Ciudades inteligentes y datos ¿protegidos?

¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestros datos a cambio de una ciudad inteligente?

Ciudades sustentables, innovadoras, interconectadas, inclusivas e inteligentes. La urbanización sostenible y la planificación inteligente es tendencia en el globo; son los desafíos sociales, ambientales y económicos los que han colocado a las ciudades inteligentes como una vía para alcanzar soluciones.

Tan solo imagine cómo mejoraría su entorno con una gestión inteligente del tráfico, que cuente con semáforos interconectados y con sensores para evitar la congestión. También piense en el favor que le haría al planeta la gestión automatizada de residuos, el alumbrado público inteligente y la gestión de energía. Y si lo suyo es el Internet, entonces imagine poder acceder a él desde cualquier punto de la ciudad; es más, piense en casas, edificios y mobiliario urbano conectado a Internet. Y si le preocupa la seguridad, el terrorismo o cualquier actividad sospechosa, tome en cuenta los drones con infrarrojos, sensores en el asfalto, cámaras de vigilancia o sensores de sonido. Además, ¿se imagina ahorrarse un cuestionario de preguntas personales cada vez que va a una institución con tan solo someterse a un sistema biométrico que identifique su huella dactilar o su iris para que despliegue su información?
¿Quién no se ve tentado ante ese (supuesto) ideal de progreso, bienestar y modernidad?
En realidad, la tecnología que hace funcionar a las ciudades inteligentes requiere de datos, muchos datos. En la buena teoría los datos se procesan, se analizan, y los sistemas buscan impactar de manera positiva la calidad de vida de todos los habitantes. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a sacrificar nuestros datos a cambio de una ciudad inteligente?
Las características mencionadas no corresponden a un tema del futuro, ya que algunas de esas medidas se han implementado en distintas ciudades, tales como Londres, Nueva York, Amsterdam y París, ciudades mejor posicionadas en el Índice IESE Cities in Motion; además, en ciudades latinoamericanas como Santiago y Buenos Aires.
Sin embargo, sin importar donde estemos, si vivimos en una “ciudad inteligente” o no, hoy somos más vulnerables de lo que éramos ayer. Con ello no me refiero a vulnerables ante los ataques de los hackers, esos que en una ciudad inteligente podrían colapsar los sistemas de los servicios básicos o atacar los servidores de las instituciones, me refiero a la vulnerabilidad de nuestros datos.
En América Latina hay casos puntuales que pueden destacarse. En Argentina es necesario presentar la identificación para solicitar la tarjeta de transporte público, por lo que todos los movimientos por la ciudad quedan registrados, lo mismo ocurre en Paraguay. En Brasil, durante los Juegos Olímpicos 2016 cuatro globos aerostáticos de vigilancia tenían la capacidad de monitorear todo Río de Janeiro; un caso similar se presentó en Chile en el mismo año, donde tres globos de vigilancia se posaron sobre las comunas de Lo Barnechea y Las Condes. Por su parte, en México, se filtraron padrones electorales en 2018 y posteriormente los datos se comercializaron con un anuncio vía YouTube.
Pero la vigilancia y el trato inadecuado de nuestros datos supera fronteras. Solemos pensar que los datos importan únicamente si somos personas influyentes, aunque el poder no radica ahí precisamente, sino en el perfil que estamos formando a través de nuestras redes y las cada vez más avanzadas tecnologías que registran quiénes somos, qué hacemos, qué pensamos, qué padecemos, a quién odiamos y con quién nos relacionamos. Todo ello se explota en contenidos y productos que nos dicen qué pensar, qué comprar, qué creer, a quién seguir, a quién rechazar, por quién votar.
Los beneficios de las ciudades inteligentes nos pueden entusiasmar, pero es necesario cuestionar las virtudes que los tomadores de decisiones y grupos de poder relatan cuando se refieren a las tecnologías que nos encaminan a ciudades cada vez más interconectadas, porque si están en juego los derechos humanos no habrá progreso ni bienestar. Los datos son un recurso de poder y eso nos exige permanecer vigilantes.


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