que el alma humana recibe un premio o castigo según la obediencia a los mandamientos revelados y con el Nuevo Testamento se establece el nuevo pacto de misericordia divina que permite el arrepentimiento de los pecados.

Una de las mentiras más comunes que nos contamos a nosotros mismos es que tendremos tiempo para realizar planes y propósitos, por eso tendemos a postergar visitas a amigos y familiares que se asume estarán allí; o bien, uno se puede llegar a negar pequeños placeres en aras de una estética que procura la aceptación de los demás; esto es una forma mal encubierta de vanidad. Prefiero comer un postre que seguir una belleza que no me agrada. Aunque existe variabilidad genética y fisiológica, soy de la opinión de que vivir pensando que esta etapa existencial es para siempre es una postura errada, memento mori. Fernando Savater distingue que el ser humano es el único animal que tiene consciencia de que va a morir, si bien otras especies primates o mamíferas sienten un instinto de peligro o de muerte, ello no les permite plantearse su deceso como un problema filosófico. Se han erigido pirámides y luchado guerras como parte de ese deseo de ser recordado.

En menor y triste escala, conozco un caso particular de una señora de origen rural, pero con aires aristocráticos, que acumula dinero como antídoto contra la vejez. Tengo la sospecha de que ha caído en la confusión de que vale lo que tiene. Tiendo a pensar que, si bien las generalizaciones son confusas e incompletas, la felicidad reside lejos del miedo y a la vuelta de la esquina de la autenticidad.


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