Cuando Gustavo saltó a la cancha… la masa aún estaba allí

Lo primero que aprendí en una cancha de básquetbol es que si se entra empujando, hay que esperar un empujón de vuelta.

Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza (II, capítulo 53)

“No gorrearás”, primer mandamiento de la cancha abierta

Lo primero que aprendí en una cancha de básquetbol es que si se entra empujando, hay que esperar un empujón de vuelta. Gustavo Román Jacobo (GRJ) “empujó”, yo “empujé” de vuelta.

Solo quien vive embelesado, recibiendo halagos por su “talento” y “profundidad” puede esperar que al escribir un artículo titulado “Las élites importan” y cuyo argumento central es que: “Lo ‘natural’ (…) para una sociedad es que, en las posiciones más prominentes, no solo del gobierno sino también de la judicatura, los medios, el mundo cultural, el empresarial, etc., estén los mejores, y que las mayorías, los peores y ‘los promedio’ reconozcan esa nobleza de espíritu y no solo acepten, sino que busquen la guía de las élites”, vaya a recibir como respuesta aplausos.

Si entras a la cancha “pateando”, espera “una patada” de vuelta. Si argumentas públicamente a favor de un gobierno y una sociedad dirigida por las élites, espera una respuesta nada educada de las mayorías, los peores y “los promedio”. Si se espera caridad hermenéutica de los interlocutores, no se puede ser soberbio, no puedes comportarte como el matón del barrio.

La cancha y la democracia

Me encanta Grey`s Anatomy (probablemente porque en mi vida hay muchas mujeres con mucha personalidad tomando decisiones) lo que odio de la serie es que a personajes como Alex Karev, que es básicamente un matón de barrio, se le presenta como si fuera un personaje atormentado, un instrumento mágico que si solo pudiéramos repararlo daría todo de sí, cuando no es así: Alex Karev es un matón, un pediatra destacado pero un matón.

La segunda cosa que aprendí en las canchas de básquetbol es que a los matones, a los abusadores no hay que comprenderlos, hay que detenerlos. En la cancha a cada algún rato aparecía un joven que se imaginaba demasiado talentoso y demasiado guapo como para compartirla con todos nosotros, los argumentos con él no servían, estaba seguro de que alguien (no se sabe quién) le había elegido para ser el dueño de la cancha y así nos arruinaba el juego y la tarde.

Gente de ese tipo solo entiende a empujones y si no los detienes a tiempo empiezan quitándote la tarde, luego el balón y finalmente la democracia política. Con gente así siempre tuve algo personal, mis amigos y yo siempre empujamos de vuelta, así garantizamos nuestras tardes de vacaciones.

Algunos de esos jóvenes-elegidos-por-no-se-sabe-quién luego entendían que la cancha era de todos, de él, pero también mía y de mis amigos, de mis hermanas pequeñas, de los perros del vecino, de la anciana que llegaba a tomar el sol, de los que llegaban a fumar y tomar vino de caja o de los que usaban la cancha de básquet para “patinetear” (¡Habráse visto!).

Eventualmente algunos aprendían a convivir, otros no, no podían aprender nada y muy ofendidos se iban a otro lado, supongo que a las canchas privadas, me los imagino murmurando lo feos, mediocres y chusmas que éramos quienes íbamos a jugar en esa cancha.

No me gustaba que usaran la cancha para fumar o “patinetear”, pero ellos tenían tanto derecho como yo para usarla como quisieran, nunca intenté echarlos, ni disminuir sus derechos de uso.

Esas reglas básicas de cómo usar una cancha de básquetbol son las mismas reglas de la democracia política. La cancha no es para los que juegan mejor, ni para los más guapos, ni siquiera para los que toman las decisiones más acertadas sobre su uso, la cancha es para todos, para las mayorías, para “los peores y los promedio”. No podés destruir la cancha, no podés echar a los que la usan. Solo los matones de mi barrio no entendían estas reglas.

Si algo he aprendido en mi vida adulta, ya sin ir con tanta frecuencia como quisiera a la cancha, es que las élites latinoamericanas pueden vestirse de seda, trabajar en Dubai, estudiar en Madrid, conocer los museos de París y siguen siendo los mismos matones de barrio que conocí en mi adolescencia, solo que ahora no quieren la cancha, lo quieren todo el “gobierno, la judicatura, los medios, el mundo cultural, el empresarial.

