Opinión

¡Democracia manoseada!

Describo hechos y me ahorro las interpretaciones. Simplemente, no me guardo lo que estoy viendo como ciudadano y padeciendo como candidato.

El caso es que —hace no tanto— la banca estatal decidió desfinanciar las campañas electorales y los banqueros privados se frotaron las manos. El epitafio lo escribió —¡vía jurisprudencial!— el Tribunal Supremo de Elecciones, al autorizar el estado actual de las cosas; cohonestando así, una cuadriga que hala la carreta democrática a placer.

Esos cuatro jinetes del apocalipsis democrático costarricense (en justeza y sin exagerar) vendrían siendo: la banca privada, las encuestadoras, los medios comerciales/masivos de comunicación y un puñado de políticos a sueldo, que descifraron el código cifrado de un gran negocio que terminamos pagando todos los costarricenses (“sistema” mixto de financiamiento electoral lo llaman). Recicladora que explica porque, algunos, insisten sin rubor ni posibilidad.

Pregunta obligada: ¿Quiénes financian la democracia en Costa Rica?

Pregunta innecesaria: ¿Quiénes mandan en Costa Rica?

Síntesis: ¿Quiénes ponen y quitan?

Esa es la naciente contaminada de nuestro sistema electoral. ¡Quiérase o no! Por lo que aconsejaría a la ciudadanía atenta empezar a buscar los cadáveres, pero río arriba. ¡Y votar en consecuencia!

Y para aquellos que se agotan en la superficie y se solazan repitiendo, torpemente, que “no hay por quien votar”, que “todos son iguales”, que “todos se ahorran los temas de fondo” y que “se olvidan convenientemente del cómo”, vaya este salvavidas: ¡Bájense de ese balcón y salgan a la calle! Dejen de asomarse al país desde su cómodo sillón, control remoto o celular en mano. Abandonen la pasividad de quienes no leen ni contrastan, no discuten ni sospechan; y así, tampoco buscan alternativas ni verdades obvias.

Les recuerdo que, ningún país se construyó ni reconstruyó desde la pasividad y aquiescencia; que los consensos son paralizantes y las diatribas estériles; que los “jingles” no alimentan ni las poses resuelven. En fin, que presten atención: que aquí los banqueros deciden impunemente a quien “atollarle la manita” y a quien dejar en orfandad —entiéndase: mendigando o a duras penas: autofinanciéndose—.

Los candidatos bautizados por esos grandes capitales privados siembran en mercadeo y cosechan en encuestas. De ahí en fuera, quien no aparezca encuestado simplemente no existirá, para la prensa popular tampoco. Siendo la primera consecuencia de ello, que tampoco será invitado a debates; y posiblemente, aún menos, lo entrevistarán. Porque, según dicen los periodistas y sus jefes, las encuestas son el “elemento objetivo” para decidir quiénes merecen tiempo aire y quienes, simplemente, no existen.

Elemento objetivo termina siendo, más bien, la opinión generalizada de que los que vienen encabezando las encuestas son también los que peor desempeño muestran en todos los debates a los que concurren como “titulares”.

El dinero de la banca privada “aceita” los engranajes mediático y partidarios, flexibiliza conciencias y sobre todo: compromete.

Así, se cierra el círculo con una caterva de analistas políticos, tremendamente superfluos —algunos incluso prebendales— que casi igualan en escases de lectura a sus colegas militantes. Esos que jamás confiesan o advierten tales renqueos o querencias al público que dicen respetar.

Tanto descaro, rayano en el chiste malo, podría congraciar si no fuera por sus implicaciones inconmensurables para todos nosotros. Repito: para todos. Los de participación política activa y pasiva. Nadie se salva. Mucho menos la democracia real.

Redondeo este develamiento con algunas “pregunticas”: ¿Quiénes nos están recetando debates sin debate? ¿Acaso los candidatos que deben —por mínimo respeto y civilidad— ceñirse a formatos insulsos y ocurrentes, muy propios de la incultura periodística que padecemos en Costa Rica de un tiempo para acá; o de los anfitriones/organizadores de esos repasos superficiales, que parten de guiones descuidados e interrogantes facilonas, concebidas; muy posiblemente para que tampoco se noten sus propias carencias y esas mutuas complicidades político-periodísticas?

Así las cosas, claro que entiendo que la gente repita, sin pensársela mucho: “que no hay por quién votar” o que “todos son iguales”. Porque a los que, definitivamente, no lo somos, no nos pueden ver. Salvo que nos busquen, mientras aquí estemos.

¿O acaso, ya casi nadie se acuerda, que así fue como nos llevaron, cuan caballos de carretón, hasta una segunda vuelta que más pareció un callejón sin salida, hace cuatro años, entre dos impresentables?

Sintetizo mi denuncia: están manoseando, otra vez y con total impunidad, la democracia. Se impone una profunda reforma electoral, democratizante.

He aquí mi denuncia y mi propuesta.

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