En las últimas décadas se habla constantemente de corrupción hasta convertir este término en una referencia permanente del imaginario social y del debate político que, en ocasiones, llega a ser bastante inquietante. No es algo nuevo, pero ahora parece que se presenta como un mal endémico de la democracia.
En el régimen capitalista, el capital tiene el poder económico para convertir lo público en privado, como también para pervertir lo público, lo que verdaderamente se puede llamar corrupción. Sin embargo, el Banco Mundial hasta hoy preconiza un concepto ideológico de corrupción, como “el abuso de un cargo público para obtener beneficios privados” que, según la entidad, “abarca una amplia gama de comportamientos que van desde el soborno hasta el hurto de fondos públicos. Pero, esta definición pasa de largo al entender la corrupción como un hecho originado desde el poder económico. Por eso, es importante superar el abordaje de la corrupción desde lo público y hacerlo desde su génesis, en lo privado, esto es, en un poder económico corruptor.
Desde el año 2014 existe una evidente concentración de los contratos otorgados por el Consejo Nacional de Vialidad (Conavi) en manos de las empresas Meco y H. Solís S.R.L. Entre 2014 y 2019, la mayoría de las licitaciones de conservación vial se otorgaron a estas dos compañías.
Actualmente nos damos cuenta de una supuesta red de sobornos que incluyó a empresas constructoras y fiscalizadoras, con el objetivo de ofrecer dádivas a funcionarios del Ministerio de Obras Públicas y Transportes y del Conavi, a cambio de obtener jugosos contratos de licitación. En principio las autoridades hablan de contratos por unos ¢78 mil millones, sin embargo, podrían ser más.
La corrupción no puede escapar a su responsabilidad de ser factor detonante del aumento de la pobreza, ya que posterga el desarrollo de los pueblos, carga a la comunidad con costos injustos, desacredita la autoridad y reduce la confianza del colectivo en sus instituciones democráticas. El escepticismo en la justicia se traduce, por ejemplo, en una masiva evasión impositiva y tiene un innegable efecto: un desequilibrio en la distribución de la riqueza y el poder. Además, abona procesos viciados de aprendizaje que van fomentando una cultura perniciosa, de manera tal que se distorsiona la realidad, haciendo parecer como legítimas conductas que no lo son.
La corrupción es un mal generalizado, permanente e inevitable, la ocupación y preocupación de juristas, filósofos, politólogos, sociólogos y ciudadanos en general se centra en intentar mantenerla en niveles tolerables, evitando que el enriquecimiento de las autoridades y sus secuaces del sector privado provoquen el empobrecimiento de una zona o de una población y la quiebra del Estado. La grave situación actual obliga a tomar conciencia del problema cada vez más grave.

