Sin Red

Comunistas y neoliberales

Como tantos de mi generación, crecí oyendo despotricar contra el comunismo y los comunistas.

Como tantos de mi generación, crecí oyendo despotricar contra el comunismo y los comunistas. En la Costa Rica de entonces, el sentido práctico de dichas nociones era mucho más amplio que el indicado en los diccionarios o manuales de ciencias políticas. Era usual llamar “comunista” a cualquiera que hablara de justicia social, expresara opiniones favorables a luchas obreras o campesinas, o en general considerara posible y necesario acabar con las injusticias económicas. Para esos años el exilio forzado de dirigentes comunistas, el asesinato de algunos y la prohibición de participación electoral ya habían disminuido mucho la fuerza del movimiento comunista en el país, pero la retórica de la Guerra Fría alimentaba la impresión de que estaba en todo lado, esperando un descuido para tomar el poder.  Quienes sí eran comunistas lo asumían con valentía y quienes no lo eran, la gran mayoría, negaban serlo, pero la etiqueta caía por igual sobre ambos grupos.

Parte de mi interés en la política nació del rechazo al derechismo predominante y, aunque nunca fui un militante político, desde adolescente mi corazón y mi cerebro han sido de izquierda. También rechacé desde entonces toda visión sociopolítica simplista y maniquea, que ignore los muchos matices de la realidad social y las luchas en ella libradas. Pero “a quien no quiere caldo, dos tazas”. Por un lado, Bolsonaro y compañía han puesto a circular de nuevo el viejo anticomunismo. Peor aún, se ha consolidado un nuevo maniqueísmo alrededor del adjetivo “neoliberal”, usado hoy día no para calificar, desde una definición doctrinal coherente, la ideología de una persona, sino simple y llanamente para descalificarla. Como ocurría y ocurre con los verdaderos comunistas, también los auténticos neoliberales suelen asumir que lo son. Pero son mucho más quienes no siéndolo son calificados, o descalificados, endilgándoles el apelativo. Si antes, para la derecha, cualquier persona que hablara de justicia social era comunista, para mucha de la actual izquierda nacional cualquiera que, por ejemplo, durante la reciente discusión sobre la reforma fiscal hubiera apoyado, aun reconociendo sus problemas y limitaciones, el proyecto de ley en cuestión, pasó a ser un neoliberal. Las descalificaciones de un maniqueísmo bilioso se ven por doquier. En Cataluña algunos independentistas calificaron a Joan Manuel Serrat de fascista por no apoyar incondicionalmente la independencia catalana y, tras luchar, durante los duros años del franquismo, contra la represión del idioma catalán, en un concierto en Barcelona alguien lo increpó por cantar en español.

La derechista simplificación que marcó mi infancia y la realizada hoy día por gran parte de la izquierda no son del todo simétricas. Entre otras razones porque si bien la derecha, por su enorme cuota de poder socioeconómico, ha podido darse el lujo de caer en simplificaciones burdas, para la izquierda nacional, un sector siempre minoritario parte de cuya fuerza provenía de su mayor capacidad de analizar la realidad social, el daño resultante es mucho mayor. Por lo demás es irónico que quienes, con toda razón, han criticado el maniqueísmo simplista de tantas películas hollywoodenses, acaben asumiendo, desde la otra acera ideológica, uno parecido.

La izquierda enfrenta hoy retos difíciles. Algunos provienen de la emergencia y consolidación de luchas como las de género, raza e identidad sexual, distintas de las que históricamente fueron su eje, y de mayor arraigo en sectores medio-altos que en los populares, según lo evidenció las últimas elecciones. Otros retos responden más a sus prácticas internas. Parte importante del futuro inmediato de la izquierda se juega hoy en su capacidad de autocrítica, en la posibilidad de realizar análisis que tomen en cuenta los muchos matices de las luchas y contradicciones sociales. Algo contra lo cual atenta, de manera directa, toda simplificación, maniqueísmo o sectarismo. Una prueba interesante es la planteada por la reciente huelga, la más fuerte protesta social de los últimos años en nuestro país. La posibilidad, o imposibilidad, de hacer un análisis y balance crítico de las metas propuestas, las alianzas hechas, las estrategias utilizadas y los resultados alcanzados durante la huelga, serán un buen indicador de las actuales capacidades de la izquierda para analizar y enfrentar los complejos problemas y retos de la Costa Rica contemporánea.


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