Opinión

Costa Ricas en vías de extinción: 1821 y 2021

Acaba de ser publicado por las Editoriales Universitarias Públicas Costarricenses (EDUPUC) el libro Costa Rica (1821-2021) de la independencia a su bicentenario, editado por el suscrito y compuesto por diez capítulos escritos por especialistas en diversos campos del conocimiento histórico.

Capitalismo

Ronny J. Viales Hurtado y Jorge León Sáenz, en el capítulo primero, analizan el crecimiento económico y demográfico del siglo XVIII y los cambios ocurridos a partir de 1821, en particular el desarrollo de la actividad minera, de la agricultura cafetalera y la intensificación de los procesos de colonización agrícola. A propósito del cultivo de café, identifican las principales interpretaciones acerca de su trasfondo social y explican por qué ese producto se convirtió en la base de una temprana transición al capitalismo agrario.

En el capítulo segundo, Andrea Montero Mora detalla las características étnicas y residenciales de la sociedad costarricense antes de la expansión del café y cómo el auge de este cultivo modificó el paisaje y el poblamiento. De seguido, examina la diferenciación social y su conexión con la pobreza y la desigualdad, y aborda cómo varió la estructura ocupacional. También explica por qué la actividad cafetalera propició, en un contexto de incremento de los salarios, una proletarización lenta e incompleta de la fuerza de trabajo.

Luego de considerar la situación de los indígenas a finales del período colonial (incluidos los asentados en las actuales áreas fronterizas con Nicaragua y Panamá), Elizet Payne Iglesias, en el capítulo tercero, analiza cómo, en el contexto de los cambios promovidos por las Cortes de Cádiz, los cabildos indígenas se convirtieron en ayuntamientos constitucionales. Más adelante explica cómo, después de 1821, la tensión en torno a esos cabildos se intensificó; mientras los indígenas los utilizaban para defender sus tierras comunales, los hacendados y los agricultores ricos procuraban controlar esos ayuntamientos con fines electorales.

Estado

Vicente Gómez Murillo, en el capítulo cuarto, parte del impacto que tuvieron las reformas borbónicas y la Constitución de Cádiz en la modificación de las relaciones de poder y de la institucionalidad coloniales para analizar las rupturas y las continuidades que supuso la independencia. Después de detallar el conflicto que culminó en la batalla de Ochomogo (1823), considera las tensiones entre localismo y centralismo, la experiencia federal costarricense, el ascenso y caída de la dictadura de Braulio Carrillo Colina (1838-1842), el régimen de Francisco Morazán y el levantamiento popular que lo derrocó (1842), y los procesos que condujeron a la fundación de la República en 1848.

Carlos Humberto Cascante Segura, al abordar las relaciones externas en el capítulo quinto, señala que su origen fueron las Cortes de Cádiz, en las cuales los grupos dominantes costarricenses procuraron, por vez primera, hacer valer sus intereses frente a los de sus vecinos coloniales. A partir de ese proceso, analiza cómo la crisis que supuso la emancipación de España llevó a la conformación de una temprana política exterior, que a partir de 1848 adquirió una decisiva forma republicana y consiguió en 1850 que el país se independizara de Nicaragua en materia religiosa, al erigirse la diócesis de Costa Rica.

Hacienda y finanzas públicas son los temas del capítulo sexto, en el que Pablo Augusto Rodríguez Solano analiza cómo, con base en la experiencia colonial, empezó a construirse una institucionalidad hacendaria, la cual corrió paralela con la formación del Estado. Al considerar el monto y la composición de ingresos y egresos, presta especial atención a las leyes y reglamentos que fundamentaron la captación, fiscalización y administración de los recursos estatales. Es de particular interés el estudio que hace de la primera crisis fiscal que experimentó Costa Rica, durante 1848-1849, como resultado de la contracción del mercado europeo, que supuso una baja en la demanda de café.

