Todo lo que en una época reconocemos como real lo es porque incorpora un imaginario, pues toda racionalidad, a lo largo de la historia occidental, delimita una frontera entre lo real y lo ilusorio, con una construcción mental de nuestra inteligencia y conducta que rodea al objeto de experiencia para constituirlo en un fenómeno. Para la racionalidad moderna, específicamente, eso que aceptamos como lo real es solamente lo afirmado a través de la razón y la ciencia, lo distinto a ello, lo nouménico, es solo un supuesto metafísico. Con ello restringe la realidad aceptada en otra época, que queda reducida a ilusión; pero, a la vez, amplia lo que aceptamos como realidad a lo que antes se desconocía. El movimiento histórico del conocimiento se da como oscilaciones de las dimensiones de la realidad, que son, por su carácter histórico limitaciones gnoseológicas particulares, es decir, representaciones imaginarias. Lo real es solo un segmento de la realidad, aquel que se reconoce dentro de los parámetros de lo confirmable. Fuera de esas segmentaciones solo podemos aproximarnos a la realidad por medio de la imaginación. Desde los mundos posibles hasta los universos paralelos, desde los 78 demonios medievales hasta los monstruos renacentistas, lo real no es más que solo una representación mental-cultural que se produce como una afirmación válida, pero lo es solo dentro de la época gnoseológica en la que se propone. Toda verdad de época es por ello tautológica, reitera los supuestos que sustentan las afirmaciones “verdaderas” dentro del modo de pensar hegemónico.
Pero lo gnoseológico y lo epistémico no van de la mano con su tiempo, más bien lo traspasan, conllevando a que juicios y comportamientos, que pueden ser asociados a otro momento cronológico, se presenten como parte del ser-pensar-hacer que nos resulta diario. La racionalidad occidental moderna traspasa los límites temporales de la modernidad alcanzando hasta el final de la contemporaneidad, con ello la contemporaneidad occidental continuó siendo gnoseológicamente moderna hasta su colapso. Solamente tras los acontecimientos históricos que precipitaron su decadencia y permiten el desarrollo de nuevos movimientos geopolíticos como la globalización y la transformación del mundo bipolar en unipolar, se da el paso a lo post-contemporáneo actual.
En este movimiento, las categorías predominantes del pensador moderno y su definición de sujeto, el individuo, eclipsan dando lugar a la aparición de un nuevo tipo de relación interpersonal a través de la internet y al nuevo sujeto de esas vinculaciones, un yo más emocional que racional e incapaz de normar el mundo, pues, para este nuevo sujeto, lo fundamental es el figurar dentro de él. Es por ello que normaliza sus excentricidades, pues en la transformación de lo privado en público, expone con intención de llamar la atención.
Por otra parte, pero asociado a ello, es de notar que en América Latina las épocas gnoseológicas, tanto como las cronológicas, impactan con rezago. El pensar moderno aparece en América Latina tras la independencia, es decir, cuando Europa ya estaba en el rango de lo contemporáneo. Es por ello que es solo hasta ahora, tres décadas después del colapso de lo contemporáneo, que América Latina se asoma a lo post-contemporáneo y a una racionalidad nueva. A esto se debe la persistencia de la actitud de resistencia y rechazo a lo distinto que caracterizaba el pensar moderno, como si fuese dinámica propia de transición. Vivimos y pensamos nuestro tiempo con desfases. La racionalidad contemporánea solo nos llega cuando la moderna no puede normar la cotidianidad, perdiendo la fuerza, el otro y lo otro se han diluido.