Respondo y me opongo con vehemencia a los argumentos que defienden la bondad de las sociedades aristocráticas, por las mismas razones subjetivas que defendía el derecho de todos a usar la cancha de básquetbol. Porque creo que los argumentos aristocráticos defienden y embellecen la injusticia.

¿Quién se llevó el puente?

GRJ tiene una forma curiosa de responder, nunca responde a mi artículo. Enfila sus baterías contra el equipo editorial de la Revista Paquidermo, porque no censuró mi artículo. Raro, porque la revista nunca ha censurado a los columnistas, no me censuró a mí y no censuró a GRJ y a mí me parece bien. Solo GRJ tiene acceso irrestricto a la “página 15” de La Nación, así que el debate solo era posible en “las canchas abiertas” de la Revista Paquidermo.

Sinceramente me alegra que GRJ se presentara a la “cancha del barrio”, aunque sea para hacer una perreta tipo “Kiko” y anunciar que va a llevarse la bola (es decir que no va a continuar la polémica).

Siempre he lamentado que en la Costa Rica neoliberal exista muy poco debate público (debate digo, no aplausos unilaterales o zalamerías). Entiendo perfectamente porque no ocurre el debate, el neoliberalismo solo puede ser impuesto sin debate, Pinochet y los Chicago Boys sabían muy bien esto. Siendo así, es comprensible que la sección de opinión de La Nación sea un monólogo sistemático. El Semanario UNIVERSIDAD podría ser un foro de debate público, pero no puede o no quiere cumplir ese papel.

No atribuyo esa ausencia de debate en la Costa Rica neoliberal a “las descalificaciones ofensivas, tan desprovistas de seso como de generosidad dialógica”. Aunque sí considero que se están “dinamitando los puentes (…) que la democracia exige”.

El problema es que son las élites empresariales, políticas, comunicacionales, académicas las que “han dinamitado los puentes”, no lingüísticamente, sino realmente. Son estas élites las que sistemáticamente rompen el “contrato social”, las que siempre están empujando hacia abajo los límites sociales y morales donde la explotación es soportable. El puente que han dinamitado las élites es el puente de la igualdad y la fraternidad, valores republicanos y revolucionarios, por excelencia.

Pocos foros han contribuido tanto a dinamitar la convivencia social, a destruir instituciones sociales labradas por años y conquistadas con mucho esfuerzo, a desprestigiar las organizaciones y la cultura popular como La Nación S.A. Un artículo como el de GRJ, emitido desde el foro de opinión de La Nación S.A. es sin duda un acto de soberbia, “dinamita puentes” y en mi opinión es un irrespeto a las víctimas del genocidio social organizado por el neoliberalismo.

Nuevamente: ¿De quién es el cuerpo?

GRJ insiste en que “no vale”: “hacer de los otros o del “sistema lo que Nietzsche llamaba un causante responsable que posibilite el alivio del desahogo, del desahogo de ser víctima”. Es decir, las víctimas son responsables de su suerte, porque ellas (aunque sea problemáticamente) “eligieron”.

Todo el punto de quienes no concordamos con GRJ es que esa “elección” es falsa. No se elige donde se nace, si naciste en New York o en Alepo, no se elige si tu lengua nativa es el inglés durante la globalización neoliberal o el vasco durante la dictadura de Franco, no se elige si tu madre tuvo una dieta y un control prenatal adecuado cuando estaba embarazada de vos, no se elige si tus padres son analfabetos o Doctores en Ciencia Política,  no elegís si a los cinco años sos el heredero de imperio comercial o de un país o si heredarás las deudas de tu padre con el Fazendeiro.

Nada de eso se elige, por eso el empobrecimiento no es una “elección justificable”, es una red tupida de desventajas que se sostienen en el tiempo, que se transmiten de generación en generación y que te marcan en el cuerpo y la subjetividad. Por eso es tan soberbio y desagradable cuando quienes hemos nacido varones y no nos ha faltado techo y comida hablamos de “las élites” y “los mejores”. Siendo el dueño de la cancha, de la bola, del árbitro y “en bajada” es muy fácil hablar del “esfuerzo de los mejores”.

