Opinión

¡Cortaron las matas para coger el café!

Mientras se realizaba el foro mundial por el ambiente en Río de Janeiro, en junio de 1992, se divulgó un artículo en Scientific American que avergonzó a los costarricenses que seguíamos con interés la reunión de ECO 92. Mientras el gobierno de don Rafael Ángel Calderón Fournier pretendía presentar una imagen «verde», sustentada en un tendencioso informe contratado a una ONG que sigue por ahí dando vueltas, en el artículo de Robert Repetto de la prestigiosa revista, se resalta que en Costa Rica la destrucción se toma como desarrollo, «El empobrecimiento se toma por progreso», dice. Y agrega: «Un país puede talar sus bosques, erosionar sus suelos, contaminar sus acuíferos, acabar con su vida silvestre y sus pesquerías hasta la extinción», sin percatarse de que su riqueza es arrasada cuando estos activos desaparecen.

Severa llamada de atención sustentada en la gigantesca destrucción ambiental que se había dado en nuestro país en menos de dos décadas, de 1970  a 1989, y que el autor estimaba en pérdidas de miles de millones de dólares, en el valor de los recursos como bienes económicos, sin haber podido evaluar aspectos como el valor potencial del hábitat para miles de especies silvestres, los beneficios potenciales del suelo o el valor de la diversidad de especies marinas sin valor comercial inmediato, entre otros.

Debido a la degradación de los suelos, producto de la deforestación, los investigadores estimaron que entre esos años se habían erosionado 2.200 millones de toneladas de suelo; cantidad suficiente para sepultar la ciudad de San José con una capa de tierra de 12 metros de espesor.

Sin embargo, el desperdicio de recursos no solo se daba en tierra, sino también en las regiones costeras y marinas. Dice el artículo: «Durante el mismo período en que los activos forestales y del suelo sufrieron graves daños, el valor de la principal pesquería de la nación prácticamente desapareció. La industria pesquera costarricense  mayoritariamente artesanal, no está regulada y está subsidiada a través de los precios del combustible diésel y otros beneficios fiscales, lo que propició la afluencia de pequeñas embarcaciones, acelerándose ese aumento drásticamente en la década de 1980, cuando otras oportunidades de empleo  en las zonas rurales y urbanas se estancaron. «Mientras tanto», se agrega,  «la evidencia de sobreexplotación se ha multiplicado en el tanto se capturan menos peces de especies de interés comercial, mientras la relación entre la captura y el esfuerzo de pesca disminuye constantemente.

Asimismo, debido a que las poblaciones de peces no se pueden medir directamente, los cambios en el valor de la pesquería principal en el Golfo de Nicoya se estimaron mediante la construcción de un modelo bioeconómico que relaciona el rendimiento sostenible con el esfuerzo pesquero, para lo cual se creó un índice de la actividad pesquera por barcos de diferentes clases de potencia y capacidad, que refleja las cosechas diarias de cada tipo de barco. Así, se pudo cuantificar que  las ganancias de la pesquería artesanal, a medida que aumentó el esfuerzo de pesca a lo largo de la década de 1980, disminuyeron hasta que en 1988, los pescadores apenas recuperaban sus costos directos». En otras palabras, el valor de los activos de la pesquería llegó a ser cero; se había acabado con «la mata que producía el grano de café», con las poblaciones de peces que al ser sobreexplotadas ya no podían «ser cosechadas».

En general, de 1970 a 1989, la depreciación acumulada en el valor de los bosques, suelos y pesquerías superó los US$ 4.100 millones en precios de 1984, cifra superior al valor promedio del PIB de un año. «En relación con el tamaño de la economía, la pérdida anual es tan enorme, que es como si en Estados Unidos todo el presupuesto de defensa desapareciera todos los años sin dejar rastro», anota el investigador de la Universidad de Harvard.

Aunque algunos parecen olvidarlo o desconocerlo, esa debacle en la pesquería artesanal acelerada desde hace 40 años fue de tal magnitud que con el paso de los años se reafirmó ese desastre ambiental que, dolorosamente, se refleja en la situación de pobreza extrema que sufren las familias de pescadores artesanales, que, pese a su esfuerzo, no logran superar su casi crónica miseria. Para coger el café se cortaron las matas, los suelos se erosionaron y así las plántulas no prosperaron más. La pesca jamás se recuperó.

 

 

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