Desencantamiento de la industria cultural: Roger Waters en Costa Rica

Esta columnilla no es de las variopintas apreciaciones artísticas, interesa llamar la atención sobre algunos rasgos de la producción de estos majestuosos eventos, como ejemplo de la capacidad de la industria cultural,

Esta columnilla no es de las variopintas apreciaciones artísticas, interesa llamar la atención sobre algunos rasgos de la producción de estos majestuosos eventos, como ejemplo de la capacidad de la industria cultural, con dos grandes evidencias, a saber: el acontecimiento mediático (la anticipación en medios de comunicación masiva y redes sociales virtuales desde inicio de año, que incuba expectativa de varios meses, con diversos efectos probables) y propiamente el concierto. Por la brevedad vale la pena considerar este último.

Con boletos que oscilan entre los $50 y casi $200, la del Estadio Nacional en Mata Redonda es una experiencia de segregación, el precio de la entrada definía nueve tipos distintos de locaciones, con las barreras metálicas de refuerzo y el personal misceláneo haciendo las divisiones y los controles de flujo. Hay que sumar también a las miles de personas que, por falta de dinero o falta de prisa, no pudieron comprar su boleto, y se arrimaron a las afueras del inmueble para pringarse de lo que emanaba profusamente de música y luces del edificio, quienes se mezclaban con los perspicaces vendedores ambulantes y los cercos de miembros de la seguridad pública.

Así, esas citas que claman por el desahogo emotivo son siempre furores socialmente controlados, con una fecha, un lapso y un lugar predeterminados. Este derroche organizativo es posible con la venia y gestión del sector privado transnacional; la empresa Move Concerts (antes conocida como Evenpro) asume la producción, con experiencia de varias décadas en América Latina en eventos que han concentrado en ocasiones cientos de miles de personas.

Con recato, de manera solo aproximativa, este es un evento cuya taquilla, ventas de mercadería, patrocinios y otros ingresos, logra en una única función recaudar alguna cifra alrededor de los $3 millones. En medio de la tensa coyuntura económica local, es prudente preguntar: ¿cuánto paga en impuestos esta empresa? Y sí, indudablemente sí, tres veces sí, el concierto de Waters fue formidable, nunca habrá que censurar ni prohibir estas placenteras actividades, pero tampoco ponerlas en un pedestal de excepcionalidad, sino desmitificarlas.

El rock no tiene ya el mismo brío contracultural de hace cinco o seis décadas. Aquí no se vale confundir consumo cultural con cultura crítica, estos no tienen que ser siempre opuestos, pero en un país que está entre los diez más desiguales del mundo en distribución del ingreso, su emparejamiento siempre va a resultar contradictorio y tensionador. El problema no es Roger Waters, ni su humanitarismo, ni sus fundamentos axiológicos, ni su concierto, sino el modelo de sociedad que subyace, con secuelas especialmente perversas en Centroamérica. Por eso no es casualidad que Move Concerts no gestionara una fecha del concierto en Nicaragua u Honduras, no es rentable, aunque sí sea en términos culturales de alto valor, por el sosiego o hálito que la música puede traer a los ánimos sobreseídos en dramáticos escenarios de violencia y muerte.

Resultará políticamente ingenuo escuchar y ufanarse con las elogiosas palabras de Roger Waters sobre Costa Rica, según él un país con intenciones políticas de reducción máxima de emisión de carbono (pero ignorando la depredación ambiental extractivista), un Estado sin ejército (con creciente represión policial a la protesta que ahí se exhorta), y respetuoso de derechos humanos (con contigentes de poblaciones canceladas en la marginación propia de la desigualdad). Ese discurso recrea una imagen distorsionada del país y su historia, entre otras muchas incongruencias que aquí no se alcanzan mencionar.

Se salvará la música, pero no su mercantilización ni su intrumentalización política, tampoco sus efectos tentativos, nunca absolutos, en la forma de resignación dócil o pasotismo cínico. Lo personal no es candidamente político. Resistamos.


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