Confinamiento, ternura y arte

Epidemias las ha habido por montones en la historia y, sin embargo, esta en la que nos encontramos nos golpea

Epidemias las ha habido por montones en la historia y, sin embargo, esta en la que nos encontramos nos golpea tan fuerte por su dimensión global y lo largo que parece todavía el túnel. Por primera vez sentimos lo frágiles que somos.

En una entrevista en Le Monde, el psiquiatra Serge Tisseron analiza las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología numérica en tiempos de confinamiento: estima que estas no nos deshumanizan, al contrario. Por supuesto, no pretendo ignorar lo agradable que es un chat, viendo a la mamá al otro lado de la línea, no ignoro tampoco las posibilidades de organización y de estudio, de apreciación de arte, etc. online, pero discrepo de la solución mágica que él ve al afirmar que “estamos físicamente confinados, pero con esos medios abrimos relaciones de manera individual”.

Recuerdo una clase, en Estudios Generales, donde de manera provocativa les preguntaba a los muchachos qué preferían, si la foto de la pareja o su presencia. Un estudiante vino con un “¡depende!”… que la foto se podía retocar, etc. Yo discrepada profundamente, pero ese tipo de estudiante rebelde, hasta “atrevidote”, me gusta.

Voy al hecho de que todos extrañamos ahora la ternura, quizá no necesariamente con un abrazo o un beso, un gesto directo, en vez de lo artificial de la tecnología mencionada. En estos meses aciagos, he visto un intento de calor humano grupal de acercamiento con lo que en España llaman “el nuevo himno del confinamiento: ‘Resistiré’”, nueva versión de algo existente de los años ochenta; artistas de renombre, sí, alto nivel técnico, etc., pero más calor humano provoca la misma canción de boca en boca y de balcón, encima de la calle madrileña o donde sea en la piel de toro.

La tendresse” siento que, si bien también constituye un remake de una canción francesa de 1963, por la sencillez de los medios y el trabajo de mostrar cierta cantidad de caras casi en close-up, además de una letra poderosamente humanista, realmente transmite un mensaje oportuno dentro de este confinamiento que no termina de terminar.

¿Otro ejemplo? (Perdonen: también de la cultura francófona, que tampoco es la mía). Sentí un verdadero goce interno en la entrevista que se le hizo hace poco al visualmente muy viejito Jean d´Ormesson. Un tanto al estilo de nuestra Violeta (como también esa “Mignonne”, de Ronsard) argumentaba por ver la rosa, “incluso con espinas”: las dificultades nos permiten ahondar, no quedar en la cáscara, a lo que el consumismo nos había acostumbrado.

¡Cómo agradezco, por otro lado, la tecnología! Adicionalmente a lo visual-estético comentado, durante el interminable aislamiento, la música ahora se nos pone prácticamente al alcance de la mano o, en todo caso, de la oreja (incluso la mía, progresivamente más sorda). Estas semanas –qué digo, meses ya– me han permitido leer y redactar, confinado, solo, pero en dulce compañía de tanta deliciosa musicalización pregrabada en alta calidad, ni que uno se encontrara sentado el mismo Teatro de la Ópera, en París. En definitiva, abogo porque el arte constituya una manera terapéutica en este absolutamente inusual periodo por el que cruzamos, confiado en llegar vivos al otro lado de la ribera.

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