Colegialidad académica y necesidad de juridización

Dentro de “la academia” no todo lo que acontece es académico. Solo las perspectivas o las actitudes académicas lo son.

Dentro de “la academia” no todo lo que acontece es académico. Solo las perspectivas o las actitudes académicas lo son. Observo tres propiedades de una actitud académica: el juego de la racionalidad, que consiste en las explicaciones o narraciones de la realidad con base en argumentos racionales, críticos y autocríticos; la aspiración a regularse por valores científicos como la objetividad, la objetivación, el intento de imparcialidad; y, finalmente, la colegialidad, es decir, el sentido agudo de que los acuerdos no se basan en un argumento de autoridad o en posturas no racionales, sino en los mejores argumentos posibles, alcanzados en un contexto dialógico e intersubjetivo. En otras palabras, la academia es una organización microsocial, en la cual hay tradiciones y valores, solidaridad entre grupos, identidades y reglas socioculturales de funcionamiento, tanto explícitas como implícitas.

La colegialidad académica supone una actitud dialógica (no necesariamente libre de conflicto), a la cual es necesario darle un contexto fluido y dinámico para desenvolverse, para que las personas implicadas puedan exponer con respeto y cordialidad sus argumentos. Es cierto que apasionarse por las ideas puede conducir a extralimitarse, por lo cual hay un cierto margen de aceptación ante el traspaso de los límites. En ese aspecto la colegialidad puede aportar comprensión. Claro está que, más allá de ese límite, las condiciones de la colegialidad pueden extraviarse. Puede estar sometida, en contra de los argumentos, a las falacias, a la persuasión, al influjo interpersonal, a la negociación; pero, aun así, la conciencia autoreflexiva puede facilitar que ello se acepte con tolerancia si al mismo tiempo se enriquece con transperencia: legitimar la existencia de la persuasión y la negociación, eso sí, regulándola.

Sin embargo, la colegialidad académica, como proceso, también posee una anomalía propia: negar el establecimiento de un límite, exagerar la discusión, extender las posibilidades del diálogo y la argumentación. La salida de esta anomalía solo la pueden regular las mismas personas que forman parte de un cuerpo académico, sus profesoras y profesores, y sus estudiantes.

La juridización se refiere a la necesidad de contar con la regulación provista por las normas legales, lo cual es una de las reglas explícitas de organización de la academia. En su interpretación más humanista, dentro del ámbito de una cultura de la legalidad, es una regulación que se orienta a promover la integración social y la posibilidad de controlar los excesos de las relaciones humanas, tanto las individuales como las grupales. Una anomalía de la juridización es la colonización, es decir, trasladar y remplazar la lógica de las normas jurídicas universitarias a la academia como organización microsocial. El problema para la academia consiste en que la juridización colonice la colegialidad académica, la racionalidad y la aspiración científica, y, ligadas a estas actitudes, sus valores e identidades, su lógica de solidaridad discursiva, la aspiración a la excelencia y la narración comprometida de la realidad. Así, las normas legales inicialmente orientadas a una sana regulación de las relaciones humanas dentro de la universidad pueden llegar a dominar y prevalecer sobre la dinámica de racionalidad y colegialidad.

Dentro de la academia, es decir, dentro de la universidad, se requiere el mejor equilibrio posible entre colegialidad y juridización. Si bien la colegialidad debería enriquecer al máximo y dar densidad y delimitar la dinámica de las acciones académicas, sus anomalías pueden convocar la necesidad de la norma jurídica. Pero, cuando la dinámica académica no tiene un contexto bien definido, ni funcionamos en su lógica, aparece la norma jurídica convertida en amenaza de juridización. Es decir, todas las acciones se ven sometidas a la regulación exclusiva de las normas jurídicas y de las normas universitarias arriesgando la racionalidad, la cientificidad y la colegialidad.

La academia como organización microsocial, regulada por reglas cuya capacidad se basa en la razón y la argumentación, es decir, en bienes simbólicos invisibles, es relativamente vulnerable. Es que las interacciones académicas son más espontáneas, más frágiles, más inmediatas y dependientes de la solidaridad, de la personalidad, de los valores; son pues más susceptibles a la juridización. Por este motivo, la microsociedad académica necesita protegerse. Ante esto, su posibilidad quizás más importante proviene de sí misma, jamás de la lógica del poder como imposición incluso disimulada. Su fuente privilegiada son sus propias energías explicativas, narrativas y simbólicas; la de una regulación racional propia y la de una voluntad incansable de diálogo. Solo los cuerpos académicos pueden darse esto a sí mismos. 


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