Costaragua

El nombre “Costaragua” lo encontré en un artículo publicado en este Semanario por el escritor Adriano Corrales, quien metafóricamente

El nombre “Costaragua” lo encontré en un artículo publicado en este Semanario por el escritor Adriano Corrales, quien metafóricamente le dotó de contenido al subrayar algunos de los elementos políticos, económicos y culturales –históricos por demás- que identifican a los pueblos de Costa Rica y Nicaragua. En ese mismo sentido, hablaremos del utópico país, donde, en mayo anterior, fueron constatados los siguientes hechos.

El domingo del fin de semana largo del día del trabajador, de regreso de Sarapiquí a San Ramón, por la tarde, al abordar el autobús indirecto a San José en la terminal de Ciudad Quesada, sentí un ambiente viajero distinto al común en otros días de la semana, empezando porque no llovía.

Al acercarme a la puerta del bus noté que el chofer que cobraba, un cholo joven, bien uniformado y de acento nicaragüense, tenía problemas al multiplicar por tres. Cuando hubo de cobrar tres pasajes a una familia que me adelantaba, dudó y preguntó si lo cobrado era lo correcto. Ya en ruta dos señoras, de las que ocupan el primer asiento, se encargarían de asesorarle en aritmética.

El salón del camión estaba casi lleno y el ruido de fondo denotaba algarabía y llanto infantil permeados de la voz nica. Era obvio que la mayoría de pasajeros regresaban a sus labores habiendo pasado el primero de mayo en su tierra natal.

La destreza del conductor al volante quedó demostrada desde la salida, donde los buses que viajan a San José maniobran hacia atrás y contravía para esquivar la infinidad de cráteres que por años recubren la ruta de evacuación de la parada.

A mi lado, en el asiento de la ventana, una joven dormía arrullada por su música celular; o talvez por la emisora nicaragüense que el chofer sintonizaba al subir la cordillera. Al frente y un asiento adelante, una abuela, chele vallecentrina, lidiaba con su nieta chola de dos años, que enojada no daba tregua, y cuya madre, más aindiada que chola, silenciosa acicalaba su adornado cutis.

La elegancia, simpatía y cordialidad del joven conductor activaron el mecanismo de la “presa delantera” en el autobús –así le llamo yo-, que consciente e inconscientemente imposibilita a las jóvenes que suben en el camino correrse en el pasadizo más allá de la primera fila de asientos, aunque atrás haya lugar donde sentarse. En esta ocasión la debilidad (¿o fortaleza?) líbida impedía que aflorara, por parte del chofer, la orden de seguir la fila.

A la altura (¿o bajura?) de Naranjo dejé que la vida en la cazadora continuara sin mí, y que el conductor nicaragüense en bus sancarleño prosiguiera repartiendo trabajadores pinoleros a lo largo del Valle Central.

La utopía de “Costaragua” será acabada el venturoso día en que, habiendo desaparecido las fronteras socioeconómicas y políticas que hoy nos dividen, además de trabajadores, en el transporte público también viajen turistas nicaragüenses deseosos de disfrutar nuestro maltrecho paraíso terrenal.


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