De Groenlandia y más

Dada la cortedad de memoria de nuestra cultura contemporánea y la proliferación de imágenes, hechos e ideas que compiten por nuestra atención, es posible que la propuesta de comprar Groenlandia ya vaya siendo olvidada

Dada la cortedad de memoria de nuestra cultura contemporánea y la proliferación de imágenes, hechos e ideas que compiten por nuestra atención, es posible que la propuesta de comprar Groenlandia ya vaya siendo olvidada. Pero ni su desaparición de las pantallas ni su carácter surrealista nos impide recordar algunos elementos históricos que le otorgan un trasfondo bastante más serio e interesante.

Empecemos por lo obvio: una tercera parte del actual territorio estadounidense fue obtenido mediante compras de territorios a otros países. Sobresale la llamada “Compra de Louisiana” hecha a Francia en 1803, compra de nombre engañoso pues el territorio adquirido (más de dos millones de kilómetros cuadrados) iba mucho más allá del actual estado de Louisiana. A ello siguió la compra de Alaska a Rusia en 1867 (millón y medio de kilómetros cuadrados), y la compra de las Islas Vírgenes en 1916, ni más ni a menos que ¡a Dinamarca! Parece broma, pero hace poco más de un siglo Dinamarca no tuvo problema en hacer algo que ahora le resultaría chocante: vender una parte de su territorio insular, habitantes incluidos.

Los tiempos han cambiado, dirán muchas personas, y tienen toda la razón. Lo que hace un siglo era aceptable para vendedores y compradores (a los vendidos nadie les preguntaba), ya no lo es. Tras décadas de luchas anticoloniales, el mundo exhibe hoy día una mayor sensibilidad ante este tipo de prácticas. Esto no impide que diversas situaciones (neo)coloniales se mantengan, pero sí dificulta la concreción de otras nuevas, en especial si son hechas vía Twitter.

No es casualidad que las compras de USA lo fueran de territorios americanos primariamente habitados por “indígenas”, ni que sus vendedores fueran países europeos que, en ese momento, veían este continente como una periferia. Groenlandia, en cambio, está en América del Norte, asiento del actual poder hegemónico, y pertenece a esa dispersa región cultural que llamamos Occidente. Si la propuesta de Trump fue absurda no lo fue por inédita, sino por las coordenadas temporales y valoraciones espaciales en que se hizo. Hace cien años hubiera parecido normal, y acaso hubiera sido aceptada.

En cuanto a la reacción danesa, hay que reconocer lo justo de su asombro y enojo. Pero no menos enojo, aunque sí menos asombro, causa la historia de las relaciones entre Dinamarca y los habitantes tradicionales de Groenlandia, una historia marcada por viejas prácticas coloniales: discriminación sistemática, intentos de aniquilar la lengua nativa, separación forzosa de niños y niñas groenlandeses de sus familias para ser “civilizados” en escuelas danesas, utilización de restos humanos en estudios “antropológicos” de tinte racista, reubicación forzada de poblaciones dispersas en núcleos urbanos para su mejor control y su uso como mano de obra en proyectos desarrollistas decididos en la metrópolis, etc.

Estas prácticas se extendieron hasta hace poco y han dejado una fuerte herencia colonial, presente hoy día como discriminación racial y cultural hacia los descendientes de los antiguos groenlandeses.

Para terminar, retomemos el lado absurdo de toda la situación, recordando que uno de los principales motivos de indignación danesa, indignación que abarcó todo el espectro político de la nación, fue el desaire que la abrupta cancelación de la visita de Trump implicó para la reina Margarita II, quien lo había invitado de forma personal y sería su anfitriona durante la visita. Dicho en otras palabras, todavía anda por ahí bastante gente para quienes lo más irritante de un episodio como este, en el que una potencia propone adquirir un territorio y sus habitantes, no es su anacrónico carácter colonialista, sino la ofensa infringida a una de las familias de esa royalty europea que fue, durante siglos, uno de los principales agentes del viejo colonialismo europeo, inspiración última de la fracasada idea trumpiana.


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