Curiosidades neoliberales

Un artículo curioso, del 31 de octubre pasado en La Nación, desató un inicio de polémica más bien jocosa acerca de qué ha de entenderse por neoliberalismo.

Un artículo curioso, del 31 de octubre pasado en La Nación, desató un inicio de polémica más bien jocosa acerca de qué ha de entenderse por neoliberalismo. El artículo inicial llevó la firma del filósofo Carlos Molina Jiménez y básicamente denunciaba que el término ‘neoliberal’ había sido despojado de su riqueza conceptual para conservar reducido “tan solo su cascarón pasional y pendenciero”.

El título de esta denuncia era “¡Neoliberal!” y sentenciaba que el vocablo equivalía a un “mentonazo de madre”. Algo así como “Macho Coca” o “cementazo”. En efecto, de concepto a estereotipo agraviante hay distancia. Tras la denuncia, artículos posteriores intentaron aclarar qué debía entenderse por “neoliberalismo”.

Erraron el palo. Parece obvio que se trata de un liberalismo distinto al tradicional o clásico de A. Smith o Locke o John Stuart Mill, por dar tres referencias.

Pero esa seña no bastaba ya que el término neoliberal es polisémico. En cierto momento se llamó neo-liberalismo al ideario de John Maynard Keynes (1883-1946), quien desagregó la propiedad de la naturaleza humana y abogó por el Estado como inversor puntual o constante (gasto público en favor de la demanda agregada) cuya acción impide o dificulta las crisis de mercados con eje centralmente privado.

Keynes en su momento no resultó del agrado de los liberales clásicos, que identifican naturaleza humana con propiedad y suelen adherir a la fórmula “Dejen hacer, dejen pasar, el mundo (mercado) se las arregla solo”, ni por los comunistas para quienes las reformas del orden capitalista vía estatal les debe haber llevado a gritar ¡Neoliberal!, ya sabemos como una forma de recordarle la mamá a Keynes por quitarles condiciones para su revolución.

El keynesianismo tiene cierta importancia para los costarricenses, pero no se ahondará en este punto. En la misma época en que Keynes conseguía más prestigio, otro autor, Friedrich Hayeck (1989-1992), tenaz anticomunista y antisocialista, publicaba su trabajo Camino de servidumbre (1944) para ilustrar uno de los ejes de su pensamiento: “El Estado no debe asegurar ningún tipo de redistribución, sobre todo en función de un criterio de ‘justicia social”.

La idea lo obsesionaba desde las derrotas que sufrió en sus polémicas con Keynes la ampliará en un trabajo posterior: Los fundamentos de la libertad (1960). En Camino de servidumbre se da una organización curiosa. A cada capítulo le precede un epígrafe que condensa su sentido. El segundo (“La gran utopía”) lo abre una cita de Holderlin, un lírico: “Lo que ha hecho siempre del Estado un infierno sobre la tierra es precisamente que el hombre ha intentado hacer de él su paraíso”.

Se traduce como quien quiere el cielo en la tierra produce el infierno; abandona toda esperanza, Torcuato. El pensador germano-latinoamericano F.J. Hinkelammert suele citar con asco a Hayeck.

Por ejemplo en su libro La maldición que pesa sobre la ley: “Una sociedad libre requiere de ciertas morales que en última instancia se reducen a la mantención de vidas; no a la mantención de todas las vidas porque podría ser necesario sacrificar vidas individuales para preservar un número mayor de otras vidas.

Por lo tanto, las únicas reglas morales son las que llevan al ‘cálculo de vidas’: la propiedad y el contrato” (p. 113). Hayeck afirmó esto en Chile, y en 1981 justificando los crímenes de la dictadura empresarial-militar encabezada por el General Pinochet. Más rufián que mentarle la mamá a un niño de ocho años, cierto.

Pero Hayeck era ya un ancianito que había logrado tocar ¡al fin! el cielo. La dictadura chilena fue el primer gobierno del mundo (1973) que se inspiraba en su neoliberalismo, aunque matizado por el ideario de otro neoliberal prestigioso, Milton Friedman (1912-2006), estadounidense. Seis años después vendría Margaret Thatcher, pero primero llegó Pinochet. Hayeck no se lo creía de contento pero a sus íntimos les confiaba “¡Cómo pueden ser tan brutos estos chilenos!”.

Se recordará que incluso funcionarios de La Nación S.A. pedían a gritos un Pinochet para Costa Rica En la década de los noventa este neoliberalismo adorador del Mercado y despreciador de vidas humanas alcanzó otra cima de gloria en América Latina.

Se siguió de un pretendido Consenso de Washington (1989) que jamás existió excepto en los gulas de las neoligarquías latinoamericanas.

Le dijeron a medio mundo que la orden desde Washington era que para conseguir el desarrollo se debía: estabilizar la economía evitando déficits fiscales, fijar tipos de cambio competitivos, liberar el comercio, atraer inversión extranjera, transferir activos estatales al sector privado, total seguridad para los derechos de propiedad. Hay más pero con esto basta.

Curiosamente la oligarquía no leyó que el inexistente consenso también proponía más inversión en servicios favorables para los empobrecidos y atención primaria de salud e infraestructura.

Menem, en Argentina, héroe del FMI, aplicó diez años la receta falseada y el país padeció hambre por primera vez en su historia.

Menem es recordado hoy solo por la Policía y algunos prófugos. Costa Rica no obtuvo un Menen sino un Otto Guevara.

En época de crisis y reforma fiscal no es raro se sientan tufos del peor Hayeck y de Pinochet o Menem en Costa Rica.

Aquí también existe una neoligarquía. Es deseable que los tufillos no hagan saltar a muertos de sus tumbas.

En todo caso aquí no hay ejército y la coyuntura podría excitar un movimiento ciudadano y popular que hace rato se extraña en un país bautizado alguna vez como el más feliz del mundo.

Por ahora el filósofo Carlos Molina tiene razón. Si le gritan ¡neoliberal! suena vejatorio.

Pero tal vez el trópico y la meseta logren hacer del neoliberalismo costarricense algo mejor que un “cálculo de vidas” o un menemnato.

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