Luego de referirse al origen de la salud pública, Ana María Botey Sobrado, en el capítulo séptimo, aborda el problema de las enfermedades a partir de la conquista española y su relación con la construcción de una economía basada en la explotación de la mano de obra indígena. Posteriormente, analiza las tempranas intervenciones de las autoridades coloniales en el campo de la salud, realizadas entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. También examina las condiciones sanitarias que prevalecían en las principales ciudades del Valle Central y los pasos iniciales dados por el Estado costarricense en formación para institucionalizar la salud.

Cultura

David Díaz Arias, en el capítulo octavo, analiza las identidades configuradas en el período colonial, construidas a partir de tres diferenciaciones fundamentales e interconectadas: la socioeconómica, que suponía un acceso desigual a los recursos (principalmente tierra y fuerza de trabajo) y a la libertad; la étnica, que permitía principalmente a los blancos y secundariamente a los mestizos reclamar superioridad a partir del color de la piel; y la religiosa, en la que la distinción estaba asociada con la práctica del catolicismo. A partir de la independencia los criterios identitarios tendieron a secularizarse, transformados por el ascenso del capitalismo agrario y la formación del Estado.

Eugenia Rodríguez Sáenz, en el capítulo noveno, destaca la inserción femenina en la temprana vida republicana, ya fuera en términos de su participación en diversas actividades económicas, del desempeño de puestos públicos o de su presencia en procesos políticos, incluido el más importante levantamiento popular de la primera mitad del siglo XIX. También analiza la dimensión familiar de esas mujeres que, con base en la expansión de los tribunales civiles, protagonizaron la primera rebelión femenina contra la violencia doméstica que hubo en Costa Rica.

Finalmente, en el capítulo décimo, el suscrito analiza cómo la concepción del tiempo y la vida cotidiana colonial fueron impactadas por la independencia y el capitalismo agrario. Con el crecimiento inicial del sistema educativo circularon los primeros periódicos y empezó a configurarse una incipiente esfera pública. Paralelamente, las nuevas actividades comerciales, artesanales y de servicios profundizaron la división entre la ciudad y el campo, un proceso que amplió la brecha cultural entre la población urbana, cada vez más secular, y la rural, dominada por visiones religiosas del mundo.

Extinciones

Exhaustivamente documentados, esos diez capítulos analizan cómo, en las dos décadas posteriores a la independencia (1821), la Costa Rica de finales del período colonial desapareció, profundamente transformada por la expansión del café. Con el ascenso del capitalismo agrario, la mano de obra familiar perdió importancia frente al trabajo asalariado y las tierras comunales empezaron a ser privatizadas. Al comparar, en sus secciones finales, la Costa Rica de 1821 con la de 2021, dichos capítulos consideran también los decisivos cambios experimentados por el país durante el gobierno de Carlos Alvarado Quesada (2018-2022).

De esta forma, el libro aborda dos extinciones históricas. Por un lado, aquella que supuso el desplazamiento de una sociedad de comerciantes y campesinos por una república cafetalera, en la que una poderosa oligarquía de beneficiadores y exportadores de café predominaba sobre un conjunto de pequeños y medianos productores urbanos y rurales y diversas categorías de trabajadores asalariados. Por otro lado, aquella que está en proceso de destruir los fundamentos institucionales establecidos por las reformas sociales de la década de 1940, mientras redistribuye el ingreso y el poder a favor de las oligarquías empresariales.

Pese a las desigualdades que propició y profundizó, la primera extinción, gracias a la consolidación de la propiedad campesina de la tierra, incorporó tendencias progresivas, como el incremento en los salarios y la consolidación, en la práctica, del sufragio universal masculino en la Constitución de 1859. Tal progresividad sentó las bases para que a finales del siglo XIX e inicios del XX surgiera un sistema político abierto a las demandas populares. En contraste, la regresividad resultante de la segunda extinción —con la regla fiscal como grillete asfixiante de la política social y la evasión tributaria como privilegio empresarial naturalizado— solo garantiza más inequidad, autoritarismo, pobreza y violencia.

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