Obviamente que todo el mundo es diferente, una muy querida estudiante de Trabajo Social en el Recinto de Tacares me contó que ella fue la primera persona en su pueblo que entró a la universidad. Eso implicó para ella un gran esfuerzo, una decisión y una tenacidad que podrían ser consideradas “de élite”. Pero siempre aparece la pregunta: ¿y las cientos de jóvenes de ese pueblo que no entraron a la U? ¿No entraron porque lo decidieron o porque no tuvieron alternativa? GRJ podrá culpar a la huelga o los sindicatos, pero durante decenas de años no hubo huelgas largas y siempre todos los años en ese pueblo nadie entró a la universidad.

Populismo o desigualdad

Voy a reconducir la discusión. GRJ (y el mainstream politológico yanqui) dice que la principal amenaza para la democracia es la demagogia/tentación populista. Mi opinión, no refutada por GRJ es que la principal amenaza para la democracia es la desigualdad social.

Lauren Riveraen, Pedigree: How elite students get elite Jobs, ha demostrado como en Estados Unidos, el país de la “meritoracia”, sistemáticamente las personas más ricas van a las mejores universidades y consiguen los mejores empleos. Thomas Piketty mostró y repite constantemente que “los padres de los estudiantes de la Universidad de Harvard son, en promedio, el 2% de la población con ingresos más altos”. Los estudios sobre la desigualdad de Anthony B. Atkinson han mostrado como desde los años ochentas los varones con altos ingresos tienden a casarse con mujeres con altos ingresos.

No creo que ninguno de los autores mencionados sean militantes de la Cuarta Internacional, de hecho son todos gente muy respetable, que probablemente conocerán primero a GRJ que a mí, pero son gente intelectualmente honesta, que se hace una pregunta muy sensata: ¿Cómo esperan que la democracia funcione con semejantes concentraciones de poder, prestigio y dinero? Esa es la pregunta. No creo que tenga nada que ver con “la tentación populista”.

Si en serio estas preocupado por como las democracias se hunden, deberías estar preocupado por la desigualdad social y hacer algo al respecto. Lo que se le ocurre hacer a nuestras élites es aplicar un plan fiscal regresivo y limitar la libertad sindical. Es decir meten el acelerador hacia el abismo.

¿Quién vigila al vigilante?

Hay otro problema central que GRJ no responde: ¿qué es ser de élite? ¿Quién lo decide? Y, sobretodo, ¿por qué es mejor que nos gobiernen “los mejores”? La definición de élite que presenta GRJ es: “personas siempre insatisfechas consigo mismas, que se exigen e imponen niveles de excelencia que nadie les demanda” y que “eleva el estándar y ejerce, con su trabajo y ejemplaridad pública una influencia notable en la sociedad”.

Bueno, ese “concepto” es suficientemente vago como para que en esa definición calce un dictador ilustrado, un empresario voraz o un narcotraficante virtuoso (si vale la pena hacer la diferenciación), un burócrata sindical experimentado (como los que tanto aborrece GRJ), un ladrón talentoso, un pistolero eficaz, el cura del pueblo, un corredor amateur de maratón y un padre abnegado. Todos y nadie calzan en esa definición, es una definición arbitraria, por eso parece que “los mejores” o son los que GRJ diga que son “los mejores” o en realidad quiere decir los privilegiados, los que vienen de buenas familias. Esas son las opciones que hay.

Digamos que en realidad se quiere decir “los mejores en su campo específico de acción”, digamos los sindicalistas más aguerridos deberían ser los dirigentes de las centrales sindicales, tal afirmación podría ser cierta, a mí me gustaría, pero los sindicatos, cuando son realmente democráticos, tienen contrapesos institucionales.

Aunque tengas a los mejores dirigiendo tu sindicato hay “peligros profesionales del poder” que hay que contrapesar, por eso hay instituciones de control, fiscalización y revocatoria y es recomendable que algunos de “los mejores” no dirijan el sindicato, sino que participen de las instancias de control, fiscalización y elección, o que se queden en la base del sindicato. Esa distribución es lo único que garantiza la vida democrática y sin democracia en las organizaciones sindicales no se pueden expresar legítimamente los intereses de los trabajadores de base.

