Opinión

Con respecto al “Día de la oración”

Con respecto al “Día de la oración”, sobra la pena de que en pleno año 2021 el entusiasmo religioso (que llegó a la Asamblea en su momento por nada más que una viva homofobia) se instaure y se arraigue de forma tal en el poder político costarricense.

Desde hace más de tres años, los noticiarios nacionales remarcan una vergüenza tras otra por parte de estos diputados, desde desconocimiento de la Ley, falta de preparación, desconocimiento de procedimientos, invención de lenguas agramaticales, inconsistencias en reportes de gastos de fondos durante las elecciones, ausentismo laboral, búsqueda constante de evasión de la Ley, y más recientemente escándalos por dudosos encuentros con personas relacionadas con el narcotráfico. Si se lleva a cabo un estudio periodístico detallado, se evidenciaría cómo sus ridiculeces sobrepasan por mucho la cantidad de propuestas sensatas presentadas por ellos en el plenario.

No obstante, a pesar de lo anterior y de su constante victimización, se superan a sí mismos (y no de forma positiva) con la propuesta de un “día de la oración” en Costa Rica. Nunca había escuchado de una Asamblea en la que se hubiese perdido tanto papel, tiempo, esfuerzo y dinero pagado por los y las costarricenses para exponer y elaborar propuestas tan burdas como las de estos tipos, a la vez que frenan y cuestionan tantos proyectos que se han planteado para realmente sacar adelante al país. Cuando peor está la crisis a nivel global y cuando más urgen respuestas por parte del Gobierno (porque, aunque insistan en criticarlo, ellos parecen no haberse percatado de que son parte del Gobierno y que no hacen nada por resolver los problemas del país), dejan tirado el mazo y se hincan a orar, derrochan esfuerzo de todo el personal que labora para la Asamblea, y llaman al Ministro de Salud en plena pandemia para hacerlo perder el tiempo porque se ausentan a un encuentro que ellos mismos convocaron. Son un puñado de críticos expertos en tirar la primera piedra y esconder la mano.

Más allá de risible, la permanencia en el poder de estos sujetos se sumerge en el peligro. Anteponen su concepción de moral cristiana como cosmovisión suprema ante cualquier otra moral. Al imponer a su dios y a sus costumbres por encima de la Constitución, se convierten en una amenaza de pseudo-teocracia en Costa Rica: excluyen, señalan, critican, humillan, despojan de derechos a los homosexuales, despojan de derechos a las mujeres; pero, ante todo: “Dios ama a todos”.

Pueden orar, adelante, la Ley les ha dado siempre su espacio para ello. Pero no hace falta que les digan a las personas religiosas cuándo deben hacerlo. No impongan su religión en un Estado que lucha por dejar de ser uno de los pocos no-laicos de América. “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (es una frase gastada y trillada, incluso la encuentro como un final fácil para este texto, pero, lamentablemente, en pleno siglo XXI es aún necesario recordarles fragmentos de la Biblia a los autoproclamados religiosos).

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