Sobre el conflicto social, así como el objeto y sujeto de la revolución

Hace unos días escribimos un texto en el que afirmamos: «El conflicto de clase y su secuela de explotación en el mundo del trabajo

Hace unos días escribimos un texto en el que afirmamos: «El conflicto de clase y su secuela de explotación en el mundo del trabajo, así como la opresión de las mujeres y la población LGBT, tienen ambos como piedra de toque original la instauración de propiedad privada de los medios de producción en manos de unos pocos. Pero mientras el surgimiento de explotados y explotadores se da en el ámbito de las relaciones de producción (en el caso del capitalismo la relación de explotación entre el capital y el trabajo asalariado); por otra parte, el patriarcado, con su secuela de misoginia y lesbohomofobia, opera en la esfera de las relaciones de reproducción (para garantizar la esclavitud doméstica de las mujeres y el derecho de herencia de los patriarcas explotadores).

Pero hay además un tercer eje del conflicto social que cobra cada vez mayor urgencia. Nos referimos a la contradicción entre el productivismo desaforado del capital y la destrucción del ambiente. Este conflicto no se suscita ni en las relaciones de producción, ni en las relaciones de reproducción, tiene que ver con el desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, con el tipo de la tecnología y el aparato productivo, en general, con la relación de la producción humana con el ecosistema global».

Pero advirtamos que lo anterior tiene que ver con el contenido programático o propositivo del proyecto revolucionario en el siglo XXI, concebido alrededor de las tres grandes contradicciones del capital. Sin embargo, ello no nos resuelve un elemento acuciante, que tiene que ver con que el marxismo es una ciencia crítica y militante. Es decir, debemos tener claro que si el objeto de nuestra milenaria batalla es la transformación de una sociedad cada vez más brutalmente depredadora e injusta, ¿dónde está el sujeto capaz de transformarla en un sentido emancipatorio?

Lo anterior nos plantea un problema cardinal. Esto es, nos plantea cómo se resuelven las álgidas  contradicciones, en el estadio histórico concreto en el que habitamos, y valorar si actuamos en consecuencia, tomando en cuenta que las relaciones de explotación y opresión, erigen sus bases materiales en las estructuras de producción, reproducción y fuerzas productivas de un capitalismo en mórbida decadencia.

Pero, no obstante, la solución de estos conflictos estructurales, materiales  (que delinean el decurso del motor de la Historia) corresponde enteramente al plano de las condiciones  subjetivas, de la conciencia, de la hegemonía cultural y la voluntad colectiva, cuyo territorio de guerra cotidiano es la política y en el que nada está escrito en piedra.

Desde luego, en nuestro caso, la política la ejercitamos para destruir al Estado que ampara y  sostiene esas relaciones de producción, reproducción y fuerzas productivas que tienen cada vez más necrotizado a nuestro desorden social y al metabolismo planetario.

Esa debería ser la acción de los intelectuales orgánicos al servicio del sujeto popular complejo, de que hablaba Antonio Gramsci.

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