Esa es la verdadera tragedia del sindicalismo de este país, no que lo dirijan “mediocres”, sino que lo dirigen burócratas, dirigentes antidemocráticos. Ese es el problema de nuestros sindicatos, pero es extensivo a la sociedad.

El problema de los partidos políticos no es que los dirijan “mediocres”, sino que todos los partidos tienen el mismo programa básico (economía de mercado y democracia restrictiva) y por eso se empieza a considerar “que son los mismos”, que no hay nada que decidir entre las opciones que se presentan.

Un problema que se plantearon seriamente Bolívar y Robespierre y en otro sentido Lenin, es “¿Qué pasa cuando el pueblo no puede o no quiere participar de la vida política?” Bolívar y Robespierre respondieron sustituyendo al pueblo con una “burocracia republicana virtuosa”, Lenin ensayó otras variables, que también salieron mal. Pero el punto es que si los “mejores gobiernan” ¿quién los vigila y los controla?

¿Quién evita que se transformen en déspotas ilustrados? ¿Si la “Liga de la Justicia” gobierna, quién los va a detener cuando se equivoquen? Robin no es mejor que Batman, pero es el único que evita que Batman mate al Joker, y que deje de ser un vigilante y se transforme en un asesino sin más. Robin es más mediocre que Batman, pero para la democracia en Ciudad Gótica Robin es la “última línea” de seguridad, su único héroe.

La democracia no es un helado de chocolate

La democracia es insatisfactoria, sin duda. Como lo ha demostrado Wolfgang Streeck en sus múltiples artículos, la democracia social y política necesita de una densidad antropológica y de unos lazos sociales más cargados que las que se necesitan para las relaciones de consumo y para el voto de la democracia instrumental.

La elección de febrero de 2018 fue básicamente un chantaje. Un chantaje nunca es democrático, podés sobrevivir a él, puede ser que no tuviste otra alternativa, pero jamás lo considerarías un procedimiento democrático.

Por el contrario, la decisión de las bases sindicales de no deponer la huelga (dos veces) ha sido de los ejercicios de democracia social y política más plenos que han vivido el país en años. Fue democrático porque fue un ejercicio de diálogo, sin cortapisa, con las personas movilizadas e interesadas y sobretodo porque todos quedaron insatisfechos.

El Gobierno y la prensa por la tenacidad de las bases sindicales y por la incapacidad de los líderes sindicales de imponer el acuerdo, los líderes sindicales por el vigor de lucha de las bases, las bases por la pusilanimidad de sus dirigentes que no querían organizar una lucha hasta el final. Un ejemplo de democracia. ¿Sería más fácil si la huelga se hubiera levantado como en el 1995? Probablemente, pero sería menos democrático.

Habría más “gobernabilidad” si gobernaran “las élites”, probablemente, pero no sería una democracia, sería una sociedad aristocrática.

Supermán y la gente de bien

No esperaba que GRJ me respondiera, de hecho me tomó de sorpresa. Luego me di cuenta de que no me respondió, sino que en un “ataque de Supermán” decidió salir en defensa de Ernesto Rivera, Álvaro Murillo y cía a propósito de otra cosa que no tiene que ver con él, una crítica a la cobertura que el Semanario UNIVERSIDAD hizo de la huelga contra el plan fiscal.

Es decir me metí con “su pandilla” y el decidió salir a defenderlos. No creo que Rivera y Murillo necesiten de la ayuda de nadie para defenderse, lo pueden hacer solos. De hecho lo hicieron de oficio, señalando que mi propuesta de concurso ya era efectiva.

La verdad lo había olvidado y asumo mi torpeza. No obstante, eso no era lo sustancial, el punto es que la cobertura fue parcializada y antisindical. Ese es mi punto. Punto en el que creo no estar solo, una fracción importante de lectores del Semanario sienten lo mismo.

No tengo ninguna objeción con las investigaciones del Semanario, me parecen muy buenas, la de los buses, las de los jornaleros de Cañas, las de los Panama Papers, pero no las celebro, porque no espero menos que eso del Semanario UNIVERSIDAD.

