A Kirsten Delgado, un extraordinario y crítico estudiante.
Toda racionalidad en la historia de Occidente pasa por épocas que poseen distintas implicaciones. En la transición de la racionalidad occidental moderna a la contemporánea, se observa, con la constitución de las redes sociales, una transformación en la concepción del sujeto que era predominante. El individuo moderno se ve desplazado por un yo contemporáneo. Este nuevo sujeto no delimita, desde sus intereses, al otro, sino resulta más bien delimitado por ese otro. Por ello, aquel le resulta incierto, vinculándose con él solo como imagen, un performance en el que la persona desaparece tras un personaje. La personificación constituye así al yo contemporáneo como un tipo de sujeto emocional y esquizofrénico a la vez.
Este es el nuevo sujeto que hace pública su intimidad, exponiendo, dentro de los parámetros de la sociabilidad on-line, los momentos, excentricidades, perversiones y vicios, que anteriormente conformaban su intimidad. Con ello, lo estrafalario se normaliza, escapando a la norma moral que lo censuraba severamente. La moral pierde su carácter imperativo y explícito, se relega tras las regulaciones implícitas, de carácter comercial, de la figuración en redes. La moralidad que impera en el yo contemporáneo es morbosa, y normaliza cualquier conducta siempre que no afecte el mercado al que se dirige.
Los antiguos efectos colaterales del pensar moderno se superan con una nueva episteme que posibilita prácticas, tanto conductuales como intelectuales, de visualización no normativa, nuevos géneros y normalidades. Con el desplazamiento de relaciones tradicionales de vínculo, y el recurso a enunciados culturalmente descentralizados, las otrora verdades quedan vacías, pues este yo actual, sintiéndose objeto de esa otredad, borra su identidad, o bien, simplemente, la simula. La certeza de quién soy yo y de quién eres tú se disuelve con el dinamismo de los vínculos interpersonales que predomina en la sociabilidad digital.
Cada época epistémica, por la que pasa la racionalidad occidental, provoca una filosofía particular que configura un tipo de sujeto humano, pues toda filosofía de la época perfila la cultura hegemónica en el devenir de su tiempo. La filosofía moderna constituyó al individuo, la filosofía contemporánea constituye el yo. El individuo moderno se configuró con base en dicotomías reconocibles, alma-cuerpo, masculino-femenino, público-privado, real-ilusorio, verdad-mentira. Un conjunto de tensiones vivénciales que, si bien en su momento resultaban incuestionables, con el paso a otra forma de pensar, ser y actuar, pierden fuerza, pues la episteme contemporánea provoca, y permite, la diversificación de las “normalidades”. La inclusión de lo inusual en lo normal resguarda lo excéntrico y distinto de las censuras que normaban otra época.
Desde las normas de la racionalidad moderna, los tiempos de la época postcontemporánea se juzgan como de anomia y cinismo, y es que, si revisamos los momentos de decadencia de racionalidades anteriores, su colapso siempre se refleja en conductas y juicios tanto desfachatados como desvergonzados. La rica tranquilidad con la que hoy se puede ser distinto es sintomática de la decadencia de la modernidad y su transición a la contemporaneidad epistémica.
Los cambios en una episteme dominante no se provocan por razones de su insuficiencia conceptual, sino más bien por razones externas, o es decir no gnoseológicas, sino múltiples, políticas e incluso geopolíticas, se observa en la transición de la episteme renacentista a la moderna. Esa transición se acompaña de una tensión entre la ampliación de la realidad aceptada y su reducción, ya que toda racionalidad de época delimita lo que resulta ser lo real rechazando como ilusorio lo que en otro momento se aceptaba sin cuestionamiento. Las lateralidades de la episteme moderna redujeron e invisibilizaron lo que en la racionalidad renacentista era real, y homogenizaron sus entidades como simples supuestos ilusorios.