El Semanario surgió justamente porque un grupo de periodistas no soportaban el periodismo tendencioso y antipopular de La Nación S.A., algunos parecen olvidar esos orígenes. Los periodistas del Semanario pueden ejercer un periodismo de calidad, porque el Semanario no es una empresa de comunicación como La Nación S.A.

Si la cobertura de la huelga fue tan antisindical, no fue porque los accionistas presionaron por ese enfoque, sino porque esa es la línea editorial del periódico y de sus periodistas. Lo cual estimo lamentable, porque eso no fue así antes y porque es una desventaja más para los sectores populares.

En un texto extraordinario de Owen Jones, Chavs: La demonización de la clase obrera se muestra cómo la reconversión de la industria periodística ha facilitado que los periodistas provengan mayoritariamente de las clases medias altas, educadas y que sean absolutamente ignorantes de la cultura popular, de las organizaciones populares y sobretodo de cómo presentarlas de manera empática y solidaria. Me parece que eso es lo que está pasando con el periodismo de este país y me parece importante señalarlo.

Que GRJ sintiera que era necesario “romper la lanza” por el Semanario, solo confirmó mis opiniones sobre la orientación del periódico y cuál es su público meta. Justicia obliga decir que no es solo una opinión del Semanario, la mayoría de los intelectuales, los artistas y los funcionarios universitarios apoyan al Gobierno y sus políticas, apoyaron el plan fiscal e hicieron lo que pudieron para boicotear o debilitar la huelga. No tengo ninguna duda de que mi opinión es una idea minoritaria dentro de la “gente educada” y dentro de las “élites”.

Las falacias y la verdad

Ser minoritario nunca me ha preocupado mucho, a diferencia de GRJ (que parece que se ofendió con todo el mundo, hasta con los que “no tienen vela en el entierro”). Las falacias ad hominen son parte de mi vida y son parte de la vida de todos los activistas sociales.

Si luchas contra el examen de admisión o el bachillerato es porque querés que te regalen la nota, si vas a la huelga es porque sos un vago que no querés trabajar, si te opones a Crucitas es porque sos un mariguano. Si criticas al intelectual de élite es porque sos un profesor mediocre que apenas sabe escribir. Nada nuevo bajo el sol, la historia de mi vida.

Por suerte, yo solo recibo falacias ad hominem, muchos de mis camaradas reciben amenazas efectivas contra su vida. Amenazas de ser “macheteados” o de “ser desaparecidos”. Ese es el día a día que se vive organizando sindicatos en las piñeras del norte del país. Donde la vida es bastante parecida a las galeras de Ben Hur, con una diferencia, en la Roma del primer siglo no había otra forma de pilotear una nave más que con trabajo esclavo. Hoy en una democracia del siglo XXI no hay razones para vivir en una galera, ni razones para justificar que personas trabajadoras vivan en galeras y en condiciones de semiesclavitud.

Estos camaradas están suficientemente ocupados como para responderle a GRJ, entonces por respeto a ellos es que decidí responder. Porque aunque GRJ no va a cambiar su opinión sobre los socialistas y yo no cambiaré mi opinión sobre “la élite intelectual”, en el debate se pueden aprender cosas, por lo menos aprender a refutar argumentos elitistas.

La acusación de que soy un pésimo escritor no es ni el mejor, ni el más mordaz de los insultos que he recibido. No me molestan los ad hominem, porque no son falacias, son  la base del pensamiento crítico. Señalar cuál es el lugar social que tiene el sujeto que emite un discurso es la base para entender las razones de porqué dice lo que dice.

Nunca me he preocupado mucho por escribir bellamente, no todos podemos ser Laura Flores o Fabián Coto; aunque agradezco el curso veloz de filología de GRJ, es una lástima que el país perdiera un excelente corrector de estilo y obtuviéramos a cambio un “joven intelectual de élite”. Me preocupa decir la verdad y actuar conforme a ella, creo que eso lo he aprendido de la militancia socialista.

Hay una verdad que fue dicha “los intelectuales se han puesto del lado de los poderosos”. Esa verdad no peca, pero parece que incomoda lo suficiente para que el águila baje a responderle al caracol.


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